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jueves, 13 de julio de 2006

Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda" : Así fue nuestra programación

El taller "En la Inmunda" ha terminado. Como recuerdo de las actividades que llevamos a cabo, dejamos el registro actualizado de lo que fue la programación del taller.


TALLER DE ENSAYO Y CUENTO "EN LA INMUNDA"
PROGRAMACIÓN 2006

Sábado 13 de mayo: Literatura Vampírica.
"Precedentes Literarios y Orígenes Históricos de Drácula", un viaje por la historia de Rumania, la vida de Bram Stocker, y los textos clásicos más importantes de la literatura relacionada con los vampiros, por Néstor Pedraza.
Lectura de "Nosferatu", de Griselda Gambaro.
Lugar: Biblioteca Virgilio Barco, Av. Carrera 48 #61–50.

Sábado 20 de mayo: Movimiento Cyberpunk.
"Las Posibilidades Extáticas del Futuro Estático", un recorrido por los orígenes y los postulados del movimiento literario contracultural de la década de 1980, por Carlos Ayala.
Lectura y análisis de “El Mercado de Invierno”, de William Gibson.
Lectura de los cuentos de los talleristas que respondieron al reto "Villa Diodati".
Lugar: Biblioteca Virgilio Barco, Av. Carrera 48 #61–50.

Sábado 27 de mayo: Porno y representaciones grotescas.
"La Ruina de la Literatura Erótica vs. El Cine Porno", un breve recorrido histórico en busca del significado y la trascendencia del arte erótico, por Alex Acevedo.
Lectura de “Vida y Muerte de Cuatro Camarones”, ensayo de Alex Acevedo sobre la vida de cuatro figuras emblemáticas del cine porno norteamericano.
Lectura de “El Ojo del Gato” de Georges Bataille.
Proyección de la película “9 Songs” del director Michael Winterbottom, con comentarios del crítico de cine Augusto Bernal.
Lectura de cuentos cyberpunk enviados por los talleristas.
Lugar: Escuela de Cine Black María, Carrera 18 #82-23.

Sábado 3 de junio: Literatura Crónica.
Charla sobre periodismo narrativo a cargo de nuestro invitado especial Alberto Salcedo Ramos, ganador del Premio de Periodismo Rey de España (1998) y de tres Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar.
Lectura de "La Palabra de Juan Sierra", crónica de Alberto Salcedo Ramos.
Lectura de “La Ventana Indiscreta”, crónica de Néstor Pedraza.
Lectura de relatos eróticos de los talleristas.
Lugar: Ciudad Invisible Libro-Café, Carrera 4A #26-12, Barrio Macarena.

Sábado 10 de junio: Drogas y estados alterados de la mente.
Lectura de “Eurotrash”, relato de Irvine Welsh.
Charla colectiva a partir de la investigación de los talleristas sobre drogas y literatura, coordinada por Carlos Ayala.
Lectura de las crónicas periodísticas enviadas por los talleristas.
Lugar: Biblioteca Luís Ángel Arango, Calle 11 #4-14.

Sábado 17 de junio: Minificciones.
Charla sobre minificciones por Alex Acevedo.
Lectura de “Homenaje a Otto Weininger” de Juan José Arreola,
“Teoría de Dulcinea” de Juan José Arreola,
“Vaca” de Augusto Monterroso,
“Amor” de Hector Oesterheld,
“Hegel y los Buhos” de Alberto Barrera,
“El Dios de las Moscas”, de Marco Denevi.
Cada tallerista presenta su respectiva mini.
Lugar: Biblioteca Luís Ángel Arango, Calle 11 #4-14.

Sábado 24 de junio: El Juego y la Literatura.
"Relaciones entre la literatura y los videojuegos", charla del invitado especial César Sánchez, adicto a los videojuegos.
"El juego como arte y la literatura como juego", por Néstor Pedraza.
Lectura de “Final del Juego”, de Julio Cortázar.
Lectura de un cuento de los talleristas.
Lugar: Scroll, Carrera 33 #96-51, Barrio La Castellana

Sábado 1 de julio: Fuera del lugar.
Ensayo sobre la vida y obra de Raúl Gómez Jattin, por Carlos Ayala.
Lectura de “Exactamente no fue Bernadette", de Charles Bukowski.
Lecturas de textos de Jattin y de cuentos de los talleristas sobre la locura.
Lugar: Biblioteca Luís Ángel Arango, Calle 11 #4-14.

Sábado 8 de julio: Creación Colectiva.
Ensayo colectivo sobre creación colectiva a cargo de los orientadores Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza.
Lectura de cuentos colectivos de los talleristas.
"Producción del Vino", charla de nuestra invitada especial Lilian Alvarado, experta en el tema.
Gran Clausura del Taller, lubricada con vino de coca, cortesía de Casa de Los Vinos, Carrera 105 #20B-24, Fontibón.
Lugar: Monserrate, cancha de minitejo a unos dos minutos subiendo por el camino de los peregrinos.

Gran Clausura del Taller "En la Inmunda"

Este sábado 8 de julio vivimos una extraordinaria experiencia en la clausura de nuestro taller de ensayo y cuento. En el marco del cerro de Monserrate, en una cancha de minitejo, con deliciosa chicha, cerveza, y vino de coca, compartimos la experiencia de creación colectiva de los orientadores del taller, y las experiencias durante el taller de los asistentes a la clausura.

Queremos agradecer a todos los talleristas que dedicaron su tiempo y esfuerzo a desarrollar con nosotros este taller. También queremos agradecer a todas las personas que no pudieron asistir al taller, pero que nos enviaron sus textos y sus correos animándonos a continuar adelante. Por supuesto, agradecemos a Casa de los Vinos (Carrera 105 #20B-24, Fontibón, teléfono 486-0669) que hayan patrocinado nuestra clausura con su nuevo e interesante producto, el vino de coca, producido y envasado por ellos en contrato de maquila con los indígenas del Resguardo Indígena de Calderas del Valle del Cauca.

Agradecemos también a todas las personas e instituciones que apoyaron de una u otra forma el desarrollo de nuestro taller:
  • Augusto Bernal Jiménez, Director de la Corporación para las Artes Audiovisuales Black María.
  • Alberto Salcedo Ramos, comunicador barranquillero ganador del Premio de Periodismo Rey de España en 1998, y de tres Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar.
  • Isaías Peña Gutiérrez, Director del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central.
  • Oscar Godoy Barbosa, Coordinador Académico del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central.
  • Maximino Alvarado, Gerente de Casa de los Vinos.
  • Natalia Camargo, de Ciudad Invisible.
  • Alejandro Bernal, de Scroll.
  • Escuela de Cine Black María, Carrera 18 #82-23.
  • Ciudad Invisible Libro-Café, Carrera 4A #26-12, barrio Macarena.
  • Scroll, Carrera 33 #96-51, barrio La Castellana.

Agradecemos también el haber tenido la posibilidad de utilizar los siguientes espacios para nuestro taller:

  • Biblioteca Virgilio Barco, Av Carrera 48 #61–50
  • Biblioteca Luis Angel Arango, Calle 11 #4-14.
  • Cancha de Minitejo, a dos minutos de subida por las escaleras hacia el santuario de Monserrate.

Y a todas las tienditas donde nos metimos después de terminar las sesiones del taller, a continuar nuestras charlas literarias de manera más informal.

Un abrazo a todos.

viernes, 7 de julio de 2006

Creación Colectiva en Literatura

Hemos completado ocho sábados de programación ininterrumpida de nuestro taller de ensayo y cuento "En la Inmunda". Este sábado 8 de julio, cumpliremos nuestra novena y última sesión con la charla sobre creación colectiva, en la que compartiremos con Ustedes nuestras experiencias de escritura en grupo. También tendremos una pequeña charla sobre la producción del vino, a cargo de Lilian Alvarado, como parte de la clausura del taller, que contará con el patrocinio de Casa de los Vinos (Carrera 105 #20B-24, Fontibón), que muy amablemente nos ha aportado una muestra de uno de sus productos más interesantes: El vino de coca.

Nos reuniremos en la ruta de los peregrinos a Monserrate, subiendo hacia el santuario por las escaleras a unos dos minutos de camino. Nos encontraremos en la estación del funicular a las 9:00 AM para subir juntos.

viernes, 30 de junio de 2006

El Miniaturista - Relatos de locura

EL MINIATURISTA
Alex Acevedo

¿Loco yo? ¿Sólo porque me quedo mirando cómo pasan todos los ricos por el ojo de un aguja, con sus televisores de cuarenta pulgadas al hombro, y en lugar de colaborarles, me contento con decirles adiós? ¿Sólo porque me adentro en los cielos al lomo de un camello, cuando puedo poner un punto final en un párrafo trunco y podrido? ¿Sólo porque me echo a morir de melancolía cuando una chica Aguila me niega su olor y se obstina en la prisión de un simple póster termoformado?

Quizás. Como Copérnico. Como Frankenstein. Como las hormigas que me suben por el antebrazo figurándose que soy un difícil Everest, lleno de pelo.

Pero entonces, ¿será cordura el hastío de esos otros días en que me pavoneaba de entender a Hegel, paseando en las noches de luna llena por los tejados del vecindario?

A lo mejor. Aunque sigo sin creer que tenga siete vidas, o que sólo por desvarío prefiera el Catspride a esas langostas que devoran los enajenados con ocho cubiertos y una copa de vino blanco.

jueves, 22 de junio de 2006

Compota Bay - Minificciones

COMPOTA BAY
(Preparación Clásica Para Cinco Porciones)
Alex Acevedo

En medio litro de ácido muriático disuelva con parsimonia de abuelos cuarenta y dos pastillas de Seconal. Revuelva de manera obstinada, repetida, como la hilada de sus días seriales. Ponga a fuego medio. Si la olla no estalla, a los primeros hervores debe Usted añadir la machacadura de un manojo de flores de cicuta y tres esquirlas de Rubinol. Dedíquele un mínimo pensamiento a su familia, estática frente al televisor; su trabajo, rutinario hasta la jubilación; su futuro, negro azabache. Tenga cuidado de que el preparado no se pegue a la olla. Suspire. Antes de servir, espolvoree con arsénico.

