domingo 31 de diciembre de 2006

El Llamado a Los Rechazados

LAS FILIGRANAS DE PERDER
(MOVIMIENTO LITERARIO INDEPENDIENTE)

inició actividades en 2006 con el diseño y desarrollo de un taller literario, desarrollado de forma itinerante durante 9 sábados consecutivos. Este taller, que no tuvo costo para sus participantes, y que fue llevado a cabo por Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza sin contar con apoyo ni financiación algunos y sin tener un céntimo encima, resultó ser un éxito contra todo pronóstico, y gracias a ello, el Movimiento tomó fuerza y se continuó con el desarrollo de actividades y proyectos (para obtener información sobre nuevos proyectos y actividades, visite el blog de Las Filigranas de Perder).

Este taller fue denominado EN LA INMUNDA pues nació de la idea de convocar a todos los escritores rechazados de Bogotá, a todos aquellos que no escriben o escriben sólo para sí mismos, pues temen la crítica y el rechazo, o están cansados de fracasar en las editoriales y en los concursos.

Con la idea no de adoctrinar ni de conformar una "fábrica de escritores", sino de abrir un espacio de encuentro entre amantes de las letras, con el fin de animarnos unos a otros a continuar escribiendo, logramos consolidar el trabajo de todos los participantes en el taller en textos de buena calidad que se encuentran en su totalidad publicados en este Blog.

A partir de este taller, Las Filigranas de Perder ha venido trabajando con el objeto de recuperar la voz de los escritores que han silenciado su pluma, de rescatar el arte de escribir por amor a las letras y no por la mera búsqueda de reconocimiento y dinero, y de conformar una escuela de creación colectiva en literatura.

En este blog encontrarán cuentos de vampiros, eróticos, cyberpunk, crónicas y minificciones. Esperamos que disfruten su lectura.

Invitamos también a leer en nuestro Blog principal sobre el escritor y el rechazo.

jueves 13 de julio de 2006

Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda" : Así fue nuestra programación

El taller "En la Inmunda" ha terminado. Como recuerdo de las actividades que llevamos a cabo, dejamos el registro actualizado de lo que fue la programación del taller.


TALLER DE ENSAYO Y CUENTO "EN LA INMUNDA"
PROGRAMACIÓN 2006

Sábado 13 de mayo: Literatura Vampírica.
"Precedentes Literarios y Orígenes Históricos de Drácula", un viaje por la historia de Rumania, la vida de Bram Stocker, y los textos clásicos más importantes de la literatura relacionada con los vampiros, por Néstor Pedraza.
Lectura de "Nosferatu", de Griselda Gambaro.
Lugar: Biblioteca Virgilio Barco, Av. Carrera 48 #61–50.

Sábado 20 de mayo: Movimiento Cyberpunk.
"Las Posibilidades Extáticas del Futuro Estático", un recorrido por los orígenes y los postulados del movimiento literario contracultural de la década de 1980, por Carlos Ayala.
Lectura y análisis de “El Mercado de Invierno”, de William Gibson.
Lectura de los cuentos de los talleristas que respondieron al reto "Villa Diodati".
Lugar: Biblioteca Virgilio Barco, Av. Carrera 48 #61–50.

Sábado 27 de mayo: Porno y representaciones grotescas.
"La Ruina de la Literatura Erótica vs. El Cine Porno", un breve recorrido histórico en busca del significado y la trascendencia del arte erótico, por Alex Acevedo.
Lectura de “Vida y Muerte de Cuatro Camarones”, ensayo de Alex Acevedo sobre la vida de cuatro figuras emblemáticas del cine porno norteamericano.
Lectura de “El Ojo del Gato” de Georges Bataille.
Proyección de la película “9 Songs” del director Michael Winterbottom, con comentarios del crítico de cine Augusto Bernal.
Lectura de cuentos cyberpunk enviados por los talleristas.
Lugar: Escuela de Cine Black María, Carrera 18 #82-23.

Sábado 3 de junio: Literatura Crónica.
Charla sobre periodismo narrativo a cargo de nuestro invitado especial Alberto Salcedo Ramos, ganador del Premio de Periodismo Rey de España (1998) y de tres Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar.
Lectura de "La Palabra de Juan Sierra", crónica de Alberto Salcedo Ramos.
Lectura de “La Ventana Indiscreta”, crónica de Néstor Pedraza.
Lectura de relatos eróticos de los talleristas.
Lugar: Ciudad Invisible Libro-Café, Carrera 4A #26-12, Barrio Macarena.

Sábado 10 de junio: Drogas y estados alterados de la mente.
Lectura de “Eurotrash”, relato de Irvine Welsh.
Charla colectiva a partir de la investigación de los talleristas sobre drogas y literatura, coordinada por Carlos Ayala.
Lectura de las crónicas periodísticas enviadas por los talleristas.
Lugar: Biblioteca Luís Ángel Arango, Calle 11 #4-14.

