Mostrando entradas con la etiqueta Minificciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Minificciones. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de junio de 2006

Compota Bay - Minificciones

COMPOTA BAY
(Preparación Clásica Para Cinco Porciones)
Alex Acevedo

En medio litro de ácido muriático disuelva con parsimonia de abuelos cuarenta y dos pastillas de Seconal. Revuelva de manera obstinada, repetida, como la hilada de sus días seriales. Ponga a fuego medio. Si la olla no estalla, a los primeros hervores debe Usted añadir la machacadura de un manojo de flores de cicuta y tres esquirlas de Rubinol. Dedíquele un mínimo pensamiento a su familia, estática frente al televisor; su trabajo, rutinario hasta la jubilación; su futuro, negro azabache. Tenga cuidado de que el preparado no se pegue a la olla. Suspire. Antes de servir, espolvoree con arsénico.

Frente al plato, invoque el poder de sanación de la Santísima Trinidad: Ativán, Pentotal y Clozapina. Si todavía no ha encontrado la concentración ideal del gourmet para llevarse la primera cucharada de su Compota Bay a la boca, fije su atención en la tragedia de la caída del dólar, la leche derramada, la lluvia de la madrugada, los paños de agua tibia, el lirón mordiendo una nuez o el escritor que no escribe por estar mirando al techo.

Acompañe con una generosa copa de Baygón matacucarachas helado.

Cuatro Pececitos en su Alberca - Minificciones

CUATRO PECECITOS EN SU ALBERCA
Néstor Pedraza

Hoy día no son frecuentes las orgías en casa de Villaveces, esas reuniones ruidosas de tres y cuatro días de farra sin quiebres ni desteñimientos, en las que todos los gustos son saciados una y otra vez.

Pero hubo una época en que ya nadie se agotaba marcando el número de la policía para protestar por el escándalo de gemidos, aullidos, alaridos, música, cosas rotas y demás. Con periodicidad infalible se pagaban los sobornos y las cuentas de los proveedores, los sueldos de los sirvientes y de las sometidoras, la discreción de los enterradores y de los traficantes de fetos, las comisiones de los proxenetas, los viáticos de los capturadores de talentos y el vestuario de los platos fuertes. Todos contentos, menos los vecinos.

Antes era la paz y la quietud. En la mansión blanca vivían una vieja victoriana y su hija viste santos. Su placidez fue buena señal para todo el barrio, hasta que a las dos mujeres se les ocurrió publicitar su blanca existencia apareciendo hinchadas como flotadores en la piscina de atrás. Fue así como Villaveces llegó para ungir a la comunidad entera con el óleo de su desfachatez. Y el dinero comenzó a tintinear en fuentes cada vez más elaboradas y luminosas.

En los últimos tiempos, el negocio se ha vuelto flojo. La moda ha impuesto los safaris arriesgados, la adrenalina generada en aventuras extremas. Villaveces, siempre en la jugada, ha comenzado a diversificar, y ofrece el tour completo por los cordones de miseria alrededor de la ciudad. Ahora el cliente desea buscar su presa, cazarla él mismo, satisfacerse in situ, arriesgar el pellejo en el proceso de capturar y gozar los especimenes que antes eran servidos a su mesa. Sin embargo, aún hay quienes prefieren la comodidad de la mansión, ya sea por evitar el riesgo, o porque en las calles no van a encontrar sus preferencias. Por ello, todavía se puede escuchar el ruidaje de vez en cuando.

La historia de Villaveces es el clásico ejemplo del empresario que en medio de la nada sopló y formó una montaña de billetes. No lo ayudó mucho su pasado de bribón callejero y su afición por el polvo blanco. Lo que sí lo ayudó, fue su desprecio patológico por todo contacto con fluidos corporales humanos. La completa aversión contra lo que sus clientes buscaban con desenfreno, le permitió mantenerse al frente de toda la operación, sin que se le escapara detalle, y sin que el furor al que servía con tanto empeño pudiera absorberlo. Cabe entonces imaginar que la sorpresa se escuchó resonar en do mayor, cuando Villaveces se dio a la fuga del brazo de una amante clandestina, una antigua drag queen recién operada que, según se decía, tenía en lo coprológico una fijación extrema.