Frente al plato, invoque el poder de sanación de la Santísima Trinidad: Ativán, Pentotal y Clozapina. Si todavía no ha encontrado la concentración ideal del gourmet para llevarse la primera cucharada de su Compota Bay a la boca, fije su atención en la tragedia de la caída del dólar, la leche derramada, la lluvia de la madrugada, los paños de agua tibia, el lirón mordiendo una nuez o el escritor que no escribe por estar mirando al techo.

Acompañe con una generosa copa de Baygón matacucarachas helado.

Cuatro Pececitos en su Alberca - Minificciones

CUATRO PECECITOS EN SU ALBERCA
Néstor Pedraza

Hoy día no son frecuentes las orgías en casa de Villaveces, esas reuniones ruidosas de tres y cuatro días de farra sin quiebres ni desteñimientos, en las que todos los gustos son saciados una y otra vez.

Pero hubo una época en que ya nadie se agotaba marcando el número de la policía para protestar por el escándalo de gemidos, aullidos, alaridos, música, cosas rotas y demás. Con periodicidad infalible se pagaban los sobornos y las cuentas de los proveedores, los sueldos de los sirvientes y de las sometidoras, la discreción de los enterradores y de los traficantes de fetos, las comisiones de los proxenetas, los viáticos de los capturadores de talentos y el vestuario de los platos fuertes. Todos contentos, menos los vecinos.

Antes era la paz y la quietud. En la mansión blanca vivían una vieja victoriana y su hija viste santos. Su placidez fue buena señal para todo el barrio, hasta que a las dos mujeres se les ocurrió publicitar su blanca existencia apareciendo hinchadas como flotadores en la piscina de atrás. Fue así como Villaveces llegó para ungir a la comunidad entera con el óleo de su desfachatez. Y el dinero comenzó a tintinear en fuentes cada vez más elaboradas y luminosas.

En los últimos tiempos, el negocio se ha vuelto flojo. La moda ha impuesto los safaris arriesgados, la adrenalina generada en aventuras extremas. Villaveces, siempre en la jugada, ha comenzado a diversificar, y ofrece el tour completo por los cordones de miseria alrededor de la ciudad. Ahora el cliente desea buscar su presa, cazarla él mismo, satisfacerse in situ, arriesgar el pellejo en el proceso de capturar y gozar los especimenes que antes eran servidos a su mesa. Sin embargo, aún hay quienes prefieren la comodidad de la mansión, ya sea por evitar el riesgo, o porque en las calles no van a encontrar sus preferencias. Por ello, todavía se puede escuchar el ruidaje de vez en cuando.

La historia de Villaveces es el clásico ejemplo del empresario que en medio de la nada sopló y formó una montaña de billetes. No lo ayudó mucho su pasado de bribón callejero y su afición por el polvo blanco. Lo que sí lo ayudó, fue su desprecio patológico por todo contacto con fluidos corporales humanos. La completa aversión contra lo que sus clientes buscaban con desenfreno, le permitió mantenerse al frente de toda la operación, sin que se le escapara detalle, y sin que el furor al que servía con tanto empeño pudiera absorberlo. Cabe entonces imaginar que la sorpresa se escuchó resonar en do mayor, cuando Villaveces se dio a la fuga del brazo de una amante clandestina, una antigua drag queen recién operada que, según se decía, tenía en lo coprológico una fijación extrema.

Villaveces nunca volvió a aparecer. En esta noche sin luna, se alcanzan a escuchar los gritos bajo el chorro candente de una zamba brasilera que retumba por todo el barrio. Todos esperábamos que con la desaparición de Villaveces, se daría fin a la tortura. Llamaríamos al barrio El Remanso. Pintaríamos las casas todas de blanco. Pero cuando los peces se quedan flotando, desde arriba no vemos que debajo hay otros que los están picando.

La Mosca - Minificciones

LA MOSCA
Néstor Pedraza

La mosca, al ver a su hermana desaparecer en las fauces de un gran sapo verde, quizo que la vida fuera como las películas de Hollywood, para conformar un comando de moscas-ninja asesinas que persiguiera al sapo y le hiciera la vida imposible hasta darle una muerte terrible y dolorosa, pero sobre todo, humillante. La cuestión es que la mosca estaba fuera de proporción, lejana a toda actividad justiciera, y ni siquiera podía pensar en ponerle una trampa al sapo para que una víbora lo devorara. Se limitó, entonces, a consolarse con la idea de que todos los sapos mueren aplastados, y se sentó en una hoja a mirar las nubes, a serenarse un poco antes de continuar su travesía. Tras de sí, una araña cazadora se acomodó para saltarle encima. Frente a sí, un camaleón camuflado calculaba la distancia y la velocidad del viento, mientras preparaba su lengua pegajosa.

Colectivo - Minificciones

COLECTIVO
Néstor Pedraza

El microbús no avanzaba y nada podía hacer. Las lagunas del cielo se habían desfondado y ahora inundaban la ciudad. Las vías eran una sucesión de nudos que paralizaban el tráfico. Así que sólo podía comerse las uñas y apretar las piernas mientras recordaba a su hermana en la cuna, y luego en el corral tirando fuera los juguetes que él le echaba dentro. Más adelante, él le contaba cuentos improvisados o le hacía dibujos, y ella no sonreía. Recordó cuando la descubrió vistiéndose a la carrera con un tipejo de tantos que pasaron por su vida sin aportar mayor cosa. Como en una película, pasaron las imágenes frente a sus ojos, excepto las de aquella vez que ella se embutió un frasco de pepas para la depresión y tuvieron que hacerle un lavado. Por eso, mientras se mordía los dedos dentro del microbús, con la urgencia de llegar al hospital martillándole el pecho, no quería creer lo egoísta que resultaba su hermana al cortarse las venas, como si al hacerlo no estuviera cortando también las venas de él.

Pangolín de El Cabo - Minificciones

PANGOLIN DE EL CABO
Alex Acevedo

Jenofonte refiere en su “Vidas Tristes de Filósofos” (para otros la misma “Historia Animalium”) los vicios y las virtudes del Pangolín de El Cabo, a quien tuvo oportunidad de estudiar con inusitado rigor en sus varios y accidentados viajes al África Subsahariana. Destaca, el historiador natural, la dieta eminentemente capitalista del Manis Gigantea. Como un desalmado gerente fabril del siglo Diecinueve, el Pangolín, irremediablemente mueco, se nutre de los insectos que más brillan por su dedicación al trabajo, los de organización social más elaborada: hormigas y termitas. Valiéndose de su longa lengua, hasta dieciséis pulgadas de superficie pegajosa, destroza las viviendas de los insectos obreros, y lo demás es la repetición del maremoto de la plusvalía o el tifón del materialismo histórico, microscópicas lágrimas de hormiga, inaudibles lamentos de termita.

Otros taxonomistas, seguidores de Johnny Rotten y la bohemia parisina del idéntico siglo Diecinueve, aducen en cambio el perfil netamente resabiado del Pangolín. “Vive rápido, muere joven”, sostienen, reza la divisa del Pangolín. En efecto, el animal prolonga su existencia sólo hasta el momento en que los seres humanos se pierden, justo cuando empiezan a abrirse los portones de la razón y la libido se dispara en potencia extravagante: veinte años. Refuerzan su concepción en la preferencia del Pangolín por las furibundas caminatas nocturnas en las que suele embarcarse; lunas y constelaciones, noches de errancia infinita como alma en pena de bar en bar, de lupanar en lupanar, cantinas y kioscos de caldo de raíz donde a todo el mundo le amanece más temprano de lo que está bien visto.

Sea como se fuere, en el año de 1756, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, entregó las primeras pruebas que vinculan al Pangolín con los diamantes de El Cabo. Según su testimonio, un Pangolín inquieto succionó una preciosa colección de diamantes para mejorar su digestión, dado que las piedras normales, caliza vulgar de cantería, le causaban excesiva flatulencia y acidez ya francamente anormal. La costumbre se difundió por toda la especie, y el caso, si bien singular, habría pasado desapercibido para la historia natural, de no haber descubierto el mismo Leclerc una pieza de cinco quilates en el excremento de un Pangolín. Lo demás, ya todos lo sabemos, es la trillada eclosión de De Beers Consolidated Mines Limited.

Su carne es muy apreciada.

Amigo - Minificciones

AMIGO
Néstor Pedraza

Anoche, cuando tu esposa acabó de chupármela y me le vine en la cara, me di cuenta lo estúpido que fui al no tener una cámara a mano, para grabar ese glorioso momento. Te habría enviado copia de la cinta (el original, por supuesto, lo habría guardado para mis noches solitarias en el Sinaí), junto con los resultados de los exámenes de ADN que ustedes dos se hicieron para lo de la donación de médula para Andreita. Como verás al tener estos papeles en tus manos, se ha determinado que tu mujer es también tu hermana.

viernes, 9 de junio de 2006

Los Encantos del Silencio - Crónica

LOS ENCANTOS DEL SILENCIO
Carlos Ayala

Lo cogieron esa tarde con dos rocas de perico y una punta.

Lo cogieron por garoso, la gana le gano a la sensatez, a la experiencia.

Andaba mercando, recorriendo los shops del sector: un gramo del bronx y unos rollitos calientes en la olla de la L, después para donde las putas, abajo de mártires, que arman unos felpos que ni pintados. Sabía la medida de la caída y sin embargo la nostalgia de los sabores y las texturas pudieron más que la calma.

En la nouvelle cousine, las texturas y las formas suelen imponerse a los sabores por una simple razón: jamás recordamos a que sabe un alimento hasta que lo llevamos a la boca, en cambio podremos contar sin mayores rodeos como se deshace crujiente una lonja de fino hojaldre en nuestro paladar. Rábano bañado en vinagreta, un par de cebollones en su almíbar, tres cuartos de centro cadera bien bañados en su jugo acompañado con una copa de vino, el equilibrio en sabores.

Eso era lo que buscaba, la fina combinación de roca y escama, nieves alteradas. Bajaba dos veces por semana, tranquilo, sin el sobresalto del sustero que distrae su andar mirando hacia atrás, calculando la paranoia para no tropezar, viendo a ver quien le va a rapar la liga y su pipa. Bajaba siempre recién bañado, sudando a limpio, limpio para el chiquero. Daba un par de vueltas y calculaba la entrada, la salida y una caleta limpia por si algún ganapán se ponía ácido, violento o pegajoso.