Sábado 17 de junio: Minificciones.
Charla sobre minificciones por Alex Acevedo.
Lectura de “Homenaje a Otto Weininger” de Juan José Arreola,
“Teoría de Dulcinea” de Juan José Arreola,
“Vaca” de Augusto Monterroso,
“Amor” de Hector Oesterheld,
“Hegel y los Buhos” de Alberto Barrera,
“El Dios de las Moscas”, de Marco Denevi.
Cada tallerista presenta su respectiva mini.
Lugar: Biblioteca Luís Ángel Arango, Calle 11 #4-14.

Sábado 24 de junio: El Juego y la Literatura.
"Relaciones entre la literatura y los videojuegos", charla del invitado especial César Sánchez, adicto a los videojuegos.
"El juego como arte y la literatura como juego", por Néstor Pedraza.
Lectura de “Final del Juego”, de Julio Cortázar.
Lectura de un cuento de los talleristas.
Lugar: Scroll, Carrera 33 #96-51, Barrio La Castellana

Sábado 1 de julio: Fuera del lugar.
Ensayo sobre la vida y obra de Raúl Gómez Jattin, por Carlos Ayala.
Lectura de “Exactamente no fue Bernadette", de Charles Bukowski.
Lecturas de textos de Jattin y de cuentos de los talleristas sobre la locura.
Lugar: Biblioteca Luís Ángel Arango, Calle 11 #4-14.

Sábado 8 de julio: Creación Colectiva.
Ensayo colectivo sobre creación colectiva a cargo de los orientadores Alex Acevedo, Carlos Ayala y Néstor Pedraza.
Lectura de cuentos colectivos de los talleristas.
"Producción del Vino", charla de nuestra invitada especial Lilian Alvarado, experta en el tema.
Gran Clausura del Taller, lubricada con vino de coca, cortesía de Casa de Los Vinos, Carrera 105 #20B-24, Fontibón.
Lugar: Monserrate, cancha de minitejo a unos dos minutos subiendo por el camino de los peregrinos.

Gran Clausura del Taller "En la Inmunda"

Este sábado 8 de julio vivimos una extraordinaria experiencia en la clausura de nuestro taller de ensayo y cuento. En el marco del cerro de Monserrate, en una cancha de minitejo, con deliciosa chicha, cerveza, y vino de coca, compartimos la experiencia de creación colectiva de los orientadores del taller, y las experiencias durante el taller de los asistentes a la clausura.

Queremos agradecer a todos los talleristas que dedicaron su tiempo y esfuerzo a desarrollar con nosotros este taller. También queremos agradecer a todas las personas que no pudieron asistir al taller, pero que nos enviaron sus textos y sus correos animándonos a continuar adelante. Por supuesto, agradecemos a Casa de los Vinos (Carrera 105 #20B-24, Fontibón, teléfono 486-0669) que hayan patrocinado nuestra clausura con su nuevo e interesante producto, el vino de coca, producido y envasado por ellos en contrato de maquila con los indígenas del Resguardo Indígena de Calderas del Valle del Cauca.

Agradecemos también a todas las personas e instituciones que apoyaron de una u otra forma el desarrollo de nuestro taller:
  • Augusto Bernal Jiménez, Director de la Corporación para las Artes Audiovisuales Black María.
  • Alberto Salcedo Ramos, comunicador barranquillero ganador del Premio de Periodismo Rey de España en 1998, y de tres Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar.
  • Isaías Peña Gutiérrez, Director del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central.
  • Oscar Godoy Barbosa, Coordinador Académico del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central.
  • Maximino Alvarado, Gerente de Casa de los Vinos.
  • Natalia Camargo, de Ciudad Invisible.
  • Alejandro Bernal, de Scroll.
  • Escuela de Cine Black María, Carrera 18 #82-23.
  • Ciudad Invisible Libro-Café, Carrera 4A #26-12, barrio Macarena.
  • Scroll, Carrera 33 #96-51, barrio La Castellana.

Agradecemos también el haber tenido la posibilidad de utilizar los siguientes espacios para nuestro taller:

  • Biblioteca Virgilio Barco, Av Carrera 48 #61–50
  • Biblioteca Luis Angel Arango, Calle 11 #4-14.
  • Cancha de Minitejo, a dos minutos de subida por las escaleras hacia el santuario de Monserrate.

Y a todas las tienditas donde nos metimos después de terminar las sesiones del taller, a continuar nuestras charlas literarias de manera más informal.

