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jueves, 22 de junio de 2006

Cuatro Pececitos en su Alberca - Minificciones

CUATRO PECECITOS EN SU ALBERCA
Néstor Pedraza

Hoy día no son frecuentes las orgías en casa de Villaveces, esas reuniones ruidosas de tres y cuatro días de farra sin quiebres ni desteñimientos, en las que todos los gustos son saciados una y otra vez.

Pero hubo una época en que ya nadie se agotaba marcando el número de la policía para protestar por el escándalo de gemidos, aullidos, alaridos, música, cosas rotas y demás. Con periodicidad infalible se pagaban los sobornos y las cuentas de los proveedores, los sueldos de los sirvientes y de las sometidoras, la discreción de los enterradores y de los traficantes de fetos, las comisiones de los proxenetas, los viáticos de los capturadores de talentos y el vestuario de los platos fuertes. Todos contentos, menos los vecinos.

Antes era la paz y la quietud. En la mansión blanca vivían una vieja victoriana y su hija viste santos. Su placidez fue buena señal para todo el barrio, hasta que a las dos mujeres se les ocurrió publicitar su blanca existencia apareciendo hinchadas como flotadores en la piscina de atrás. Fue así como Villaveces llegó para ungir a la comunidad entera con el óleo de su desfachatez. Y el dinero comenzó a tintinear en fuentes cada vez más elaboradas y luminosas.

En los últimos tiempos, el negocio se ha vuelto flojo. La moda ha impuesto los safaris arriesgados, la adrenalina generada en aventuras extremas. Villaveces, siempre en la jugada, ha comenzado a diversificar, y ofrece el tour completo por los cordones de miseria alrededor de la ciudad. Ahora el cliente desea buscar su presa, cazarla él mismo, satisfacerse in situ, arriesgar el pellejo en el proceso de capturar y gozar los especimenes que antes eran servidos a su mesa. Sin embargo, aún hay quienes prefieren la comodidad de la mansión, ya sea por evitar el riesgo, o porque en las calles no van a encontrar sus preferencias. Por ello, todavía se puede escuchar el ruidaje de vez en cuando.

La historia de Villaveces es el clásico ejemplo del empresario que en medio de la nada sopló y formó una montaña de billetes. No lo ayudó mucho su pasado de bribón callejero y su afición por el polvo blanco. Lo que sí lo ayudó, fue su desprecio patológico por todo contacto con fluidos corporales humanos. La completa aversión contra lo que sus clientes buscaban con desenfreno, le permitió mantenerse al frente de toda la operación, sin que se le escapara detalle, y sin que el furor al que servía con tanto empeño pudiera absorberlo. Cabe entonces imaginar que la sorpresa se escuchó resonar en do mayor, cuando Villaveces se dio a la fuga del brazo de una amante clandestina, una antigua drag queen recién operada que, según se decía, tenía en lo coprológico una fijación extrema.

Villaveces nunca volvió a aparecer. En esta noche sin luna, se alcanzan a escuchar los gritos bajo el chorro candente de una zamba brasilera que retumba por todo el barrio. Todos esperábamos que con la desaparición de Villaveces, se daría fin a la tortura. Llamaríamos al barrio El Remanso. Pintaríamos las casas todas de blanco. Pero cuando los peces se quedan flotando, desde arriba no vemos que debajo hay otros que los están picando.

La Mosca - Minificciones

LA MOSCA
Néstor Pedraza

La mosca, al ver a su hermana desaparecer en las fauces de un gran sapo verde, quizo que la vida fuera como las películas de Hollywood, para conformar un comando de moscas-ninja asesinas que persiguiera al sapo y le hiciera la vida imposible hasta darle una muerte terrible y dolorosa, pero sobre todo, humillante. La cuestión es que la mosca estaba fuera de proporción, lejana a toda actividad justiciera, y ni siquiera podía pensar en ponerle una trampa al sapo para que una víbora lo devorara. Se limitó, entonces, a consolarse con la idea de que todos los sapos mueren aplastados, y se sentó en una hoja a mirar las nubes, a serenarse un poco antes de continuar su travesía. Tras de sí, una araña cazadora se acomodó para saltarle encima. Frente a sí, un camaleón camuflado calculaba la distancia y la velocidad del viento, mientras preparaba su lengua pegajosa.