A esta altura, era rutinario, tal vez ese era el motor impulsor que arrastraba su cuerpo, lejos de su conciencia, imaginaba la descarga ascendente que encendía la supraconciencia, y luego se catapultaba al encierro de una residencia de seis mil pesos la amanecida, acompañado de Gibson o Borges, y entre línea y línea, Onan se hacia presente, ayudando a liberar tanta tensión, describiendo los muslos de la robusta india que penetraba hace unos años y que se habían ido borrando en los nudos lodosos de la memoria. El perico ayudaba a redibujar la sombra sinuosa de su pelvis, luego sus pezones y mas allá sus ojos.

Le sacan las rocas de una vitrina, descarado el asunto, y casi se sale de los chiros de la alegría, dos piedrotas, por ocho mil, los ojos brillantes mientras desenfundaba uno de dos mil y la gamina con cara de amor, casi lo saca a vivir:

—Vuelva cuando quiera monito, y pídame lo que quiera.

Le revisaron los bolsillos con saña, lo sacudían entre dos, él cavilaba que tanta dicha se anulaba por la conciencia mercantilista, se había gastado lo de la carne de una semana, para el sábado próximo el salmón seria acompañado por un jugo de lulo, habría que olvidarse de un buen trago de leche de la mujer amada, todo para darle gusto a sus suspiros, ya no se podía tener gustos individuales, que cosa jodida; para rematar se estaba jugando la tiquetera de los 15 corrientasos del mes.

—¡Qué maravilla! —aulló uno de los agentes que descubría las inofensivas bolsas en la caleta de su chaqueta, mientras sonreía ganancioso.

—¿A usted no lo esculcan nunca cierto?

Cómo van a esculcar a alguien que huele a jabón y que camina despacio. Aquí se castiga el afán y la suciedad con el manoseo violento de la ley.

—Oiga, ¿no lo han esculcado nunca?

El silencio no es buen compañero y el llanto menos, sin embargo la tranquilidad acompañada del silencio y calma, aligeran la digestión de cualquier plato fuerte, incluso, una crepe hindú rellena de picantes pimientas caldeadas en dulces almíbares.

—Para arriba compañero.

Esposado al piso de la camioneta, se imaginaba el tráfico de hierbabuena en las costas españolas siglos atrás, cómo se entregaban cargamentos de la fina especie para adobar los platillos más selectos, adornados con la sangre y el sudor de unos cuantos.

Los agentes detuvieron la camioneta para tomarse un tinto. Callado, recobraba el aliento para soportar el humor de su compañero de encierro, devanaba su cabeza pensando en lo frustrante que era estar allí, lejos de sus libros, de sus sabores alcalinos y la sensación de redondez absoluta que lograba al masturbarse. Tenia que salirse de esa, nunca lo habían pescado, de alguna forma la suerte fue compañera incondicional hasta ese día, pero uno no puede abusar de la confianza, así como un chef experimentado no corta dos peces globos en una misma jornada, el paseo comercial del vicio no se debe forzar para darle gusto al gusto.

Las formalidades de la ley siempre son las mismas, el acoso psicológico del bolsillo a ver si uno de los acusados resuelve alguno de los apuros económicos de estos puercos carnetizados, luego la mala palabra, el hijueputazo, la humillación por haber caído. Para finalizar ser acusado de colaborador indirecto de la guerrilla y para el hueco.

Sin el tratamiento feliz de un lomo bañado en vinos y selectos vegetales, así era, simple, con el empujón y el “ya le toca esperar a ver si la fiscal viene hoy para ver su situación”.

Con la cédula en la mano, temblando del frío se limitaba a ver el movimiento incoherente de lo labios justicieros, que buscaban inútilmente descuncharle algún centavo antes de guardarlo, él, sin mediar un solo verbo, salta aún amarrado de la panel, ve sus zapatillas ancladas al suelo, no existía la aspiración de correr los cien libres por la libertad, ahí, en esas le tocaba con serenidad, ya habían llegado al roto de la estación del Ricaurte, unas cuadras mas arriba de la calle trece y la situación era cada vez mas peluda.

—Se me va derechito para el encierro de esas mallas…

—Apure pues mudo, y como no quiso nada, no se le va dar nada, ¿oye?

No alcanzó a coger rabia, llevaba cinco minutos y el silencio dio resultados tan mágicos como el Ron sobre cortes carnudos, gruesos y magros de vacas perezosas. Ya empezaba a intuir el sabor de sus adoradas líneas, se veía contando cuántas saldrían, ocho a veces nueve y si la cuchilla era nueva hasta once. En el rincón del sitio donde lo habían tirado, había un palabrero ávido, no se callaba, hacía las tranzas de la salida, sacaba gente por monedas bajo en consentimiento de los agentes.

Después de los trámites de rigor, la desconfianza, el asare, la mediación y el efectivismo de los monosílabos, acordó la salida por quince mil pesos moneda corriente. El almuerzo en el trébol cancelado, tocó venado de oro, arroz chino con carne de chino bien adobada, si acaso le quedaba para el bus y ni modo de pagar la residencia. Para la casa con hambre de buen gusto, sin nadita que oler, y la punta que tanto quería quedaba ahí. Lástima, se la había coronado en una travesía en Cali.

No era ella - Crónica

NO ERA ELLA
Néstor Pedraza

Ha sido un viaje en el tiempo, un desplazarse repentino hacia épocas dejadas atrás hace mucho, y que ahora me abrasan, yo cubierto de especias nativas y pizca de sal.

Los autos estacionados a lado y lado de las calles, convierten la recolección de basuras en una hazaña de Quijotes. Los separadores convertidos en estacionamientos, las calzadas hechas coladeras. La diferencia entre esta Cali ardiente y mi páramo bogotano, está en la semidesnudez omnipresente y voluptuosa de las mujeres de todos los estilos, de todas las edades, de todas las estéticas. En la agresividad de sus piernas de rana superdesarrollada, y en su mirada de rayos X capaz de contarle a uno los billetes antes de ver siquiera la billetera. La diferencia está, también, en este calor tan hijueputa, sol que aplasta con el mazo enorme de Thor crucificado y encarnado sobre los huesos de Ahrimán.

Una mañana, hará dos semanas ya, el cielo encapotado y gris me dio un nostálgico recuerdo de la Bogotá de antaño, esa que ya no se ve, de lloviznas incansables y ríos de paraguas negros. Subí al taxi pensando en lo difícil que resulta disfrazarse cada día con el traje de ente productivo de la sociedad. Mas mis pensamientos, que igual nunca conducen a la esperada y grata cita con el rifle, fueron cortados por la voz morbosa y punzante del locutor de la radio. "No era Ella", decía con neón colorido, y casi me hace dar risa el tono de su avivamiento.

El viaje hasta la oficina, aunque corto, fue suficiente para escuchar la historia, tan tropical como la forma en que fue narrada. No podría, pues, reproducir las palabras exactas de tan ilustres comunicadores, así que me limitaré a una pobre reproducción personal (por supuesto, las fechas y los nombres han sido cambiados, por seguridad de...., bueno, por pura, física y perra falta de memoria):

"Serían las seis de la mañana cuando Erminsul, joven de 22 años de edad, trabajador incansable y dedicado, salió de su casa el pasado 4 de Agosto. Todo indicaba que sería un lunes cualquiera, en el trasegar infatigable de este mensajero, eficiente y honrado. Nadie podía imaginar que en su interior se arremolinaba una bocanada volcánica de emociones y sinsabores. Su amada, Araminta, bella y dedicada mujer de 28 años, venía reclamándole la falta de dinero, la falta de espacio, la falta, en últimas, de emoción, de variedad sexual, de conmiseración con el prójimo hambriento. Y él, prisionero de un amor llameante como el infierno mismo, se bañaba en los ácidos de la angustia y naufragaba, hundiéndose en el fango apestoso de la desesperación. Su inseguridad de gusano en baile de gallinas estalló también, acrecentándosele en reveladoras noches de insomnio sudoroso, y en pesadillas de bacanales sabáticas, donde su adorada compañera de cama era el centro de inacabables ritos de fertilidad, única sacrificada a los dioses en medio de hordas de negros enormes."

El conductor me observaba por el espejo retrovisor, buscando la risa cómplice. Yo veía por la ventanilla el rápido paso de las malezas.

"Araminta era una mujer espectacular. Su físico atraía a los hombres como el fuego de los candelabros a las polillas, y Erminsul lo sabía. Sufría lo indecible, imaginándola en brazos del tendero, montada a horcajadas sobre el vecino, tendida exhausta sobre los cuerpos exprimidos de sus tres primos. Cansado, insomne, delirante, llegó el lunes en la tarde a casa, y encontró a su concubina preparando las maletas. Ella no soportaba más las desatenciones, la falta de joyas y de viajes a Maicao, la ausencia de buen vodka en la nevera y los mismos chiros de hacía tres meses. No había abandonado el lenocinio para pasar tragos amargos de güisqui barato, y ya tenía un futuro asegurado en tierras asiáticas. Erminsul se hinchó en vapores que destrozaron sus ropas, y se lanzó sobre el cuerpo apetecible y jugoso de Araminta, destrozándolo sin un tris de consideración con el resto del género masculino. Luego, con los ojos inyectados en ácidos alucinógenos, encendió un fuego que se vio igual desde Pance, Juanchito, Palmira y el nuevo Batallón de Alta Montaña. Mientras lo poco que le había ofrecido a la mujer de sus desafueros se purificaba, colgó del cuello su cuerpo, atándolo a una viga con el cinturón."

El taxi volteó, y alcancé a pensar que no sería justo perderme el final de tan florida narración. Por fortuna, el desenlace llegó mientras hurgaba en mis bolsillos en fiera cacería:

"Qué terrible historia la que nos recibe este comienzo de semana. Un peso enorme debía llevar Erminsul sobre sus espaldas, para decidir convertirlo en humo y así aligerarlo. Pero aquí no para la historia. La rápida acción de los vecinos, sofocó con prontitud las llamas y permitió a las autoridades recuperar los cadáveres, casi intactos entre las cenizas. Los agentes del orden quizás se ensañaron un poco con el cuerpo de Erminsul, inflamados de odio al ver las cualidades irrecuperables de su víctima. Y no fue hasta llegar a la Fiscalía, que se descubrió lo que veníamos anunciando desde un comienzo: No era Ella, era Él. Araminta, fogosa mujer cuyas caderas perturbaban hasta al mismo San Emerdógenes, de senos como viñedos donde Baco fabricaba todos sus elíxires, y sexo tan caliente que Belcebú tenía allí su finca de recreo, era hombre. Identificada como Diógenes Patroclo, la mujer que arrebató a Erminsul la cordura y el sueño, había nacido con antena. La pregunta que nos aqueja ahora es clara. ¿Conocía Erminsul el terrible secreto de su amante?"