Un abrazo a todos.

viernes 7 de julio de 2006

Creación Colectiva en Literatura

Hemos completado ocho sábados de programación ininterrumpida de nuestro taller de ensayo y cuento "En la Inmunda". Este sábado 8 de julio, cumpliremos nuestra novena y última sesión con la charla sobre creación colectiva, en la que compartiremos con Ustedes nuestras experiencias de escritura en grupo. También tendremos una pequeña charla sobre la producción del vino, a cargo de Lilian Alvarado, como parte de la clausura del taller, que contará con el patrocinio de Casa de los Vinos (Carrera 105 #20B-24, Fontibón), que muy amablemente nos ha aportado una muestra de uno de sus productos más interesantes: El vino de coca.

Nos reuniremos en la ruta de los peregrinos a Monserrate, subiendo hacia el santuario por las escaleras a unos dos minutos de camino. Nos encontraremos en la estación del funicular a las 9:00 AM para subir juntos.

jueves 6 de julio de 2006

El Ermitaño - Relatos de locura

EL ERMITAÑO
Jesús Delgado

Místico y radical desde pequeño, al llegar a la juventud fue inscrito por su familia en la Milicia del Estado, pero la indisciplina frustró su carrera. Tampoco el seminario le sirvió de refugio.

Un día despejó un terraplén al borde de un abismo y empezó a construir un muro a su alrededor, sin puertas ni ventanas. Sólo un pequeño orificio, a la altura de sus ojos y con vista hacia el monasterio de las Reverendas Madrisas, al otro lado del precipicio, le permitía recibir los alimentos que le llevaba un peón de la familia. Otro orificio, en el piso, vertía hacia el despeñadero sus evacuaciones y las comidas que a veces rechazaba en penitencia.

Con el tiempo empezó a crecer la fama del santo ermitaño. Sus ojos encandelillaban desde la oscuridad y prohibió cualquier visita, excepto la del peón de la comida, que no debía dirigirle la palabra.

Entonces empezó a percibir al demonio, que con magníficas capas parecía flotar sobre el camino al convento de las Madrisas.

En un verano, inesperadamente, empezaron a morir las cabras del escaso rebaño de las monjas, no sin antes ejecutar toda suerte de contorsiones para finalmente morir con los ojos desorbitados en el charco de sus propios excrementos. A nadie se le ocurrió aislarlas de los niños de la escuela anexa, que fueron turnados para colaborar en la limpieza del corral.

Pero también ellos empezaron a morir. Afiebrados, alucinados y con ojos enrojecidos, veían a Satanás que los llamaba. De nada sirvieron los exorcismos del padre Anselmo, ni las plegarias a la Virgen del Peñón o las desinfecciones tardías del médico aldeano, que no lograba detectar el germen del mal.

Entonces alguien se acordó del santo ermitaño y todos decidieron rogarle que abandonara su retiro voluntario para derrotar con su virtud al Maligno que se llevaba a los niños del poblado. Cuando llegara la comisión médica de la lejana capital, podría ser tarde.

La gente perforó un boquete en el muro del ermitaño que, barbado y harapiento, con dos lanzallamas por ojos, salió tras el Maldito. Armado con la cruz metálica que le arrebató a un feligrés, emprendió camino a la montaña del frente. Mientras tanto, encabezados por el señor cura, los fieles oraban para que su paladín venciera.

Al día siguiente, el ermitaño apareció en el camino cargando una cabra degollada y un fardo con las cabezas de seis monjas Madrisas. "Era un dragón de siete cabezas —dijo—. Su guarida está en llamas". Con la misma mirada fosforescente, regresó al encierro.

Aterrados y en silencio, los campesinos le llevaron materiales para que restaurara el recinto circular —que sería su cárcel— y alimentos para el siguiente tiempo de duelo, en el que nadie se le acercaría.

Pero sorpresivamente, los niños dejaron de morir, así que quince días después, una comitiva de aldeanos subió a la montaña para interrogar al ermitaño. Fue imposible: el recinto, ahora, no tenía orificios.

viernes 30 de junio de 2006

El Miniaturista - Relatos de locura

EL MINIATURISTA
Alex Acevedo

¿Loco yo? ¿Sólo porque me quedo mirando cómo pasan todos los ricos por el ojo de un aguja, con sus televisores de cuarenta pulgadas al hombro, y en lugar de colaborarles, me contento con decirles adiós? ¿Sólo porque me adentro en los cielos al lomo de un camello, cuando puedo poner un punto final en un párrafo trunco y podrido? ¿Sólo porque me echo a morir de melancolía cuando una chica Aguila me niega su olor y se obstina en la prisión de un simple póster termoformado?

Quizás. Como Copérnico. Como Frankenstein. Como las hormigas que me suben por el antebrazo figurándose que soy un difícil Everest, lleno de pelo.