Colectivo - Minificciones

COLECTIVO
Néstor Pedraza

El microbús no avanzaba y nada podía hacer. Las lagunas del cielo se habían desfondado y ahora inundaban la ciudad. Las vías eran una sucesión de nudos que paralizaban el tráfico. Así que sólo podía comerse las uñas y apretar las piernas mientras recordaba a su hermana en la cuna, y luego en el corral tirando fuera los juguetes que él le echaba dentro. Más adelante, él le contaba cuentos improvisados o le hacía dibujos, y ella no sonreía. Recordó cuando la descubrió vistiéndose a la carrera con un tipejo de tantos que pasaron por su vida sin aportar mayor cosa. Como en una película, pasaron las imágenes frente a sus ojos, excepto las de aquella vez que ella se embutió un frasco de pepas para la depresión y tuvieron que hacerle un lavado. Por eso, mientras se mordía los dedos dentro del microbús, con la urgencia de llegar al hospital martillándole el pecho, no quería creer lo egoísta que resultaba su hermana al cortarse las venas, como si al hacerlo no estuviera cortando también las venas de él.

Amigo - Minificciones

AMIGO
Néstor Pedraza

Anoche, cuando tu esposa acabó de chupármela y me le vine en la cara, me di cuenta lo estúpido que fui al no tener una cámara a mano, para grabar ese glorioso momento. Te habría enviado copia de la cinta (el original, por supuesto, lo habría guardado para mis noches solitarias en el Sinaí), junto con los resultados de los exámenes de ADN que ustedes dos se hicieron para lo de la donación de médula para Andreita. Como verás al tener estos papeles en tus manos, se ha determinado que tu mujer es también tu hermana.

viernes, 9 de junio de 2006

No era ella - Crónica

NO ERA ELLA
Néstor Pedraza

Ha sido un viaje en el tiempo, un desplazarse repentino hacia épocas dejadas atrás hace mucho, y que ahora me abrasan, yo cubierto de especias nativas y pizca de sal.

Los autos estacionados a lado y lado de las calles, convierten la recolección de basuras en una hazaña de Quijotes. Los separadores convertidos en estacionamientos, las calzadas hechas coladeras. La diferencia entre esta Cali ardiente y mi páramo bogotano, está en la semidesnudez omnipresente y voluptuosa de las mujeres de todos los estilos, de todas las edades, de todas las estéticas. En la agresividad de sus piernas de rana superdesarrollada, y en su mirada de rayos X capaz de contarle a uno los billetes antes de ver siquiera la billetera. La diferencia está, también, en este calor tan hijueputa, sol que aplasta con el mazo enorme de Thor crucificado y encarnado sobre los huesos de Ahrimán.

Una mañana, hará dos semanas ya, el cielo encapotado y gris me dio un nostálgico recuerdo de la Bogotá de antaño, esa que ya no se ve, de lloviznas incansables y ríos de paraguas negros. Subí al taxi pensando en lo difícil que resulta disfrazarse cada día con el traje de ente productivo de la sociedad. Mas mis pensamientos, que igual nunca conducen a la esperada y grata cita con el rifle, fueron cortados por la voz morbosa y punzante del locutor de la radio. "No era Ella", decía con neón colorido, y casi me hace dar risa el tono de su avivamiento.