Bajé del taxi cuando comenzaba lo bueno, comentarios llenos de fineza autóctona, frases barrocas llenas de imágenes evocadoras de la época de la Ilustración, y mareajes de vocablos acuñados al calor de siglos de evolución del lenguaje. Y por un instante, creí que había soñado que había vivido en otro tiempo, en un futuro de matrimonios gay y Madonnas en juegos linguales con Britneys y Cristinas. Un tiempo donde, quizás, el sexo de Araminta habría sido apenas un dato más en su registro de defunción, y la verdadera cuestión habría estado en cómo es que en un crimen pasional, de asesinato y suicidio, vienen las llamas a tratar de borrar las evidencias. ¿Necesitaremos a Poirot, o a Holmes?

lunes, 5 de junio de 2006

El café no sabe igual - Relatos Eróticos

EL CAFÉ NO SABE IGUAL
Néstor Pedraza

—Ahora sí, cuéntame —me soltó poniendo dos cafés sobre la mesa y sentándose a mi lado. —¿Están embarazadas?

Después de dos meses explorando las frías y áridas tundras de la masculinidad potencialmente donante, todas nuestras amigas estaban pendientes del resultado. No se hablaba de otra cosa.

—No sabemos, Chana apenas se hará la prueba mañana. —Jenny se mordió el labio, quería detalles. —La cosa fue simple: el único que se prestó para hacerlo con un frasco y llevar su esperma a la clínica, dio casi nulo en el conteo de bichitos. Nunca imaginamos que conseguir unos mililitros de leche con renacuajos sería tan complicado.

Jenny no se conformaba. Quería que le pintara el plano quirúrgico de la noche en que Chana y yo nos decidimos a llegar hasta el fondo último de nuestros esfuerzos por lograr lo que buscábamos. A Ubaldo lo sacamos de una galería de arte donde hacía su segunda exposición, primer punto a favor. Alto, blanco, ojos claros. Deportista, saludable, que ni pintado. Y con dos hijos no reconocidos, ideal.

—Está bien —, dije por fin, irritada. —El amiguito erecto resultó tan grande y potente como cualquier profesional de cine porno. Se suponía que se lo haría a Chana mientras ella me lo hacía a mí, sería cosa de quince minutos.

Pensábamos que había sido fácil convencerlo de pasarla rico con dos bellas mujeres, sin condón, con el cuento de que queríamos saber cómo era ese asunto. Él pudo revisar nuestros exámenes médicos y certificar con amigos la estabilidad de nuestra relación monogámica, pero rehusó ese derecho. Fuimos ingenuas, él se cobró el favor dándole a Chana como a rata durante más de dos horas. Incluso, en un momento en que yo la abrazaba y la besaba para hacerle más soportable la tortura, el maldito se atrevió a clavarme como a toro de lidia.

Para mí, no hay nada más hermoso que sentir los pechos de Chana contra los míos, sus pezones duros electrizan mi piel, me hacen sentir que perforan mi pecho hasta el corazón, hasta conectarnos ambas en un mismo latir espiritual, me llenan… Entonces, estoy con Chana encima, apretada a ella, abrigada con su piel de niña aristócrata, y este malparido me atraviesa a lo cerdo. Sentí que tenía una varilla caliente que me perforaba hasta la garganta, una estocada profunda en mi vientre que me hizo soltar un chillido. Sentí la estocada dos veces más, a fondo, como abriendo mis vísceras para extraerlas con un gancho, antes de librarme del abrazo constrictor de Chana y sacármelo de un salto. Lo grité, lo putié, pero Chana me besó con ternura. “Acabemos con esto, que sea un solo tirón”.

Para calmarme, Chana me acomodó en el sillón, y arrodillada con Ubaldo aferrado a sus caderas, le dio a mi clítoris una de las mejores terapias linguales que recuerdo. Por supuesto, esos detalles me los reservé, Jenny no tenía por qué llegar a la visualización nítida de nuestros cuerpos mancillados por ese infame lleno de tatuajes, ni evocar el olor de nuestros sudores y nuestras salivas entremezclados.

—Se pasó de bestia —le dije, —se comportó a la altura de cualquier puto hombre. Sólo esperamos que haya servido para lo único que podía sernos útil.

Jenny adivina cosas en mis pupilas, quiere surfear por mis recuerdos. Imagina incertidumbres, rencores. Apuro mi café en silencio, intento borrar las imágenes de mi cabeza; ojalá pudiera restregar esa parte de mi cerebro con cepillo y jabón, y dejar atrás esa expresión en el rostro de Chana.

Yo mordía mis dedos y labios, mientras ella mordisqueaba entre mis piernas y entraba en mi con su lengua portentosa, aferrados sus dedos a mis muslos. De repente abandonó su labor, y yo seguí con mis dedos, ya a punto de explotar. Entonces la sentí, apretando mis muslos hasta casi hacerlos sangrar con sus uñas, y golpeando mi ingle con su frente en un furioso frenesí rítmico. Abrí los ojos y la vi, con los párpados muy apretados, destrozándose el labio inferior con los dientes, conteniendo la respiración sin emitir sonido. Luego comenzaron los gemidos, guturales, fuertes, al mismo ritmo de un palmoteo que venía de detrás suyo. Al fin reaccioné: me levanté de un salto, estrellando sin querer a Chana contra el sillón, y me lancé contra Ubaldo. El maldito que penetraba en el más oscuro rincón del cuerpo de Chana, dándole ocasionales nalgadas que le tenían enrojecida la piel, se echó para atrás y agarrándome del pelo, facilitado por la energía de mi propio salto, me empujó hacia abajo y me lanzó su chorro contra el rostro.

Me limpié con asco, lo miré con odio, lo golpeé. “Tranquila”, me dijo el hijo de perra con una sonrisa. “Lo que querían, ya está hecho", y comenzó a vestirse como si nada. "Me he venido tres veces, en el coño y en el culo de tu amiguita. Y esta te la ganaste tu todita. Sólo me estaba divirtiendo un poco después de completar mi trabajo.”

—Gracias —le digo a Jenny, levantándome. —Tengo una reunión del consejo de edición. Luego te cuento cómo salió la prueba de Chana.

Salgo, camino hasta la esquina y allí quedo paralizada unos minutos. Recuerdo la expresión en el rostro de Chana. Tres años juntas y nunca le había conocido una expresión similar. Mis ojos se bañan en lágrimas mientras pienso que ya no se si quiero que esté embarazada. Recuerdo la profundidad de sus gemidos, pero sobre todo, su silencio frente al ataque del que estaba siendo víctima. Quizás sea sencillo ver el rostro del bebé y no relacionarlo con la verga de Ubaldo escupiéndome en la cara. Lo que no será sencillo, será volver a ver a Chana a los ojos con la misma mirada libre de dudas que ella me conoce tan bien.

Vértigo Triple Equis - Relatos Eróticos

VERTIGO TRIPLE EQUIS
Alex Acevedo

Por las tardes subían a los tanques del agua del conjunto residencial, sobre el techo. Ella se complicaba el ascenso con unos extravagantes zapatos dorados, doce centímetros de tacón de aguja; él trataba de ocultar su identidad vistiendo una bata de laboratorio y unas gafas oscuras que lo asemejaban al hombre mosca. Gemían con desvergüenza, sus siluetas dejaban marcadas en el aire las acrobacias que improvisaban. Uno intuía que la boca de ella era un estanque lleno de peces emplumados, y que por tanto la vistosa felación que ella le practicaba, apoyada contra la antena comunal, habría de ser lo más parecido a meter uno su miembro en un tarro de jalea real. También, a qué negarlo, parecía como si la lengua de él fungiera de sutil arco voltaico cuando le repasaba los pezones, las costillas, los tobillos, o sencillamente cuando se entregaba pertinaz a la tarea de barrer su vulva. Luego retozaban al sol como si nada, delante de ciento veinticinco apartamentos, embadurnados en sus propios fluidos.

Pero esta tarde una anciana miope del 702 se decidió por fin a llamar a los bomberos. Un enjambre de vecinos se arremolinó en torno al camión con la escalera desplegada, todos con los ojos puestos en las alturas, esperando que los bajaran.

Aquí estamos hace veinte minutos, y todavía nada. Una nube de murmuraciones amplifica la profundidad de la espera. Unos vecinos con imaginación explosiva dicen que a lo mejor los bomberos estarán aprovechando la ocasión para liberar sus instintos onanistas, dejando en libertad sus mangueras. Otros suponen algo más natural, que ella, desnuda en sus tacones, está al borde de la cornisa y amenaza lanzarse abajo si se le acercan un paso más. Los demás, simplemente esperamos, sin parpadear, callados, como unas estatuas de sal, de mármol de Carrara, ahí, pendientes de este desenlace.

martes, 30 de mayo de 2006

Liz Binaria, el Webmaster Inestable y la Inmortalidad en General - Relatos Cyberpunk

El siguiente cuento fue escrito por Alex Acevedo como continuación del relato El Mercado de Invierno, de William Gibson, publicado en su totalidad en nuestro Blog principal. También puede encontrarse en nuestro Blog un "deshuese" del relato de Gibson.



LIZ BINARIA, EL WEBMASTER INESTABLE Y LA INMORTALIDAD EN GENERAL
Alex Acevedo

Había pasado casi un mes esperándola ver aparecer de nuevo, lo que significa que un precioso mes de mi vida se había desmenuzado por la pura y simple angustia de lo que estaba por venir. Como si hubiera pasado esos extensos treinta días consagrado a escribir una historia llena de truculencias, quemando mis manos con cada palabra incandescente que iba ensamblando a punta de yunque y martillo, para al término de la espera y la fatiga borrar el archivo con un simple clic. Un mes, repasando y repisando cada segundo en su lento transcurrir, mientras elevaba un ostentoso fuerte alrededor de mí, bloque a bloque, para luego, al cabo del calendario, echarlo abajo con certero pastorejo y quedarme mirando sólo una enorme nube de polvo.