Pero entonces, ¿será cordura el hastío de esos otros días en que me pavoneaba de entender a Hegel, paseando en las noches de luna llena por los tejados del vecindario?

A lo mejor. Aunque sigo sin creer que tenga siete vidas, o que sólo por desvarío prefiera el Catspride a esas langostas que devoran los enajenados con ocho cubiertos y una copa de vino blanco.

Vacas - Relatos de locura

VACAS
Ivonne Rodríguez

Y vi las vacas volar. No, no era una locura, realmente las vi volar.

Tal vez sí era una locura, pero si no era las vacas quienes volaban, ¿quienes eran? Otra vez estoy preso de mis locuras, ¿o tal vez de mi no locura? A razón de buscar en las memorias de mi vida sin encontrar mayores líneas, me he puesto en la tarea de descubrir mi vida.

Tal vez como poeta, tal vez como loco, o tal vez seguiré siendo un ingeniero. Atado a lo que me enseñaron, ¿pero acaso esta locura no es fruto de lo que en casa me enseñaron?

Mi casa, ¡ah lugar aquel, donde aprendí lo que no debo hacer! ¿Dónde quedó lo que sí realmente debo hacer?

¿Y las vacas? ¿Cuáles eran las vacas? No, otra vez no.

Retornemos a mis inicios, que se construyeron como un montón de retazos. De ellos lo único que saqué fue una cobija, como esas de colores, con muchos, muchos remiendos. ¿Y acaso así es mi vida?, un conjunto de recuerdos atados unos a otros de forma casi ilógica, pero con la avenencia de mi madre.

Ay, mi madre, ¿dónde estas? Tal vez rezando para que esta locura de ver las vacas no me atormente más. Tal vez contándole a todo el mundo que no eran vacas, que eran ovejas, por aquello de los sueños. O tal vez disculpándose por ser lo que no debería ser, en una sociedad donde nada puede ser como lo que es, pero simplemente es.

Prefiero las vacas.

viernes 23 de junio de 2006

Entre cuerdos y locos

En nuestra próxima sesión, Carlos Ayala nos hablará sobre la vida y obra de Raúl Gómez Jattin, lo que nos servirá de introducción para hablar sobre la locura en la literatura.

La reunión será a las 9:30 AM en la cafetería del último piso de la biblioteca Luis Angel Arango. Los esperamos.

Literatos a Jugar

En nuestra próxima charla, nuestro invitado César Sánchez, experto en y adicto a los videojuegos, nos hablará sobre la relación entre la literatura y los videojuegos. Y para ambientarnos en el asunto, nos reuniremos en un sitio de juegos, gracias a la amable colaboración de Alejandro Bernal.

La reunión será este sábado 24 de junio en Scroll, la dirección es Carrera 33 #96-51, barrio La Castellana (es una casa esquinera blanca), a las 10:00 A.M. La idea es que los asistentes investiguen sobre el tema y participen activamente, compartiéndonos lo que descubrieron y leyéndonos textos relacionados con el tema, propios y de otros autores también.

Para entrar en materia, es necesario leer el cuento "Final del Juego", de Julio Cortázar, que transcribimos a continuación.

jueves 22 de junio de 2006

Compota Bay - Minificciones

COMPOTA BAY
(Preparación Clásica Para Cinco Porciones)
Alex Acevedo

En medio litro de ácido muriático disuelva con parsimonia de abuelos cuarenta y dos pastillas de Seconal. Revuelva de manera obstinada, repetida, como la hilada de sus días seriales. Ponga a fuego medio. Si la olla no estalla, a los primeros hervores debe Usted añadir la machacadura de un manojo de flores de cicuta y tres esquirlas de Rubinol. Dedíquele un mínimo pensamiento a su familia, estática frente al televisor; su trabajo, rutinario hasta la jubilación; su futuro, negro azabache. Tenga cuidado de que el preparado no se pegue a la olla. Suspire. Antes de servir, espolvoree con arsénico.

Frente al plato, invoque el poder de sanación de la Santísima Trinidad: Ativán, Pentotal y Clozapina. Si todavía no ha encontrado la concentración ideal del gourmet para llevarse la primera cucharada de su Compota Bay a la boca, fije su atención en la tragedia de la caída del dólar, la leche derramada, la lluvia de la madrugada, los paños de agua tibia, el lirón mordiendo una nuez o el escritor que no escribe por estar mirando al techo.

Acompañe con una generosa copa de Baygón matacucarachas helado.

Cuatro Pececitos en su Alberca - Minificciones

CUATRO PECECITOS EN SU ALBERCA
Néstor Pedraza

Hoy día no son frecuentes las orgías en casa de Villaveces, esas reuniones ruidosas de tres y cuatro días de farra sin quiebres ni desteñimientos, en las que todos los gustos son saciados una y otra vez.