El viaje hasta la oficina, aunque corto, fue suficiente para escuchar la historia, tan tropical como la forma en que fue narrada. No podría, pues, reproducir las palabras exactas de tan ilustres comunicadores, así que me limitaré a una pobre reproducción personal (por supuesto, las fechas y los nombres han sido cambiados, por seguridad de...., bueno, por pura, física y perra falta de memoria):

"Serían las seis de la mañana cuando Erminsul, joven de 22 años de edad, trabajador incansable y dedicado, salió de su casa el pasado 4 de Agosto. Todo indicaba que sería un lunes cualquiera, en el trasegar infatigable de este mensajero, eficiente y honrado. Nadie podía imaginar que en su interior se arremolinaba una bocanada volcánica de emociones y sinsabores. Su amada, Araminta, bella y dedicada mujer de 28 años, venía reclamándole la falta de dinero, la falta de espacio, la falta, en últimas, de emoción, de variedad sexual, de conmiseración con el prójimo hambriento. Y él, prisionero de un amor llameante como el infierno mismo, se bañaba en los ácidos de la angustia y naufragaba, hundiéndose en el fango apestoso de la desesperación. Su inseguridad de gusano en baile de gallinas estalló también, acrecentándosele en reveladoras noches de insomnio sudoroso, y en pesadillas de bacanales sabáticas, donde su adorada compañera de cama era el centro de inacabables ritos de fertilidad, única sacrificada a los dioses en medio de hordas de negros enormes."

El conductor me observaba por el espejo retrovisor, buscando la risa cómplice. Yo veía por la ventanilla el rápido paso de las malezas.

"Araminta era una mujer espectacular. Su físico atraía a los hombres como el fuego de los candelabros a las polillas, y Erminsul lo sabía. Sufría lo indecible, imaginándola en brazos del tendero, montada a horcajadas sobre el vecino, tendida exhausta sobre los cuerpos exprimidos de sus tres primos. Cansado, insomne, delirante, llegó el lunes en la tarde a casa, y encontró a su concubina preparando las maletas. Ella no soportaba más las desatenciones, la falta de joyas y de viajes a Maicao, la ausencia de buen vodka en la nevera y los mismos chiros de hacía tres meses. No había abandonado el lenocinio para pasar tragos amargos de güisqui barato, y ya tenía un futuro asegurado en tierras asiáticas. Erminsul se hinchó en vapores que destrozaron sus ropas, y se lanzó sobre el cuerpo apetecible y jugoso de Araminta, destrozándolo sin un tris de consideración con el resto del género masculino. Luego, con los ojos inyectados en ácidos alucinógenos, encendió un fuego que se vio igual desde Pance, Juanchito, Palmira y el nuevo Batallón de Alta Montaña. Mientras lo poco que le había ofrecido a la mujer de sus desafueros se purificaba, colgó del cuello su cuerpo, atándolo a una viga con el cinturón."

El taxi volteó, y alcancé a pensar que no sería justo perderme el final de tan florida narración. Por fortuna, el desenlace llegó mientras hurgaba en mis bolsillos en fiera cacería:

"Qué terrible historia la que nos recibe este comienzo de semana. Un peso enorme debía llevar Erminsul sobre sus espaldas, para decidir convertirlo en humo y así aligerarlo. Pero aquí no para la historia. La rápida acción de los vecinos, sofocó con prontitud las llamas y permitió a las autoridades recuperar los cadáveres, casi intactos entre las cenizas. Los agentes del orden quizás se ensañaron un poco con el cuerpo de Erminsul, inflamados de odio al ver las cualidades irrecuperables de su víctima. Y no fue hasta llegar a la Fiscalía, que se descubrió lo que veníamos anunciando desde un comienzo: No era Ella, era Él. Araminta, fogosa mujer cuyas caderas perturbaban hasta al mismo San Emerdógenes, de senos como viñedos donde Baco fabricaba todos sus elíxires, y sexo tan caliente que Belcebú tenía allí su finca de recreo, era hombre. Identificada como Diógenes Patroclo, la mujer que arrebató a Erminsul la cordura y el sueño, había nacido con antena. La pregunta que nos aqueja ahora es clara. ¿Conocía Erminsul el terrible secreto de su amante?"