Así, los días que pasaron entre la última vez que la vi de verdad en “El Seto” —sus manos pequeñas bajo una nubosa luz púrpura— y el momento en que sonó su nueva voz por el auricular, desaparecieron de mis registros con la misma higiene con que uno mueve hacia abajo el mecanismo de desagüe de un inodoro. Trataba de pegarme al mundo, es cierto, trataba de concentrarme en la edición de “Las Manos de Orlac”, un remake que soñaba un tipo gris, un calvo medio neurótico que algunos consideraban genial y otros sólo un oportunista preciso. Trataba también de suspender la espera con unos mililitros de algo candente bajando por mi esófago, noche tras noche, pero el furibundo magnetismo de volver a escucharla me postraba. Y pensé que el tiempo era circular, que retornaba por fin a otra edad en que me paralizaba de miedo la posibilidad de recibir la llamada de una mujer a la que ansiaba con circunvoluciones delirantes. El teléfono —ese aparato negro, enorme, con un disco y diez números— me mantenía girando a su alrededor al estilo que adoraban las masas planetarias más grandes con unas tristes manotadas de polvo.

—Se siente bien estar aquí— fueron sus primeras palabras, y en su voz noté el esfuerzo que hacía por parecer la misma, como si estuviera imitando su propia voz, la que emitían sus cuerdas vocales antes, cuando todavía estaba viva.

Y para mí era un alivio, había terminado la insoportable densidad de la espera, se había evaporado la terrible masa gris en que flotaba y en la que un simple parpadeo me costaba un dolor de mil agujas lentas y certeras. Esa noche acababa de entrar al apartamento, y ya iba atravesando el corredor rumbo a la habitación, cuando timbró el teléfono y toda la piel se me erizó ante la certeza de que era Liz; por fin. ¡Por fin! La espera había terminado. La angustia del tiempo inmóvil había explotado de repente en cientos de esquirlas, miles de chispas.

Su voz escapó del auricular para inundar en torrente todo el sistema cuadrafónico del apartamento; una inundación que corre a toda prisa por campos y pueblos dejando sólo fango y silencio, cadáveres flotando.

—A veces siento frío y dolor de oído— continuó ella con un dejo de nostalgia mal encubierta —. Raro, ¿verdad?

Yo suponía que Liz estaba proyectando alguna imagen suya sobre las paredes de la sala, a lo mejor sobre el vidrio panorámico del balcón, pero me negaba a levantar los ojos para buscarla. Y mientras sonaba la estática por un silencio que había florecido de repente, yo luchaba cuerpo a cuerpo contra las objeciones, amordazaba mi mente, le hacía una de esas llaves de judo que postran y no permiten que el contrincante respire. Tras una tos quizás fingida, me repitió que se sentía muy bien, que no extrañaba su cuerpo ni las cosas sólidas, y aunque las sensaciones táctiles le resultaban arrolladoras y los colores mucho más decisivos, lo demás era casi lo mismo de antes. Yo sudaba, una punzada tibia me tenía vibrando la columna vertebral, y me decía tratando de creerlo: “Ya no es igual. Liz ya no es igual. Atreverme a seguir con ella ahora equivale a matar millones y millones de las escasas neuronas que me quedan. No puedo, no debo, no puedo, no vale la pena. No puedo darme el lujo de mantenerla en la red. Sé que me necesita, sé que sin mi ayuda tarde o temprano va a agotar su crédito y la van a borrar, pero no puedo, no puedo aceptar ese sacrificio. Va más allá de mis fuerzas. Y además no es igual, ya no es lo mismo”.

Es cierto que había otros editores, con seguridad mucho más talentosos que yo, pero los dos habíamos llegado a la certeza de una irrompible ligazón siamesa. Bueno, es una forma enrevesada de llamar al éxito, al éxito monetario, porque lo que de verdad generamos con nuestra comunión no fue “el amor de la vida” o cualquiera de esos sofismas vaporosos que enciende a veces el contacto visceral de una mujer con un hombre, sino plata, mucha plata, un montón increíble de dinero para mucha gente. Por eso también mi miedo, mi reticencia, mi silencio durante esa primera llamada que me hizo desde el espejo Omega. Puesto que el éxito contante y sonante se había producido al entrar en contacto dos cuerpos y dos mentes, y ahora en cambio…

Cuando colgó, fui hasta la cocina y esculqué la estantería en busca de un enorme cilindro de wizz que había reservado para este momento. Abrí las ventanas de la sala de par en par y un viento helado irrumpió por toda la estancia. Me acosté en el piso y, con las manos todavía gelatinosas, me acerqué la válvula del cilindro a la boca. No recuerdo nada más. Liz me había vuelto a llamar. Existía, todavía, aunque de un modo distinto, y si había logrado sobrevivir a ella cuando empezamos a trabajar juntos, cuando todavía estaba viva, ahora era ciento por ciento seguro que las cosas serían distintas.


*-*

—Creo que no— le dije mascando cada palabra entre los dientes, como un chicle ya sin sabor, y dejé los trodos sobre la mesa, derrotado. —No puedo. Es eso. Es solamente eso. Así de simple. Lo he estado pensando todos estos días, desde que me llamaste, y prefiero que no. Mi cabeza no aguanta. No va a poder aguantar.

Liz no lo esperaba; la noticia le fluyó encima como un gigantesco chorro de agua fresca del Ártico. Vaciló buscando un buen comienzo para el contraataque, y luego llovió sobre mí su artillería más pesada:

—Sólo porque por primera vez, por esta única vez en tu vida, vas a sentir cosas reales. Sólo porque después de haber desperdiciado tu vida entera en tratos imperfectos con cuerpos para ganar sólo fluidos pegachentos y nostalgia… Ahora te cagas del susto. Me emputa, me emputa mucho esta actitud tuya, ahora. Y no es tanto por mí, sino sobre todo por ti, por lo que estás a punto de perder. Ya sé que también yo lo necesito. Es que no puedo negar que…”

Miré los trodos al alcance de mi mano: el portón inmenso del cielo al alcance de mis dedos. Repetí para mí que no era justo, que estaba claramente en desventaja contra Liz, que llevaba todas las de perder.

—Sí, sí, no digo que no tienes razón, pero también hay más editores—, y le di la espalda. —El mundo está lleno de editores, editores para los que sería el sueño de su vida trabajar contigo. Yo…

En ese momento apareció la cara arrugada del Webmaster sobre el muro de la sala para informar: “En tres segundos el espejo Índigo entrará en hibernación. Si quiere seguir a la espera, pulse ahora “Enter”. Si quiere saltar al espejo Nova, teclee “Alt F9”. Si quiere cancelar definitivamente la cópula, pulse “Refrescar”.

Sobre el techo se iluminó el abdomen desnudo de Liz, en baja resolución, y no dijo nada más, como si el hecho de mostrarse en 24 bits diera a entender que estaba súper emputada, pero no iba a ceder. Ya le conocía esas audacias, ese modo de no cejar hasta conseguir lo que se había propuesto. Quizás llegara al extremo de utilizar al Webmaster para que él mismo me extorsionara diciéndome que los 832 Gigas que ocupaba Liz estaban a punto de ser formateados si no cancelaba en el lapso de una semana la suma vencida.


*-*

“¿Qué significa no tener cuerpo?”, pensé. “¿Qué significa llevar a un laboratorio en la red esa invención de tantos filósofos y teólogos que se rompieron la cabeza hace tantos años maquinando la distinción entre materia y alma, entre apariencia y realidad, entre cuerpo y mente?”.

Después de que se interrumpió la cópula con Liz esa noche, duré hasta la madrugada imaginando mil cosas, el resumen de la historia de la filosofía y la teología. “¿Qué significa no tener cuerpo? ¿Significa algo? ¿Significa incluso algo más para una mujer que para un hombre?”. Y pensé en la felicidad que representaría para Liz prescindir de ese maremagnum de células que hacían de sus días un fastidio. Su sangre cada mes. La dificultad de su intestino para procesar los alimentos. Su rostro con ojeras frente al espejo. La congestión de su nariz cuando se resfriaba. El ingobernable dolor de cabeza que le sobrevenía después de las largas jornadas en que yo editaba sus sueños. También adiviné en Liz un cambio radical, como si con su nueva existencia en la red hubiera tenido que reacomodar todo lo que le habían inculcado acerca de la reproducción. Ahora era absolutamente estéril. Se había desvanecido para siempre la ilusión de poder generar otra vida.

¿Significa algo realmente, significa algo el placer del cuerpo cuando ya no hay, cuando ya solamente te reduces a un montón de ceros y unos que se apertrechan en un servidor que no ocupa ningún lugar en el espacio físico?

Un amigo me había contado una vez la anécdota de un gourmet de café que había sufrido una enfermedad degenerativa del gusto, y un buen día, tratando de seguir viviendo de su profesión, después de que era capaz de distinguir un café orgánico Sierra Nevada de un café común Sierra Nevada, había pasado por la pena de dictaminar un excelente grano de Vietnam cuando le habían dado a probar un té. El gourmet había sospechado la trampa, pero su memoria se encontraba en ceros, y había decidido en esa ocasión acabar con su carrera, defenestrarse de esa buena vez en la verdad de que carecer del sentido del gusto significaba tener la memoria vacía. ¿Y Liz? ¿La memoria de Liz? ¿Sería lo mismo?

Liz decía que vivía como Gregorio Samsa cuando era un escarabajo, es decir que su cuerpo era una mierda porque necesitaba ese exoesqueleto para poder perdurar, y que yo podía liberarla de ese tormento con sólo quererlo. Me habló de la pesadilla de su infancia rodeada de niños sonrosados y sudorosos que no necesitaban del caparazón para mantener el ritmo cardíaco constante. Los veía deslizarse felices por un trozo de lámina de metal, mientras ella permanecía parada detrás de un árbol, escondida para que los demás no le preguntaran a sus padres, para que no la invitaran. “¿Por qué esa niña tiene eso en la espalda? ¿Quieres columpiarte con nosotros? ¿Por que no puede ella columpiarse con eso en la espalda? ¿Vienes a saltar la cuerda? ¿Por qué se ve triste?”. Y me habló también de su adolescencia, de cuando unos tipos se hicieron un caparazón de cartón y le propusieron ir esa noche a “El Seto”, ahogados de risa, diciendo que era carnaval, muertos de risa, diciendo que también había oportunidades para los insectos, cagados de la puta risa.