Pero hubo una época en que ya nadie se agotaba marcando el número de la policía para protestar por el escándalo de gemidos, aullidos, alaridos, música, cosas rotas y demás. Con periodicidad infalible se pagaban los sobornos y las cuentas de los proveedores, los sueldos de los sirvientes y de las sometidoras, la discreción de los enterradores y de los traficantes de fetos, las comisiones de los proxenetas, los viáticos de los capturadores de talentos y el vestuario de los platos fuertes. Todos contentos, menos los vecinos.

Antes era la paz y la quietud. En la mansión blanca vivían una vieja victoriana y su hija viste santos. Su placidez fue buena señal para todo el barrio, hasta que a las dos mujeres se les ocurrió publicitar su blanca existencia apareciendo hinchadas como flotadores en la piscina de atrás. Fue así como Villaveces llegó para ungir a la comunidad entera con el óleo de su desfachatez. Y el dinero comenzó a tintinear en fuentes cada vez más elaboradas y luminosas.

En los últimos tiempos, el negocio se ha vuelto flojo. La moda ha impuesto los safaris arriesgados, la adrenalina generada en aventuras extremas. Villaveces, siempre en la jugada, ha comenzado a diversificar, y ofrece el tour completo por los cordones de miseria alrededor de la ciudad. Ahora el cliente desea buscar su presa, cazarla él mismo, satisfacerse in situ, arriesgar el pellejo en el proceso de capturar y gozar los especimenes que antes eran servidos a su mesa. Sin embargo, aún hay quienes prefieren la comodidad de la mansión, ya sea por evitar el riesgo, o porque en las calles no van a encontrar sus preferencias. Por ello, todavía se puede escuchar el ruidaje de vez en cuando.

La historia de Villaveces es el clásico ejemplo del empresario que en medio de la nada sopló y formó una montaña de billetes. No lo ayudó mucho su pasado de bribón callejero y su afición por el polvo blanco. Lo que sí lo ayudó, fue su desprecio patológico por todo contacto con fluidos corporales humanos. La completa aversión contra lo que sus clientes buscaban con desenfreno, le permitió mantenerse al frente de toda la operación, sin que se le escapara detalle, y sin que el furor al que servía con tanto empeño pudiera absorberlo. Cabe entonces imaginar que la sorpresa se escuchó resonar en do mayor, cuando Villaveces se dio a la fuga del brazo de una amante clandestina, una antigua drag queen recién operada que, según se decía, tenía en lo coprológico una fijación extrema.

Villaveces nunca volvió a aparecer. En esta noche sin luna, se alcanzan a escuchar los gritos bajo el chorro candente de una zamba brasilera que retumba por todo el barrio. Todos esperábamos que con la desaparición de Villaveces, se daría fin a la tortura. Llamaríamos al barrio El Remanso. Pintaríamos las casas todas de blanco. Pero cuando los peces se quedan flotando, desde arriba no vemos que debajo hay otros que los están picando.

Retiro - Minificciones

RETIRO
Andrés Felipe Escovar

Frente a la hoja en blanco vislumbró un sendero del cual afluían infinitos caminos. Esculpir un poema, urdir un verso, intentar una palabra, trazar un grafema, significaba amputar la poesía. Desde aquel momento optó por el silencio.

San Pámelo Bendito - Minificciones

SAN PÁMELO BENDITO
Jesús Delgado

Nació como un arcángel de madera en la imaginación retorcida del creador, que en su taller medieval le dio rasgos andróginos y una lanza empuñada como un falo. Pecaminosos pliegues de su túnica dejan ver unas piernas que pueden ser de corista o de futbolista. Tiene cabello largo, cuerpo masculino y porte de mujer. Marconio Arrechea, quien lo descubrió en una vieja iglesia, aprovechaba cada visita al templo para mirar las piernas de este perturbador arcángel, tan parecidas a las de Pámela Anderson que decidió llamarlo Pámelo. A él encomendaba sus cuitas y aberraciones.

Cansado Pámelo de tanta miradera y tanta veladora de Marconio, decidió darle una lección. Aprovechando que la humedad ambiente y el calor de las veladoras habían suministrado a sus células de madera un movimiento mínimo de tensión y distensión, aflojó su estructura interna y cayó sobre el devoto.

Pero este severo golpe celestial fue tomado por Marconio como un golpe de suerte, y en la penumbra de la solitaria iglesia lo acarició emocionado. Se escondió con él en un confesionario y pasada la media noche salió en silencio con su pecado al hombro. Enamorado de este regalo desde lo Altísimo, el desviado Marconio taladró entre las angelicales nalgas su conducto al paraíso.

Pero un día, mientras elevaba su devoción por el trasero del hermoso Pámelo, irrumpió su vecino el señor Ortiz y cayó de rodillas al percibir en la cara del ángel una beatífica sonrisa nunca antes vista. Tras él, Marconio también mostraba signos de permanecer en trance.