Bajé del taxi cuando comenzaba lo bueno, comentarios llenos de fineza autóctona, frases barrocas llenas de imágenes evocadoras de la época de la Ilustración, y mareajes de vocablos acuñados al calor de siglos de evolución del lenguaje. Y por un instante, creí que había soñado que había vivido en otro tiempo, en un futuro de matrimonios gay y Madonnas en juegos linguales con Britneys y Cristinas. Un tiempo donde, quizás, el sexo de Araminta habría sido apenas un dato más en su registro de defunción, y la verdadera cuestión habría estado en cómo es que en un crimen pasional, de asesinato y suicidio, vienen las llamas a tratar de borrar las evidencias. ¿Necesitaremos a Poirot, o a Holmes?

lunes, 5 de junio de 2006

El café no sabe igual - Relatos Eróticos

EL CAFÉ NO SABE IGUAL
Néstor Pedraza

—Ahora sí, cuéntame —me soltó poniendo dos cafés sobre la mesa y sentándose a mi lado. —¿Están embarazadas?

Después de dos meses explorando las frías y áridas tundras de la masculinidad potencialmente donante, todas nuestras amigas estaban pendientes del resultado. No se hablaba de otra cosa.

—No sabemos, Chana apenas se hará la prueba mañana. —Jenny se mordió el labio, quería detalles. —La cosa fue simple: el único que se prestó para hacerlo con un frasco y llevar su esperma a la clínica, dio casi nulo en el conteo de bichitos. Nunca imaginamos que conseguir unos mililitros de leche con renacuajos sería tan complicado.

Jenny no se conformaba. Quería que le pintara el plano quirúrgico de la noche en que Chana y yo nos decidimos a llegar hasta el fondo último de nuestros esfuerzos por lograr lo que buscábamos. A Ubaldo lo sacamos de una galería de arte donde hacía su segunda exposición, primer punto a favor. Alto, blanco, ojos claros. Deportista, saludable, que ni pintado. Y con dos hijos no reconocidos, ideal.

—Está bien —, dije por fin, irritada. —El amiguito erecto resultó tan grande y potente como cualquier profesional de cine porno. Se suponía que se lo haría a Chana mientras ella me lo hacía a mí, sería cosa de quince minutos.

Pensábamos que había sido fácil convencerlo de pasarla rico con dos bellas mujeres, sin condón, con el cuento de que queríamos saber cómo era ese asunto. Él pudo revisar nuestros exámenes médicos y certificar con amigos la estabilidad de nuestra relación monogámica, pero rehusó ese derecho. Fuimos ingenuas, él se cobró el favor dándole a Chana como a rata durante más de dos horas. Incluso, en un momento en que yo la abrazaba y la besaba para hacerle más soportable la tortura, el maldito se atrevió a clavarme como a toro de lidia.

Para mí, no hay nada más hermoso que sentir los pechos de Chana contra los míos, sus pezones duros electrizan mi piel, me hacen sentir que perforan mi pecho hasta el corazón, hasta conectarnos ambas en un mismo latir espiritual, me llenan… Entonces, estoy con Chana encima, apretada a ella, abrigada con su piel de niña aristócrata, y este malparido me atraviesa a lo cerdo. Sentí que tenía una varilla caliente que me perforaba hasta la garganta, una estocada profunda en mi vientre que me hizo soltar un chillido. Sentí la estocada dos veces más, a fondo, como abriendo mis vísceras para extraerlas con un gancho, antes de librarme del abrazo constrictor de Chana y sacármelo de un salto. Lo grité, lo putié, pero Chana me besó con ternura. “Acabemos con esto, que sea un solo tirón”.

Para calmarme, Chana me acomodó en el sillón, y arrodillada con Ubaldo aferrado a sus caderas, le dio a mi clítoris una de las mejores terapias linguales que recuerdo. Por supuesto, esos detalles me los reservé, Jenny no tenía por qué llegar a la visualización nítida de nuestros cuerpos mancillados por ese infame lleno de tatuajes, ni evocar el olor de nuestros sudores y nuestras salivas entremezclados.