Liz tenía la certeza de que si yo editaba sus sueños, íbamos a crear una obra que se vendería como la Coca Cola o los preservativos, y que con esa plata ella pagaría un espacio donde durar dignamente y yo me convertiría en un genio inalcanzable, todos los sueños puestos mi disposición, los del simple inyector con sus turnos de catorce horas diarias y los del magnate que vivía en Ganímedes. Nunca mencionaba mis costos, lo que yo iba a tener que pagar. Me limitaba a inhalar wizz día y noche, pero ya desde entonces sabía, mientras decidía si podía o no, si debía o no, que trabajar juntos, editar sus sueños, sería sólo la cuota inicial de mi ruina definitiva. Aunque desde entonces, también, se me llenaba la garganta de saliva por la curiosidad, por experimentar lo que sería, lo que sentiría yo al entrar en contacto íntimo y radical con alguien tan extraño, con una mujer que decía que vivía como Gregorio Samsa.

—Imagina —decía ella antes de mi decisión, clavándome su mirada como quien ensarta un tenedor en un pedazo tierno de lomo recién asado— que en lugar de exoesqueleto, tengo sólo un tumor, digamos un tumor benigno que me permite ver las cosas de otro modo. Imagina que es una sensibilidad especial, no una cubierta de resina superexpándex llena de cables. Digamos un órgano adicional, un órgano que no tienen los demás y que me deja percibir realidades que los demás no ven. Imagina mis sueños. Imagina que puedes manipular mis sueños, convertir lo que siento y lo que pienso en fajos y más fajos de billetes. Imagina que ese órgano me permite entender la estruendosa tragedia que ocurre cuando una hoja seca se desprende de un árbol, o cuando una mosca con su visión de panorámica excepcional se estrella contra un vidrio tramposo, o cuando una simple mota de polvo es removida de su hogar en la superficie de una cornisa. Imagina que conoces todos mis secretos, y me puedes beber y degustar y pasear y desarmar y deglutir y asimilar y reconstruir y volver a vivir a partir de mí. Imagina....

Y cuando por fin habíamos llegado al borde del abismo, cuando nuestra obra se exhibía en todas las vitrinas como “El sueño de la temporada. Inolvidable. Demoledor. El culmen de la delicia”, y el reguero de ceros de su crédito le había permitido instalarse desnuda, sin el caparazón y sus extremidades, a todo confort en un servidor prohibitivo, esa noche, justamente esa noche, cuando yo podía saciar por fin mi curiosidad, había optado por oprimir “Refrescar” con estos dedos que no paran de temblar.


*-*

El Webmaster me advierte que estoy secuenciando mal el código de acceso a Liz. No entiendo a qué se refiere. Veo los trodos sobre la mesa y mi mente hace contorsiones que desgarran en su afán por conseguir que estas putas manos acaten la orden de apresar de nuevo esos conectores de aluminio como si fueran el flotador que necesita un tipo que se ahoga. Pero no puedo. Mis manos están muertas. Son apenas la extensión superflua de un aparato oxidado que no recuerda para qué sirve. El Webmaster anuncia que hay inestabilidad en la red y me ordena “Reintentar”. ¿Qué es “Reintentar”? ¿Volver a empezar desde cero? ¿Hacer como si uno no conociera a alguien, hacer como si esa persona en la cual uno depositó toda su confianza y todas sus ilusiones fuera una simple extraña a quien hay que saludar “mucho gusto”, o “qué bueno verte”? Los trodos prometen algo que no alcanzo a descifrar. Estoy tendido sobre un piso de latón como si hubiera agotado toda mi reserva de wizz de una sola inhalación. Trato de orientarme. Recordar dónde estoy, cómo llegué aquí, por qué me cuesta tanto producir una idea de movimiento, por qué mi cuerpo abomina la obediencia. Hay unos trodos justo encima de la mesa. Brillan. Relucen como si fueran una llave que abre los portones de la eternidad, la inmortalidad, y ¿qué es la inmortalidad? ¿”Reintentar”?

Ahora el Webmaster anuncia que se ha generado otra ola de inestabilidad en la red, y que Liz continúa esperando mi respuesta. ¿Cuál? ¿Cuál, si casi no puedo respirar, si estoy con los ojos cerrados y aún así sigo viendo unos trodos que me llaman y me prometen una secuencia que no sé a dónde me va a llevar? ¿Más placer? ¿Puedo acaso albergar más placer? ¿No estoy ya ahíto de placer? Me parece como si estuviera tan lleno ahora, tan absurdamente repleto, que ni siquiera me creo capaz de permitir la entrada del poco aire que me reclaman los almohadones que tengo en el pecho. ¿El pecho? No siento mi carne, no puedo tener pecho, ni pulmones, no necesito respirar.

El Webmaster repite que va en ascenso la cresta de inestabilidad en la red, y le ordena a Liz que deje de enviar código fatal, o será cerrado de inmediato su puerto. ¿No es acaso placer, el placer más prístino lo que intenta transmitirme Liz? ¿Un chorro veloz de números húmedos que no cabe ya dentro de mí y se empieza a esparcir quizás por todos los corredores de la red? ¿Como un volcán, o una arteria rota, o un simple gemido huérfano?

Consigo por fin despegar los párpados durante un breve instante, apenas lo necesario para distinguir sobre la pared la locura del Webmaster pinchando y pinchando transacciones en un intento desesperado por desconectar a Liz, por frenar el crecimiento exponencial del placer, o de lo que yo en mi desolación identifico con el placer. Y vuelvo a quedar exhausto, ciego, congelado en mi miseria.

Una alerta de seguridad notifica que el espejo Índigo acaba de colapsar dejando sin servicio por lo menos a trescientos millones de usuarios. La furia del Webmaster se desborda. Por medio de un vozarrón 5.1 intravenoso me informa que tramitará un serpentín para acusarme de “Saboteo en la red con dolo y perjurio”; que me olvide de mi carrera, mi crédito y mis visas en la red. “¡Es Liz! ¡Es Liz!”, quisiera defenderme ante el Webmaster, pero las palabras se me desperdigan en alguna parte del cerebro apenas las concibo, y de mi boca no sale nada distinto que un delgado hilo de baba caliente, amarga.

Un corrientazo fulminante me hace saltar sobre el piso, y pierdo la conciencia. Cuando recupero el ritmo espontáneo de mis latidos, tengo frente a mí el rostro inexpresivo de Liz. Estamos en “El Seto”. Tengo un vaso vacío en la mano. Bajo una débil luz púrpura, el barman limpia la barra con una mano cansada y un trapo percudido. Debemos estar bordeando la hora de cierre. Ella dice que todo va a salir bien, que nos veremos en un mes o menos, y entonces va a permitirme manipular sus sueños más raros, la pura materia prima de sus sueños. Voy a llegar hasta donde ningún editor ha podido ni siquiera acercarse. Dice que me va a dejar sólo para mí un sueño ya lejano en que ella descifra con escalpelo un jeroglífico oculto en algún recoveco de la red, cerca de las peludas axilas del Webmaster.

Una Chispa en Medio del Incendio - Relatos Cyberpunk

UNA CHISPA EN MEDIO DEL INCENDIO
Néstor Pedraza

Se sentó en la butaca de madera con una cerveza y un cigarrillo. Era una de las últimas tiendas de rockola y orinal donde podía beberse cerveza. Sentado junto a la ventana de pequeños vidrios rectangulares, apuró una aspirada y un sorbo y miró hacia arriba: la espesa capa de smog ocre brillaba al reflejar el resplandor del alumbrado público. La ciudad parecía cubierta por un domo de cobre oxidado, un enorme domo que mantendría aislada la podredumbre interna. Internos todos, prisioneros de su civilidad, de su progreso.

Afuera la gente se apiñaba en los deslizadores magnéticos públicos, era la hora de salida de los oficinistas. Adentro, sonaba un tema de los Visconti, mientras dos ancianos apostaban sus monedas en una partida de baraja española.

Por fin llegó, el techo de la tienda era bajo y debió agachar la cabeza. Se sentó a su mesa tras un breve saludo. La dependiente les llevó dos botellas ámbar. El otro había puesto sobre la mesa una carpeta como si nada, como si ese cartón lleno de papeles no fuera el centro de su existencia en ese instante.

El otro abrió por fin la carpeta, ceremonial. Un grupo de antimotines con la armadura negra típica de las Fuerzas Pacificadoras Especiales pasó rápidamente frente a la ventana. Era un grupo grande, la ciudad estaba candente desde lo de Chocontá. Él alcanzó a dibujar una perla de sudor en su sien, el otro permaneció impávido.

—No les gustó. Dijeron que era innecesariamente riesgoso. Pendejos.

Él se limpió la frente, sabía que el otro lo iba a meter en un lío gordo, y que él no iba a negársele. Por un momento le hizo gracia verlo ahí, robusto, enorme, en esa butaca pequeñita.

—Usted y yo vamos a llevar a cabo la operación. Me importa un culo que no la hayan aprobado, que no hayan asignado los recursos necesarios. Usted y yo nos bastamos para esta joda.

¿Cómo contradecirlo? Se le había dicho hasta la saciedad que había que quedarse quieto hasta que hubiera calma. La gente estaba muy alborotada por la incursión del ejército en Chocontá. Los medios de comunicación habían hecho todo a su alcance por suavizar la situación, desvirtuar los hechos, trivializar el desastre. Si no, la ciudad entera estaría en llamas.

El otro lo miró fijo, “esta misma noche, usted está listo, ¿no?” Sí, tenía un modelo tridimensional completo del edificio del Comando Unificado de las Fuerzas de Paz grabado en su cerebro, con tiempos, accesos, vías alternas. La operación debía ser limpia: dos granadas electromagnéticas les darían ciento cuarenta y cinco segundos exactos para saltar de sus posiciones en los tubos de ventilación, llevarse a Margarita, la perra mascota y la vida entera del general Máximo Porras, y desaparecer por el tubo de desechos sólidos. La salida del parqueadero subterráneo sería la parte más difícil, esperaban poder aprovechar el servicio de recolección de basuras para cubrir su fuga; si no, la cosa no sería tan limpia.