Villaveces nunca volvió a aparecer. En esta noche sin luna, se alcanzan a escuchar los gritos bajo el chorro candente de una zamba brasilera que retumba por todo el barrio. Todos esperábamos que con la desaparición de Villaveces, se daría fin a la tortura. Llamaríamos al barrio El Remanso. Pintaríamos las casas todas de blanco. Pero cuando los peces se quedan flotando, desde arriba no vemos que debajo hay otros que los están picando.

Retiro - Minificciones

RETIRO
Andrés Felipe Escovar

Frente a la hoja en blanco vislumbró un sendero del cual afluían infinitos caminos. Esculpir un poema, urdir un verso, intentar una palabra, trazar un grafema, significaba amputar la poesía. Desde aquel momento optó por el silencio.

San Pámelo Bendito - Minificciones

SAN PÁMELO BENDITO
Jesús Delgado

Nació como un arcángel de madera en la imaginación retorcida del creador, que en su taller medieval le dio rasgos andróginos y una lanza empuñada como un falo. Pecaminosos pliegues de su túnica dejan ver unas piernas que pueden ser de corista o de futbolista. Tiene cabello largo, cuerpo masculino y porte de mujer. Marconio Arrechea, quien lo descubrió en una vieja iglesia, aprovechaba cada visita al templo para mirar las piernas de este perturbador arcángel, tan parecidas a las de Pámela Anderson que decidió llamarlo Pámelo. A él encomendaba sus cuitas y aberraciones.

Cansado Pámelo de tanta miradera y tanta veladora de Marconio, decidió darle una lección. Aprovechando que la humedad ambiente y el calor de las veladoras habían suministrado a sus células de madera un movimiento mínimo de tensión y distensión, aflojó su estructura interna y cayó sobre el devoto.

Pero este severo golpe celestial fue tomado por Marconio como un golpe de suerte, y en la penumbra de la solitaria iglesia lo acarició emocionado. Se escondió con él en un confesionario y pasada la media noche salió en silencio con su pecado al hombro. Enamorado de este regalo desde lo Altísimo, el desviado Marconio taladró entre las angelicales nalgas su conducto al paraíso.

Pero un día, mientras elevaba su devoción por el trasero del hermoso Pámelo, irrumpió su vecino el señor Ortiz y cayó de rodillas al percibir en la cara del ángel una beatífica sonrisa nunca antes vista. Tras él, Marconio también mostraba signos de permanecer en trance.

Multitudes acudieron a ver el milagro del mohín celestial. Nadie sabía que Marconio, tras el altar y oculto por un telón dorado de arabescos y palomas, al humedecer el sagrado canal e introducirle su negro pájaro, causaba cierta distorsión en el semblante de la imagen. Muchos, exagerados, creyeron ver lágrimas de savia cuando a veces la efigie se sacudía presa del amor divino.

Poco a poco, las romerías a la casa de Marconio exigieron ampliaciones para que despechados, alucinados y pervertidos -que lo eligieron su santo patrono- pudieran encomendarse a San Pámelo bendito, como empezaron a llamarlo. Tras la muerte de Marconio el santo dejó de sonreír, pero su culto ha crecido.