—Se pasó de bestia —le dije, —se comportó a la altura de cualquier puto hombre. Sólo esperamos que haya servido para lo único que podía sernos útil.

Jenny adivina cosas en mis pupilas, quiere surfear por mis recuerdos. Imagina incertidumbres, rencores. Apuro mi café en silencio, intento borrar las imágenes de mi cabeza; ojalá pudiera restregar esa parte de mi cerebro con cepillo y jabón, y dejar atrás esa expresión en el rostro de Chana.

Yo mordía mis dedos y labios, mientras ella mordisqueaba entre mis piernas y entraba en mi con su lengua portentosa, aferrados sus dedos a mis muslos. De repente abandonó su labor, y yo seguí con mis dedos, ya a punto de explotar. Entonces la sentí, apretando mis muslos hasta casi hacerlos sangrar con sus uñas, y golpeando mi ingle con su frente en un furioso frenesí rítmico. Abrí los ojos y la vi, con los párpados muy apretados, destrozándose el labio inferior con los dientes, conteniendo la respiración sin emitir sonido. Luego comenzaron los gemidos, guturales, fuertes, al mismo ritmo de un palmoteo que venía de detrás suyo. Al fin reaccioné: me levanté de un salto, estrellando sin querer a Chana contra el sillón, y me lancé contra Ubaldo. El maldito que penetraba en el más oscuro rincón del cuerpo de Chana, dándole ocasionales nalgadas que le tenían enrojecida la piel, se echó para atrás y agarrándome del pelo, facilitado por la energía de mi propio salto, me empujó hacia abajo y me lanzó su chorro contra el rostro.

Me limpié con asco, lo miré con odio, lo golpeé. “Tranquila”, me dijo el hijo de perra con una sonrisa. “Lo que querían, ya está hecho", y comenzó a vestirse como si nada. "Me he venido tres veces, en el coño y en el culo de tu amiguita. Y esta te la ganaste tu todita. Sólo me estaba divirtiendo un poco después de completar mi trabajo.”

—Gracias —le digo a Jenny, levantándome. —Tengo una reunión del consejo de edición. Luego te cuento cómo salió la prueba de Chana.

Salgo, camino hasta la esquina y allí quedo paralizada unos minutos. Recuerdo la expresión en el rostro de Chana. Tres años juntas y nunca le había conocido una expresión similar. Mis ojos se bañan en lágrimas mientras pienso que ya no se si quiero que esté embarazada. Recuerdo la profundidad de sus gemidos, pero sobre todo, su silencio frente al ataque del que estaba siendo víctima. Quizás sea sencillo ver el rostro del bebé y no relacionarlo con la verga de Ubaldo escupiéndome en la cara. Lo que no será sencillo, será volver a ver a Chana a los ojos con la misma mirada libre de dudas que ella me conoce tan bien.

martes, 30 de mayo de 2006

Una Chispa en Medio del Incendio - Relatos Cyberpunk

UNA CHISPA EN MEDIO DEL INCENDIO
Néstor Pedraza

Se sentó en la butaca de madera con una cerveza y un cigarrillo. Era una de las últimas tiendas de rockola y orinal donde podía beberse cerveza. Sentado junto a la ventana de pequeños vidrios rectangulares, apuró una aspirada y un sorbo y miró hacia arriba: la espesa capa de smog ocre brillaba al reflejar el resplandor del alumbrado público. La ciudad parecía cubierta por un domo de cobre oxidado, un enorme domo que mantendría aislada la podredumbre interna. Internos todos, prisioneros de su civilidad, de su progreso.

Afuera la gente se apiñaba en los deslizadores magnéticos públicos, era la hora de salida de los oficinistas. Adentro, sonaba un tema de los Visconti, mientras dos ancianos apostaban sus monedas en una partida de baraja española.