Margarita despellejada debía amanecer colgada del cuello frente a Palacio, y dar así la señal que desataría el caos y la barbarie de las pandillas armadas y los carteles del tráfico de órganos. Pero claro, al otro se le ocurrió la brillante idea de no sólo llevarse a Margarita, sino dejar en su lugar treinta y cinco kilos de TriDiasfozal líquido, explosivo inestable que reacciona con el aire y que sólo les daría alrededor de veinte segundos para desaparecer por el tubo de desperdicios y dejar tras de sí la destrucción total del piso catorce. Para los líderes de las Llaves Blancas era absurdo arriesgar así a los pocos hombres entrenados y calificados que tenían en sus filas. Y ahora, para colmo, había pasado lo de Chocontá y la gente había salido a las calles a enfrentarse a cuchillo y pistola con los rifles de plasma oficiales.

—Es perfecto —, dijo el otro. —Los tombos están ocupados con el mierdero que ellos mismos armaron, eso nos facilitará las cosas.

La cuenta iba en unos quinientos muertos, contando los setenta niños que cayeron con sus madres en la batida que organizó el general Porras por órdenes directas de Palacio. Chocontá, la “ciudad refugio” donde las familias de los presos políticos eran “protegidas” de “posibles ataques de la población”, se había convertido en campo santo para presionar la rendición de dos de los grupos rebeldes más poderosos del territorio. Por supuesto, esto no afectaba a las Llaves Blancas, que hasta ahora se habían mostrado como un grupúsculo de terroristas sin brújula y sin mayor poder. Lo de Margarita y las consecuentes acciones de sus aliados, serían al fin su consolidación. Y esa demostración de poder les permitiría conseguir la financiación que hacía dos años venían negociando con los Comandos Aguafuerte, que controlaban la venta de arios como esclavos sexuales en Madagascar, y tenían dinero de sobra para sacar a las Llaves Blancas del anonimato.

Él observó hacia la calle, una niña en su uniforme de colegio, con su diminuta falda escocesa, le cortó el aliento. El otro terminó su cerveza de un golpe.

—Vamos por el explosivo, y luego a hacer historia.

Era una perfecta estupidez. No sólo arriesgaban el pellejo (de hecho, él no estaba contando con salir vivo de esa), sino que además, los iban a perseguir los Llaves Blancas hasta el infierno mismo para ajustarles cuentas, y con razón. En medio de la guerra callejera que se había armado por lo de Chocontá, nadie iba a notar lo de Margarita y sus consecuencias, todo parecería ser parte de un mismo evento, y cuando las Pacificadoras pusieran de nuevo la ciudad en cintura, nadie sabría nada de las Llaves Blancas, se habría perdido el enlace con los Aguafuerte, y de paso, los traficantes de órganos le estarían pasando a la organización una cuenta de cobro grande por el fiasco.

Pero al otro le gustaba la acción, lo suyo era volarlo todo, sin pensar. Y él nunca le decía que no.

miércoles, 24 de mayo de 2006

Tres Noches - Relatos de Vampiros

TRES NOCHES
Alex Acevedo

PRIMERA NOCHE: Contabilidades

Mientras la oruga remontaba la nervadura de un curubo, Vlad Drácula volaba sobre Buda, describiendo una fuga membranosa. Se adentraba en las vísceras de la noche a toda prisa. Batía sus alas con un vigor que le brotaba a mares sobre todo del rencor y la gula de venganza, y con su escape dibujaba arabescos en torno al fin de trece dilatados años durante los cuales había representando la atracción circense de la corte húngara. Pensaba en eso justamente al sobrevolar ya un bosque de cipreses negros, cerrado, insondable, en los extramuros de la ciudad. En efecto, lo habían tenido encerrado durante trece años como a una desdentada fiera de circo, un anciano loro que encuaderna para ganarse el pan, un voivoda sin ejército, sin reino, y ahora que volaba lejos de su prisión, encontraba su situación muy penosa, idéntica a la del Hombre Elefante cuando apuraba el paso por la plataforma de un barco nebuloso, con una bolsa de tela ocultando su deformidad craneana.

Muy lejos de Hungría, en La Casa de la Felicidad, Mehmed II, el Anticristo, se sumía en un mar de dudas. Divagaba y divagaba, se subía a las ramas más altas de la abstracción, escuchando al mismo tiempo unos chapoteos que provenían de los baños; quizás algún efebo solitario, insomne, creando maremotos con sus pies como aletas. Esa tranquilidad con que se desenvolvía la noche allí en su palacio, contrastaba de fea manera con la granizada de enigmas que caía dentro de su cabeza. El Sultán rememoraba otros tiempos más tiernos, en Esmirna, los tiempos de Radu, y se preguntaba una y otra vez si acaso Radu —el hermano de Vlad Drácula— no habría sido efectivamente más que un vampiro, siendo un “adolescente tan hermoso como la estrella Canopo en el momento en que resplandece sobre las aguas del mar”. Un sirviente se movía en las sombras, encendiendo seguro una madera de sándalo con la cual ahuyentar tantas preguntas ásperas que se hacía el Sultán. “Radu, Radu, Radu...”, repetía el Anticristo, sintiendo desgarrones de nostalgia, gruesas carnes de sentimientos que se despeñan y se rajan en canal. “Radu, Radu, Radu...”, y recordaba ese poema que él mismo había escrito hace tiempo donde hablaba del néctar de los labios del objeto amado como veneno de tristeza, veneno de los asesinos.

Y con todo y todo, la fuga de Vlad Drácula no era improvisada. Sus alas se habían fortalecido durante todas estas cuatro mil quinientas noches a fin de soportar el agotador vuelo hasta Tirgoviste. El plan estaba en marcha, se iba a jugar una de sus últimas cartas con toda la fiereza y la saña del que quiere entrar a la historia a como dé lugar. Una vez en Tirgoviste se mandaría a pulir las uñas, los dientes, reuniría a los pocos nobles que estaban dispuestos a secundarlo, buscaría un caballo, comería un corazón de buey, un corazón de doncella, alistaría por último un par de miles de maderos con la punta roma.

Antes de caer vencido por el sueño, el Sultán chasqueó la lengua y sintió que su boca se anegaba con todos los sabores de Hungría. Había decidido emprender otra campaña contra los cristianos.

*-*

Vlad Drácula había llevado la cabeza sobre los hombros a lo largo de cuarenta y cuatro años, mucho tiempo, según el parecer del Sultán, a quien aguardaban todavía seis más para entrar en la cámara del ninguneo; sin embargo, a la hora de los partos sólo un año los diferenciaba.


SEGUNDA NOCHE: El contagio de Vlad Drácula

El mal provino de un melón de agua dejado al descuido sobre el mesón en que Vlad Drácula se ejercitaba en el enrevesado arte de la encuadernación. Se sabía, claro, tras muchas caravanas de palabras que se deslizaban al oído de cada nueva generación, de la traicionera peligrosidad de la fruta. Y a lo mejor fue deliberado, astucia fangosa de los carceleros corvinistas, o de algún esclavo gitano que quería administrar venganza a causa de ciertos pasajes luctuosos del gobierno del Voivoda en contra de los de su clan. Decían que una vez había asado a tres líderes gitanos y había obligado a comer de esta carne sin adobo a todos aquellos que los seguían; decían también que había empalado a cientos de gitanos y que se había sentado a desayunar en semejante hedentina, decían... Seguramente Vlad Drácula ejecutaba estos brochazos escarlatas para poder gobernar ese pedazo de tierra con olor a banano, ese país que todos usaban como a una furcia vencida, una putica menesterosa. Quizás por esto mismo los cronistas lanzaban esta sentencia para referirse al Voivoda: “Era un hombre violento porque no tenía poder”.

Y en cierto modo, esta teoría de la conjura gitana resultaba verosímil, puesto que nada más fácil que entrar de puntillas en las habitaciones del prisionero a la medianoche y dejar sobre su mesa un melón con maligna geometría, justo en la esquina en que los rayos androginales de la luna formaban diagonal con la sombra de una araña. Los efluvios de semejante confluencia pérfida no tardarían en aproximarse al lecho del príncipe roncador, y sin tardanza empezarían a operar sobre su humanidad: picazón en la espalda, pésima aridez en la garganta, lengua enroscada, sudoración, enturbiamiento de la sangre, pesadillas, pesadillas, muchas pesadillas sucediéndose, superponiéndose, formando un mazacote. El Voivoda se soñaría usando el cuerpo de un poeta más que nada arrogante, bello —podrido por dentro, en consecuencia—, viajero; Lord Byron, cómo no, el hielo y el hastío, sudando en la mitad de una faena venérea con su hermanastra. También tendría Vlad Drácula otra pesadilla, una en que se vería dominando la voluntad de los lobos y otras fieras, llegando a Londres a bordo de un barco repleto de muertos y ratas, tras el rastro de una tal Mina Harker. Quizás ya cerca del amanecer, cuando sus sábanas parecieran los despojos de una inundación, Vlad Drácula se vería en una solitaria calle de Buenos Aires, viejo, débil, sobre el asfalto, siendo atacado por una jauría de policías.

El caso es que a eso de las cinco, ignorante del contagio, despertó y se dio a un vuelo solemne alrededor de su cama, de donde todavía se evaporaba el calor de las fiebres.


TERCERA NOCHE: Donde abunda el Islam

Esta noche hay luna nueva, el firmamento luce apretado de estrellas, pero la tierra está cubierta de sal, perdida, reventada, y un coro de lamentos discretos, como pujos de lagarto, matiza los restallidos de las hogueras. Una espesa humareda envuelve las afueras de Tirgoviste. Ya terminaron de arder los pocos establos, las fondas, los cadáveres de vacas, cerdos y ovejas que habían sido previamente envenenados. Sólo hay vida en las tiendas blancas, donde Mehmed II, el Anticristo, bebe un sorbo de agua de rosas que ha traído desde Instambul. Frota su barbilla mientras saca un balance de la jornada. Contó mil quinientos palos adornados con los cuerpos de sus hermanos en los alrededores de Tirgoviste; la carnicería habitual. Y la tierra no vale nada. Y sólo tiene un grupo minúsculo de prisioneros, unos niños, unas cuantas mujeres en harapos, con la cara tiznada de lágrimas, que fueron el botín de sus jenízaros. Concluye, pues, que Vlad Drácula vendió su cabeza a muy buen precio; alto, sin duda, considerando solamente que la tierra de ese principado está ya maldita, hueca, aunque ya no tanto, ya no tan elevado, si se comprende también que la caída de Valaquia es el precio que se pagó por entrar a Hungría.