La Mosca - Minificciones

LA MOSCA
Néstor Pedraza

La mosca, al ver a su hermana desaparecer en las fauces de un gran sapo verde, quizo que la vida fuera como las películas de Hollywood, para conformar un comando de moscas-ninja asesinas que persiguiera al sapo y le hiciera la vida imposible hasta darle una muerte terrible y dolorosa, pero sobre todo, humillante. La cuestión es que la mosca estaba fuera de proporción, lejana a toda actividad justiciera, y ni siquiera podía pensar en ponerle una trampa al sapo para que una víbora lo devorara. Se limitó, entonces, a consolarse con la idea de que todos los sapos mueren aplastados, y se sentó en una hoja a mirar las nubes, a serenarse un poco antes de continuar su travesía. Tras de sí, una araña cazadora se acomodó para saltarle encima. Frente a sí, un camaleón camuflado calculaba la distancia y la velocidad del viento, mientras preparaba su lengua pegajosa.

Rockola - Minificciones

ROCKOLA
Carlos Alberto Zea

Por ejemplo cuando se escuchaba la voz de Axel y vibraba la guitarra de Slash y la gente se quedaba en las mesas, él y Lucy, desde la barra, se entretenían mirando los gestos de las parejas, intentando deducir lo que hablaban. Pero si alguien ponía música bailable y se llenaba la pista, ellos no eran la excepción y volvían a los pasos aprendidos de memoria, que diez años de unión libre había hecho posibles. Si por el contrario el que cantaba era Darío Gómez, y la gente repetía a voz en cuello el tema, ellos se miraban y reían porque nunca pensaron que después de tanto tiempo juntos una mala letra les fuera a tocar. Hasta que llegaron ellos y empezaron por los vallenatos románticos y siguieron con las baladas americanas, mientras hacían amistad con él y Lucy, y pronto se les vió en la misma mesa, bebiendo, conversando, riendo, sin demorar el cambio y terminar bailando lo que ponían, ya no ellos, sino entre ellos, hasta intercambiar pasos y memorizar nuevas coreografías, y acabar en la complicidad, primero hablando de los demás para reírse de algo y no aburrirse en el bar, y luego contándose la vida, sin pensar que ahora ellos se convertían en blanco de los clientes que tomaban partido por una u otra pareja, intercambiándolas también, sin saber quién vivía con quién. Nadie se dio cuenta de lo que fue sucediendo, y es que sin pensar ni querer fue pasando que se enamoraron otra vez, al tiempo que se desenamoraban y no había cabida para el engaño o la traición, siempre que hubiera compañía. Hasta que un mal día uno de ellos se cansó y quedaron tres y sobró uno; aquel que se quedó solo y que ponía las canciones de despecho que antes no eran suyas, y que luego cuando bailaban los veía, a él y a Lucy, en la pista, desde la mesa, sin tener a nadie con quien hablar, beber, o reír.

Insomnio - Minificciones

Insomnio
Irving Moncada

De su estómago brotaba sangre copiosamente. No podía creer que era eso para lo que me habían entrenado con tanto esmero y dedicación, que era eso por lo que sacrifiqué tener una vida normal. No me sorprendió que intentara apuntarme, ni que su bala me golpeara una pierna; era su última oportunidad de morir por alguna causa. Yo tenía que terminar con aquello y hacerlo de cerca para saber finalmente de qué se trataba El Enemigo. Caí a su lado algo adolorido y pude ver las contorsiones en su cara, causadas, imagino, por el dolor. También pude oír sus gritos sordos que me maldecían indirectamente; yo entendía ese dolor, también era un poco mío. Pronto moriría, clavando esa mirada inexpresiva de los muertos en mi mente. Mi enemigo era él, pero él ya no está, ahora es sólo su mirada indolente que viene a visitarme todas las noches cuando pretendo dormir, como si tuviera una vida normal.