Multitudes acudieron a ver el milagro del mohín celestial. Nadie sabía que Marconio, tras el altar y oculto por un telón dorado de arabescos y palomas, al humedecer el sagrado canal e introducirle su negro pájaro, causaba cierta distorsión en el semblante de la imagen. Muchos, exagerados, creyeron ver lágrimas de savia cuando a veces la efigie se sacudía presa del amor divino.

Poco a poco, las romerías a la casa de Marconio exigieron ampliaciones para que despechados, alucinados y pervertidos -que lo eligieron su santo patrono- pudieran encomendarse a San Pámelo bendito, como empezaron a llamarlo. Tras la muerte de Marconio el santo dejó de sonreír, pero su culto ha crecido.

La Mosca - Minificciones

LA MOSCA
Néstor Pedraza

La mosca, al ver a su hermana desaparecer en las fauces de un gran sapo verde, quizo que la vida fuera como las películas de Hollywood, para conformar un comando de moscas-ninja asesinas que persiguiera al sapo y le hiciera la vida imposible hasta darle una muerte terrible y dolorosa, pero sobre todo, humillante. La cuestión es que la mosca estaba fuera de proporción, lejana a toda actividad justiciera, y ni siquiera podía pensar en ponerle una trampa al sapo para que una víbora lo devorara. Se limitó, entonces, a consolarse con la idea de que todos los sapos mueren aplastados, y se sentó en una hoja a mirar las nubes, a serenarse un poco antes de continuar su travesía. Tras de sí, una araña cazadora se acomodó para saltarle encima. Frente a sí, un camaleón camuflado calculaba la distancia y la velocidad del viento, mientras preparaba su lengua pegajosa.

Rockola - Minificciones

ROCKOLA
Carlos Alberto Zea

Por ejemplo cuando se escuchaba la voz de Axel y vibraba la guitarra de Slash y la gente se quedaba en las mesas, él y Lucy, desde la barra, se entretenían mirando los gestos de las parejas, intentando deducir lo que hablaban. Pero si alguien ponía música bailable y se llenaba la pista, ellos no eran la excepción y volvían a los pasos aprendidos de memoria, que diez años de unión libre había hecho posibles. Si por el contrario el que cantaba era Darío Gómez, y la gente repetía a voz en cuello el tema, ellos se miraban y reían porque nunca pensaron que después de tanto tiempo juntos una mala letra les fuera a tocar. Hasta que llegaron ellos y empezaron por los vallenatos románticos y siguieron con las baladas americanas, mientras hacían amistad con él y Lucy, y pronto se les vió en la misma mesa, bebiendo, conversando, riendo, sin demorar el cambio y terminar bailando lo que ponían, ya no ellos, sino entre ellos, hasta intercambiar pasos y memorizar nuevas coreografías, y acabar en la complicidad, primero hablando de los demás para reírse de algo y no aburrirse en el bar, y luego contándose la vida, sin pensar que ahora ellos se convertían en blanco de los clientes que tomaban partido por una u otra pareja, intercambiándolas también, sin saber quién vivía con quién. Nadie se dio cuenta de lo que fue sucediendo, y es que sin pensar ni querer fue pasando que se enamoraron otra vez, al tiempo que se desenamoraban y no había cabida para el engaño o la traición, siempre que hubiera compañía. Hasta que un mal día uno de ellos se cansó y quedaron tres y sobró uno; aquel que se quedó solo y que ponía las canciones de despecho que antes no eran suyas, y que luego cuando bailaban los veía, a él y a Lucy, en la pista, desde la mesa, sin tener a nadie con quien hablar, beber, o reír.

Insomnio - Minificciones

Insomnio
Irving Moncada

De su estómago brotaba sangre copiosamente. No podía creer que era eso para lo que me habían entrenado con tanto esmero y dedicación, que era eso por lo que sacrifiqué tener una vida normal. No me sorprendió que intentara apuntarme, ni que su bala me golpeara una pierna; era su última oportunidad de morir por alguna causa. Yo tenía que terminar con aquello y hacerlo de cerca para saber finalmente de qué se trataba El Enemigo. Caí a su lado algo adolorido y pude ver las contorsiones en su cara, causadas, imagino, por el dolor. También pude oír sus gritos sordos que me maldecían indirectamente; yo entendía ese dolor, también era un poco mío. Pronto moriría, clavando esa mirada inexpresiva de los muertos en mi mente. Mi enemigo era él, pero él ya no está, ahora es sólo su mirada indolente que viene a visitarme todas las noches cuando pretendo dormir, como si tuviera una vida normal.