Por fin llegó, el techo de la tienda era bajo y debió agachar la cabeza. Se sentó a su mesa tras un breve saludo. La dependiente les llevó dos botellas ámbar. El otro había puesto sobre la mesa una carpeta como si nada, como si ese cartón lleno de papeles no fuera el centro de su existencia en ese instante.

El otro abrió por fin la carpeta, ceremonial. Un grupo de antimotines con la armadura negra típica de las Fuerzas Pacificadoras Especiales pasó rápidamente frente a la ventana. Era un grupo grande, la ciudad estaba candente desde lo de Chocontá. Él alcanzó a dibujar una perla de sudor en su sien, el otro permaneció impávido.

—No les gustó. Dijeron que era innecesariamente riesgoso. Pendejos.

Él se limpió la frente, sabía que el otro lo iba a meter en un lío gordo, y que él no iba a negársele. Por un momento le hizo gracia verlo ahí, robusto, enorme, en esa butaca pequeñita.

—Usted y yo vamos a llevar a cabo la operación. Me importa un culo que no la hayan aprobado, que no hayan asignado los recursos necesarios. Usted y yo nos bastamos para esta joda.

¿Cómo contradecirlo? Se le había dicho hasta la saciedad que había que quedarse quieto hasta que hubiera calma. La gente estaba muy alborotada por la incursión del ejército en Chocontá. Los medios de comunicación habían hecho todo a su alcance por suavizar la situación, desvirtuar los hechos, trivializar el desastre. Si no, la ciudad entera estaría en llamas.

El otro lo miró fijo, “esta misma noche, usted está listo, ¿no?” Sí, tenía un modelo tridimensional completo del edificio del Comando Unificado de las Fuerzas de Paz grabado en su cerebro, con tiempos, accesos, vías alternas. La operación debía ser limpia: dos granadas electromagnéticas les darían ciento cuarenta y cinco segundos exactos para saltar de sus posiciones en los tubos de ventilación, llevarse a Margarita, la perra mascota y la vida entera del general Máximo Porras, y desaparecer por el tubo de desechos sólidos. La salida del parqueadero subterráneo sería la parte más difícil, esperaban poder aprovechar el servicio de recolección de basuras para cubrir su fuga; si no, la cosa no sería tan limpia.

Margarita despellejada debía amanecer colgada del cuello frente a Palacio, y dar así la señal que desataría el caos y la barbarie de las pandillas armadas y los carteles del tráfico de órganos. Pero claro, al otro se le ocurrió la brillante idea de no sólo llevarse a Margarita, sino dejar en su lugar treinta y cinco kilos de TriDiasfozal líquido, explosivo inestable que reacciona con el aire y que sólo les daría alrededor de veinte segundos para desaparecer por el tubo de desperdicios y dejar tras de sí la destrucción total del piso catorce. Para los líderes de las Llaves Blancas era absurdo arriesgar así a los pocos hombres entrenados y calificados que tenían en sus filas. Y ahora, para colmo, había pasado lo de Chocontá y la gente había salido a las calles a enfrentarse a cuchillo y pistola con los rifles de plasma oficiales.

—Es perfecto —, dijo el otro. —Los tombos están ocupados con el mierdero que ellos mismos armaron, eso nos facilitará las cosas.

La cuenta iba en unos quinientos muertos, contando los setenta niños que cayeron con sus madres en la batida que organizó el general Porras por órdenes directas de Palacio. Chocontá, la “ciudad refugio” donde las familias de los presos políticos eran “protegidas” de “posibles ataques de la población”, se había convertido en campo santo para presionar la rendición de dos de los grupos rebeldes más poderosos del territorio. Por supuesto, esto no afectaba a las Llaves Blancas, que hasta ahora se habían mostrado como un grupúsculo de terroristas sin brújula y sin mayor poder. Lo de Margarita y las consecuentes acciones de sus aliados, serían al fin su consolidación. Y esa demostración de poder les permitiría conseguir la financiación que hacía dos años venían negociando con los Comandos Aguafuerte, que controlaban la venta de arios como esclavos sexuales en Madagascar, y tenían dinero de sobra para sacar a las Llaves Blancas del anonimato.