“Un sobrenatural”, piensa el Anticristo dirigiendo su mirada a la jaula que chorrea todavía sangre, la jaula en la que está encerrada la cabeza de Vlad Drácula, a la salida de su tienda. “Un príncipe que daba sus batallas con el apoyo de las potencias oscuras, los insepultos y los fantasmas. Un vampiro. Una inmortal criatura de los literatos. Pero ya no respira, ni exhala sus odios, ni usurpa el cuerpo de las bestias”. Mehmed II se levanta despacio, apoyándose con las manos, sale de la tienda, da instrucciones de avance a su visir, y monta un caballo para verificar que todavía esté exhibido el cuerpo sin cabeza de Vlad Drácula a la puerta de Tirgoviste. Se dice: “Nuestro imperio es la casa del Islam. De padres a hijos, la lámpara de nuestro imperio ha sido alimentada con aceite del corazón de los infieles”.

En la jaula, la cabeza de Vlad Drácula adopta el práctico tamaño de un escarabajo Atlas. Extiende sus élitros para iniciar de nuevo la fuga. A lo lejos se escuchan los cascos de la cabalgadura del Sultán atravesando el barro salado, sanguinolento.

martes, 23 de mayo de 2006

Elena y las Delicias - Relatos de Vampiros

ELENA Y LAS DELICIAS
Néstor Pedraza

Elena no piensa en el fin. Esa palabrita está asociada con otra clase de gente, gleba, que encuentra el fin a cada paso. Fin de la comida, fin del trabajo, fin de la salud, y el fin por fin. Con ella no tiene nada que ver. Y menos ahora, que se mira en el espejo de su baño en Palacio. Elena incólume, incuestionable. Comienza a desvestirse con parsimonia, indivisible. Su cuerpo se va reflejando íntegro, inalcanzable, incorruptible, impenetrable.

—Puta —, le dice al reflejo amañado que le muestra el espejo. —Qué gorda estás.

Y no, no es que Elena haya sido alguna vez una sílfide, ni que jamás haya anhelado la forma y los recorridos de las modelos de pasarela. Es que hay límites, y su cintura los había rebasado todos. Aún así, Elena no pensó en el fin. Todo se reducía, según sus cálculos exactos, a una curvatura exagerada en el universo, un pliegue en las energías cósmicas, una desproporción en las balanzas espirituales celestes. Había frutas podridas en la canasta, su canasta, que le enturbiaban el aura y amenazaban con infestar sus poros de sucio moho.

Unas cuantas frutas podridas, no más. Eso nada tiene que ver con el fin. Era cuestión de hacer una limpieza, tirar las malas frutas, un procedimiento sencillo. Sin embargo, Elena, aunque indestronable, no tenía los brazos lo suficientemente largos para poner a funcionar las maquinarias necesarias. Necesitaba una extensión de su ser, y para eso estaba casada con el Mago de las Transmutaciones. Elena, la intocable.

Su esposo, en efecto, había hecho su primer gran acto de transmutación cuando era muy joven. El objeto que transmutó, fue su propio destino. ¡Ah! ¿Cuántos ilusionistas famosos se atreverían a asumir semejante reto? No nos digamos mentiras, se necesitan güevas; aunque quizás, también, hay que tenerlas demasiado grandes. El secreto estará, de seguro, en lograr el equilibrio entre ambas cosas.

Elena frente al espejo se ve reluciente en su canastilla personal de oro, acompañada por jugosos melones de agua y exquisitas peras maduras. Y ahí están, las manzanas pútridas jodiendo el regocijo de los demás. Así que se pone la pijama y espera a su marido en la cama, para morderle suavemente la oreja, al estilo de los años cincuenta, cuando lo conoció. El mordisco va acompañado de un susurro: “Tocará quebrar a unos cuantos de esos hijueputicas, pa’ que dejen la joda.”

Y es que, aunque Elena nunca hablaba de la postadolescencia de su marido, no olvidaba que él había pasado hábilmente de ser un raponero de poca monta y un perfecto güevón, a ser la mascota favorita de los gobiernos que deberían ser, si las cosas tuvieran un norte y un oeste, los más acérrimos enemigos de su régimen.

—Papi, hay que sacar las frutas podridas —, insiste Elena por segunda noche, inquebrantable, segura de que su Nicolai todo lo puede.

No importaba que su marido hubiera sido un ladrón de tan poca monta, que se hubiera robado un pinche maletín relleno no de billetes, sino de coloridos papeles del Partido Comunista. No importaba tampoco que hubiera sido un güevón de tal magnitud, que se hubiera dejado atrapar con esa belleza de paquete en sus manos. Lo que importaba era que al salir de la cárcel, ya se había hecho miembro oficial del Partido, y de ahí a la dictadura totalitaria apenas hubo un paso. Veinte, treinta años, en fin, un paso.

A Elena, por supuesto, no podían endilgársele los cien cadáveres que nunca aparecieron, que nunca estuvieron vivos, que no fueron parte de ninguna estadística. Elena, inmaculada, sólo había tenido un par de inocentes charlas maritales con su Nicolai. Los cien cadáveres del segundo año, de los que no se habló ni hubo registro alguno, tampoco se le podían achacar a los kilos de más que exhibía Elena en su bikini verde limón a orillas del Mediterráneo, inolvidable. Elena sólo se miraba al espejo y suspiraba en el oído correcto:

—No hay equilibrio en el mundo, hay que balancear las cosas.

Y los cadáveres no aparecían, no habían muertos en los libros oficiales, sólo habían fiestas en Palacio, conmemoraciones de los triunfos de Vladimir III de Valaquia, y dulces gemidos nocturnos de Elena frente al espejo, haciéndose apliques bioenergéticos, aromáticos, purpúreos, mientras alcanzaba pequeños simulacros de orgasmos. “Ya casi lo logras, papi, la balanza se va equilibrando, eres el Paladín de la Equidad”. Así que no había riesgo de que Elena pensara en el fin.

El lector sabe, por supuesto, que la dicha dura poco, y que la malquerencia en el mundo crece al mismo ritmo desaforado de la población humana. En efecto, las frutas podridas se reproducían cada vez más rápido, la infección se esparcía con el mismo tono alegre con que se quema la pólvora, obligando a Elena a tomar decisiones radicales. No podía perderse el trabajo noble de tantos años. Se requería una acción definitiva.

Elena, inamovible, se desvistió de nuevo frente al espejo, e hizo una leve mueca. “Maldita ballena”, le dijo al reflejo que le inventaba el espejo, indolente. Pero no pensó en el fin.

—Papi, esos perros nos están cagando la cara. Que no quieren que nuestra familia maneje todos los ministerios e instituciones. Que les parece horrible que la policía mantenga el orden y se tome en serio la paz del país. Que les escandalizan las fiestas de Palacio. Todo les aburre. Si se deprimen tanto, ¿por qué no se suicidan? Habrá que suicidarlos.

Elena no piensa en el fin. Aún ahora, detenida por las fuerzas militares que derrocaron a su Nicolai, se mira al espejo, imprescindible. Aunque quizás en el fondo, admite que se les fue la mano. Es que claro, los países de occidente se hacían los de la vista gorda con los cien muñecos anuales que no salían a relucir, que no flotaban escandalosamente en los ríos ni en las cloacas. La situación era manejable, y el régimen colaboraba, colaboraba mucho. Todo iba bien. Pero cinco mil en un día… Se habían pasado.

Quizás en el último instante pensó por fin en el fin. O quizás un poco antes, cuando le anunciaron que le iban a atravesar el cráneo con una pepa de plomo. O quizás no. Quizás aún frente al pelotón de fusilamiento, miró a Nicolai a su lado, y esperó que ejecutara una de sus transmutaciones. Y sí, los dos se transmutaron. Elena insalvable y Nicolai insostenible, se convirtieron en cadáveres que sí aparecieron, que sí fueron registrados, y cuyas fotos vio el mundo entero.

martes, 25 de abril de 2006

Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda"

CONVOCATORIA A LOS ESCRITORES RECHAZADOS

A fin de iniciar la formación coral que habrá de causar escozor y nuches en la población de vacas sagradas, Los Rechazados [aka La Triada Luminaria] convocamos a todos los escritores rechazados al Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda".

Concepto: Nos proponemos leer unos cuentos más o menos clásicos de distintas temáticas, ampliando en cada sesión el marco de referencia mediante una charla preparada por los orientadores y/o los participantes del taller. Igualmente, en cada sesión hay un espacio para la creación y la crítica, puesto que nos proponemos leer cuentos de los participantes.

Orientadores: Carlos Ayala, Néstor Pedraza, Alex Acevedo.

Dirigido a: Escritores con más de tres concursos y/o convocatorias (a talleres o becas) literarias perdidas en los últimos dos años. Se dará prelación a quien presente carta de rechazo autenticada de alguna editorial. Se considerarán también escritores que, amedrentados por la certeza del rechazo, nunca se han animado a participar en concursos o talleres.

Duración: Nueve sábados comprendidos entre el 13 de mayo y el 8 de julio, de 9:30 AM a 12:30 PM.

Sede: El taller se efectuará en la Biblioteca Virgilio Barco de la ciudad de Bogotá (la sala de estudio será el punto de encuentro). La dirección es Av. Carrera 48 No. 61 – 50 (detrás del parque Simón Bolívar).

Selección: Los aspirantes deberán remitir al correo tallerenlainmunda@yahoo.com.ar una creación de máximo tres cuartillas, ensayo o cuento. Sólo se tendrán en cuenta los correos que lleguen antes del viernes 12 de mayo a las 12:00 M. Se seleccionará un máximo de 15 talleristas, que serán notificados vía correo electrónico.

Inversión: El taller no tiene costo monetario.

jueves, 20 de abril de 2006

Somos Los Rechazados: Tenemos pruebas.

Los Rechazados certificamos nuestra idoneidad para convocar a los escritores rechazados, a través de esta imagen escaneada de la carta de rechazo que nos envió el Grupo Planeta tras leer nuestra novela ganadora de mención de honor El Instalador. Pincha la imagen para ampliarla.