Colectivo - Minificciones

COLECTIVO
Néstor Pedraza

El microbús no avanzaba y nada podía hacer. Las lagunas del cielo se habían desfondado y ahora inundaban la ciudad. Las vías eran una sucesión de nudos que paralizaban el tráfico. Así que sólo podía comerse las uñas y apretar las piernas mientras recordaba a su hermana en la cuna, y luego en el corral tirando fuera los juguetes que él le echaba dentro. Más adelante, él le contaba cuentos improvisados o le hacía dibujos, y ella no sonreía. Recordó cuando la descubrió vistiéndose a la carrera con un tipejo de tantos que pasaron por su vida sin aportar mayor cosa. Como en una película, pasaron las imágenes frente a sus ojos, excepto las de aquella vez que ella se embutió un frasco de pepas para la depresión y tuvieron que hacerle un lavado. Por eso, mientras se mordía los dedos dentro del microbús, con la urgencia de llegar al hospital martillándole el pecho, no quería creer lo egoísta que resultaba su hermana al cortarse las venas, como si al hacerlo no estuviera cortando también las venas de él.

Pangolín de El Cabo - Minificciones

PANGOLIN DE EL CABO
Alex Acevedo

Jenofonte refiere en su “Vidas Tristes de Filósofos” (para otros la misma “Historia Animalium”) los vicios y las virtudes del Pangolín de El Cabo, a quien tuvo oportunidad de estudiar con inusitado rigor en sus varios y accidentados viajes al África Subsahariana. Destaca, el historiador natural, la dieta eminentemente capitalista del Manis Gigantea. Como un desalmado gerente fabril del siglo Diecinueve, el Pangolín, irremediablemente mueco, se nutre de los insectos que más brillan por su dedicación al trabajo, los de organización social más elaborada: hormigas y termitas. Valiéndose de su longa lengua, hasta dieciséis pulgadas de superficie pegajosa, destroza las viviendas de los insectos obreros, y lo demás es la repetición del maremoto de la plusvalía o el tifón del materialismo histórico, microscópicas lágrimas de hormiga, inaudibles lamentos de termita.

Otros taxonomistas, seguidores de Johnny Rotten y la bohemia parisina del idéntico siglo Diecinueve, aducen en cambio el perfil netamente resabiado del Pangolín. “Vive rápido, muere joven”, sostienen, reza la divisa del Pangolín. En efecto, el animal prolonga su existencia sólo hasta el momento en que los seres humanos se pierden, justo cuando empiezan a abrirse los portones de la razón y la libido se dispara en potencia extravagante: veinte años. Refuerzan su concepción en la preferencia del Pangolín por las furibundas caminatas nocturnas en las que suele embarcarse; lunas y constelaciones, noches de errancia infinita como alma en pena de bar en bar, de lupanar en lupanar, cantinas y kioscos de caldo de raíz donde a todo el mundo le amanece más temprano de lo que está bien visto.

Sea como se fuere, en el año de 1756, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, entregó las primeras pruebas que vinculan al Pangolín con los diamantes de El Cabo. Según su testimonio, un Pangolín inquieto succionó una preciosa colección de diamantes para mejorar su digestión, dado que las piedras normales, caliza vulgar de cantería, le causaban excesiva flatulencia y acidez ya francamente anormal. La costumbre se difundió por toda la especie, y el caso, si bien singular, habría pasado desapercibido para la historia natural, de no haber descubierto el mismo Leclerc una pieza de cinco quilates en el excremento de un Pangolín. Lo demás, ya todos lo sabemos, es la trillada eclosión de De Beers Consolidated Mines Limited.

Su carne es muy apreciada.

En Clase - Minificciones

EN CLASE
Irving Moncada

El profesor habla sin parar, yo mientras tanto me lo imagino desnudo en medio de un desierto.

Amigo - Minificciones

AMIGO
Néstor Pedraza

Anoche, cuando tu esposa acabó de chupármela y me le vine en la cara, me di cuenta lo estúpido que fui al no tener una cámara a mano, para grabar ese glorioso momento. Te habría enviado copia de la cinta (el original, por supuesto, lo habría guardado para mis noches solitarias en el Sinaí), junto con los resultados de los exámenes de ADN que ustedes dos se hicieron para lo de la donación de médula para Andreita. Como verás al tener estos papeles en tus manos, se ha determinado que tu mujer es también tu hermana.

lunes 12 de junio de 2006

La Magia de lo Breve

Este próximo sábado 17 de junio, nos reuniremos en la cafetería del último piso de la Biblioteca Luis Angel Arango, a las 9:30 AM, para charlar sobre Minificciones.

Alex Acevedo nos dará una introducción al tema, y luego los talleristas harán sus aportes según lo que investiguen del mismo. Adicionalmente, todos deben leer las minificciones propuestas (que publicamos a continuación) y llevar una minificción escrita de forma individual o colectiva. La extensión máxima del escrito es de 400 palabras.