Colectivo - Minificciones

COLECTIVO
Néstor Pedraza

El microbús no avanzaba y nada podía hacer. Las lagunas del cielo se habían desfondado y ahora inundaban la ciudad. Las vías eran una sucesión de nudos que paralizaban el tráfico. Así que sólo podía comerse las uñas y apretar las piernas mientras recordaba a su hermana en la cuna, y luego en el corral tirando fuera los juguetes que él le echaba dentro. Más adelante, él le contaba cuentos improvisados o le hacía dibujos, y ella no sonreía. Recordó cuando la descubrió vistiéndose a la carrera con un tipejo de tantos que pasaron por su vida sin aportar mayor cosa. Como en una película, pasaron las imágenes frente a sus ojos, excepto las de aquella vez que ella se embutió un frasco de pepas para la depresión y tuvieron que hacerle un lavado. Por eso, mientras se mordía los dedos dentro del microbús, con la urgencia de llegar al hospital martillándole el pecho, no quería creer lo egoísta que resultaba su hermana al cortarse las venas, como si al hacerlo no estuviera cortando también las venas de él.

Pangolín de El Cabo - Minificciones

PANGOLIN DE EL CABO
Alex Acevedo

Jenofonte refiere en su “Vidas Tristes de Filósofos” (para otros la misma “Historia Animalium”) los vicios y las virtudes del Pangolín de El Cabo, a quien tuvo oportunidad de estudiar con inusitado rigor en sus varios y accidentados viajes al África Subsahariana. Destaca, el historiador natural, la dieta eminentemente capitalista del Manis Gigantea. Como un desalmado gerente fabril del siglo Diecinueve, el Pangolín, irremediablemente mueco, se nutre de los insectos que más brillan por su dedicación al trabajo, los de organización social más elaborada: hormigas y termitas. Valiéndose de su longa lengua, hasta dieciséis pulgadas de superficie pegajosa, destroza las viviendas de los insectos obreros, y lo demás es la repetición del maremoto de la plusvalía o el tifón del materialismo histórico, microscópicas lágrimas de hormiga, inaudibles lamentos de termita.

Otros taxonomistas, seguidores de Johnny Rotten y la bohemia parisina del idéntico siglo Diecinueve, aducen en cambio el perfil netamente resabiado del Pangolín. “Vive rápido, muere joven”, sostienen, reza la divisa del Pangolín. En efecto, el animal prolonga su existencia sólo hasta el momento en que los seres humanos se pierden, justo cuando empiezan a abrirse los portones de la razón y la libido se dispara en potencia extravagante: veinte años. Refuerzan su concepción en la preferencia del Pangolín por las furibundas caminatas nocturnas en las que suele embarcarse; lunas y constelaciones, noches de errancia infinita como alma en pena de bar en bar, de lupanar en lupanar, cantinas y kioscos de caldo de raíz donde a todo el mundo le amanece más temprano de lo que está bien visto.

Sea como se fuere, en el año de 1756, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, entregó las primeras pruebas que vinculan al Pangolín con los diamantes de El Cabo. Según su testimonio, un Pangolín inquieto succionó una preciosa colección de diamantes para mejorar su digestión, dado que las piedras normales, caliza vulgar de cantería, le causaban excesiva flatulencia y acidez ya francamente anormal. La costumbre se difundió por toda la especie, y el caso, si bien singular, habría pasado desapercibido para la historia natural, de no haber descubierto el mismo Leclerc una pieza de cinco quilates en el excremento de un Pangolín. Lo demás, ya todos lo sabemos, es la trillada eclosión de De Beers Consolidated Mines Limited.

Su carne es muy apreciada.

En Clase - Minificciones

EN CLASE
Irving Moncada

El profesor habla sin parar, yo mientras tanto me lo imagino desnudo en medio de un desierto.

Amigo - Minificciones

AMIGO
Néstor Pedraza

Anoche, cuando tu esposa acabó de chupármela y me le vine en la cara, me di cuenta lo estúpido que fui al no tener una cámara a mano, para grabar ese glorioso momento. Te habría enviado copia de la cinta (el original, por supuesto, lo habría guardado para mis noches solitarias en el Sinaí), junto con los resultados de los exámenes de ADN que ustedes dos se hicieron para lo de la donación de médula para Andreita. Como verás al tener estos papeles en tus manos, se ha determinado que tu mujer es también tu hermana.