Él observó hacia la calle, una niña en su uniforme de colegio, con su diminuta falda escocesa, le cortó el aliento. El otro terminó su cerveza de un golpe.

—Vamos por el explosivo, y luego a hacer historia.

Era una perfecta estupidez. No sólo arriesgaban el pellejo (de hecho, él no estaba contando con salir vivo de esa), sino que además, los iban a perseguir los Llaves Blancas hasta el infierno mismo para ajustarles cuentas, y con razón. En medio de la guerra callejera que se había armado por lo de Chocontá, nadie iba a notar lo de Margarita y sus consecuencias, todo parecería ser parte de un mismo evento, y cuando las Pacificadoras pusieran de nuevo la ciudad en cintura, nadie sabría nada de las Llaves Blancas, se habría perdido el enlace con los Aguafuerte, y de paso, los traficantes de órganos le estarían pasando a la organización una cuenta de cobro grande por el fiasco.

Pero al otro le gustaba la acción, lo suyo era volarlo todo, sin pensar. Y él nunca le decía que no.

martes, 23 de mayo de 2006

Elena y las Delicias - Relatos de Vampiros

ELENA Y LAS DELICIAS
Néstor Pedraza

Elena no piensa en el fin. Esa palabrita está asociada con otra clase de gente, gleba, que encuentra el fin a cada paso. Fin de la comida, fin del trabajo, fin de la salud, y el fin por fin. Con ella no tiene nada que ver. Y menos ahora, que se mira en el espejo de su baño en Palacio. Elena incólume, incuestionable. Comienza a desvestirse con parsimonia, indivisible. Su cuerpo se va reflejando íntegro, inalcanzable, incorruptible, impenetrable.

—Puta —, le dice al reflejo amañado que le muestra el espejo. —Qué gorda estás.

Y no, no es que Elena haya sido alguna vez una sílfide, ni que jamás haya anhelado la forma y los recorridos de las modelos de pasarela. Es que hay límites, y su cintura los había rebasado todos. Aún así, Elena no pensó en el fin. Todo se reducía, según sus cálculos exactos, a una curvatura exagerada en el universo, un pliegue en las energías cósmicas, una desproporción en las balanzas espirituales celestes. Había frutas podridas en la canasta, su canasta, que le enturbiaban el aura y amenazaban con infestar sus poros de sucio moho.

Unas cuantas frutas podridas, no más. Eso nada tiene que ver con el fin. Era cuestión de hacer una limpieza, tirar las malas frutas, un procedimiento sencillo. Sin embargo, Elena, aunque indestronable, no tenía los brazos lo suficientemente largos para poner a funcionar las maquinarias necesarias. Necesitaba una extensión de su ser, y para eso estaba casada con el Mago de las Transmutaciones. Elena, la intocable.

Su esposo, en efecto, había hecho su primer gran acto de transmutación cuando era muy joven. El objeto que transmutó, fue su propio destino. ¡Ah! ¿Cuántos ilusionistas famosos se atreverían a asumir semejante reto? No nos digamos mentiras, se necesitan güevas; aunque quizás, también, hay que tenerlas demasiado grandes. El secreto estará, de seguro, en lograr el equilibrio entre ambas cosas.

Elena frente al espejo se ve reluciente en su canastilla personal de oro, acompañada por jugosos melones de agua y exquisitas peras maduras. Y ahí están, las manzanas pútridas jodiendo el regocijo de los demás. Así que se pone la pijama y espera a su marido en la cama, para morderle suavemente la oreja, al estilo de los años cincuenta, cuando lo conoció. El mordisco va acompañado de un susurro: “Tocará quebrar a unos cuantos de esos hijueputicas, pa’ que dejen la joda.”

Y es que, aunque Elena nunca hablaba de la postadolescencia de su marido, no olvidaba que él había pasado hábilmente de ser un raponero de poca monta y un perfecto güevón, a ser la mascota favorita de los gobiernos que deberían ser, si las cosas tuvieran un norte y un oeste, los más acérrimos enemigos de su régimen.

—Papi, hay que sacar las frutas podridas —, insiste Elena por segunda noche, inquebrantable, segura de que su Nicolai todo lo puede.

No importaba que su marido hubiera sido un ladrón de tan poca monta, que se hubiera robado un pinche maletín relleno no de billetes, sino de coloridos papeles del Partido Comunista. No importaba tampoco que hubiera sido un güevón de tal magnitud, que se hubiera dejado atrapar con esa belleza de paquete en sus manos. Lo que importaba era que al salir de la cárcel, ya se había hecho miembro oficial del Partido, y de ahí a la dictadura totalitaria apenas hubo un paso. Veinte, treinta años, en fin, un paso.

A Elena, por supuesto, no podían endilgársele los cien cadáveres que nunca aparecieron, que nunca estuvieron vivos, que no fueron parte de ninguna estadística. Elena, inmaculada, sólo había tenido un par de inocentes charlas maritales con su Nicolai. Los cien cadáveres del segundo año, de los que no se habló ni hubo registro alguno, tampoco se le podían achacar a los kilos de más que exhibía Elena en su bikini verde limón a orillas del Mediterráneo, inolvidable. Elena sólo se miraba al espejo y suspiraba en el oído correcto:

—No hay equilibrio en el mundo, hay que balancear las cosas.

Y los cadáveres no aparecían, no habían muertos en los libros oficiales, sólo habían fiestas en Palacio, conmemoraciones de los triunfos de Vladimir III de Valaquia, y dulces gemidos nocturnos de Elena frente al espejo, haciéndose apliques bioenergéticos, aromáticos, purpúreos, mientras alcanzaba pequeños simulacros de orgasmos. “Ya casi lo logras, papi, la balanza se va equilibrando, eres el Paladín de la Equidad”. Así que no había riesgo de que Elena pensara en el fin.

El lector sabe, por supuesto, que la dicha dura poco, y que la malquerencia en el mundo crece al mismo ritmo desaforado de la población humana. En efecto, las frutas podridas se reproducían cada vez más rápido, la infección se esparcía con el mismo tono alegre con que se quema la pólvora, obligando a Elena a tomar decisiones radicales. No podía perderse el trabajo noble de tantos años. Se requería una acción definitiva.

Elena, inamovible, se desvistió de nuevo frente al espejo, e hizo una leve mueca. “Maldita ballena”, le dijo al reflejo que le inventaba el espejo, indolente. Pero no pensó en el fin.

—Papi, esos perros nos están cagando la cara. Que no quieren que nuestra familia maneje todos los ministerios e instituciones. Que les parece horrible que la policía mantenga el orden y se tome en serio la paz del país. Que les escandalizan las fiestas de Palacio. Todo les aburre. Si se deprimen tanto, ¿por qué no se suicidan? Habrá que suicidarlos.

Elena no piensa en el fin. Aún ahora, detenida por las fuerzas militares que derrocaron a su Nicolai, se mira al espejo, imprescindible. Aunque quizás en el fondo, admite que se les fue la mano. Es que claro, los países de occidente se hacían los de la vista gorda con los cien muñecos anuales que no salían a relucir, que no flotaban escandalosamente en los ríos ni en las cloacas. La situación era manejable, y el régimen colaboraba, colaboraba mucho. Todo iba bien. Pero cinco mil en un día… Se habían pasado.

Quizás en el último instante pensó por fin en el fin. O quizás un poco antes, cuando le anunciaron que le iban a atravesar el cráneo con una pepa de plomo. O quizás no. Quizás aún frente al pelotón de fusilamiento, miró a Nicolai a su lado, y esperó que ejecutara una de sus transmutaciones. Y sí, los dos se transmutaron. Elena insalvable y Nicolai insostenible, se convirtieron en cadáveres que sí aparecieron, que sí fueron registrados, y cuyas fotos vio el mundo entero.