Por supuesto, quienes deseen pueden llevar, adicionalmente, minificciones de otros autores. Vamos a leer mucho, aprovechando que se trata de textos muy cortos.

viernes 9 de junio de 2006

Drogas y Literatura

El tema de este sábado en las sesiones del Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda" es la influencia de las sustancias psicoactivas en la literatura. La charla será coordinada por Carlos Ayala que nos introducirá a un mundo alucinatorio, y será complementada por los mismos talleristas que han estado investigando sobre el tema.

La cita es este sábado 10 de junio de 2006 a las 09:30 en la Plazoleta de frente a la Biblioteca Luis Angel Arango, en el Café Juan Valdez. La puntualidad es indispensable, porque de ahí muy probablemente nos moveremos a otro sitio.

Leeremos, además, las crónicas presentadas por los talleristas, y coordinaremos las tareas a realizar para la próxima sesión.

Para los que no pudieron conseguir el texto "Eurotrash" que debían leer para este sábado, lo hemos publicado a continuación. También hemos publicado las crónicas que ya nos han llegado.

Los Encantos del Silencio - Crónica

LOS ENCANTOS DEL SILENCIO
Carlos Ayala

Lo cogieron esa tarde con dos rocas de perico y una punta.

Lo cogieron por garoso, la gana le gano a la sensatez, a la experiencia.

Andaba mercando, recorriendo los shops del sector: un gramo del bronx y unos rollitos calientes en la olla de la L, después para donde las putas, abajo de mártires, que arman unos felpos que ni pintados. Sabía la medida de la caída y sin embargo la nostalgia de los sabores y las texturas pudieron más que la calma.

En la nouvelle cousine, las texturas y las formas suelen imponerse a los sabores por una simple razón: jamás recordamos a que sabe un alimento hasta que lo llevamos a la boca, en cambio podremos contar sin mayores rodeos como se deshace crujiente una lonja de fino hojaldre en nuestro paladar. Rábano bañado en vinagreta, un par de cebollones en su almíbar, tres cuartos de centro cadera bien bañados en su jugo acompañado con una copa de vino, el equilibrio en sabores.

Eso era lo que buscaba, la fina combinación de roca y escama, nieves alteradas. Bajaba dos veces por semana, tranquilo, sin el sobresalto del sustero que distrae su andar mirando hacia atrás, calculando la paranoia para no tropezar, viendo a ver quien le va a rapar la liga y su pipa. Bajaba siempre recién bañado, sudando a limpio, limpio para el chiquero. Daba un par de vueltas y calculaba la entrada, la salida y una caleta limpia por si algún ganapán se ponía ácido, violento o pegajoso.

A esta altura, era rutinario, tal vez ese era el motor impulsor que arrastraba su cuerpo, lejos de su conciencia, imaginaba la descarga ascendente que encendía la supraconciencia, y luego se catapultaba al encierro de una residencia de seis mil pesos la amanecida, acompañado de Gibson o Borges, y entre línea y línea, Onan se hacia presente, ayudando a liberar tanta tensión, describiendo los muslos de la robusta india que penetraba hace unos años y que se habían ido borrando en los nudos lodosos de la memoria. El perico ayudaba a redibujar la sombra sinuosa de su pelvis, luego sus pezones y mas allá sus ojos.

Le sacan las rocas de una vitrina, descarado el asunto, y casi se sale de los chiros de la alegría, dos piedrotas, por ocho mil, los ojos brillantes mientras desenfundaba uno de dos mil y la gamina con cara de amor, casi lo saca a vivir:

—Vuelva cuando quiera monito, y pídame lo que quiera.

Le revisaron los bolsillos con saña, lo sacudían entre dos, él cavilaba que tanta dicha se anulaba por la conciencia mercantilista, se había gastado lo de la carne de una semana, para el sábado próximo el salmón seria acompañado por un jugo de lulo, habría que olvidarse de un buen trago de leche de la mujer amada, todo para darle gusto a sus suspiros, ya no se podía tener gustos individuales, que cosa jodida; para rematar se estaba jugando la tiquetera de los 15 corrientasos del mes.

—¡Qué maravilla! —aulló uno de los agentes que descubría las inofensivas bolsas en la caleta de su chaqueta, mientras sonreía ganancioso.

—¿A usted no lo esculcan nunca cierto?

Cómo van a esculcar a alguien que huele a jabón y que camina despacio. Aquí se castiga el afán y la suciedad con el manoseo violento de la ley.

—Oiga, ¿no lo han esculcado nunca?

El silencio no es buen compañero y el llanto menos, sin embargo la tranquilidad acompañada del silencio y calma, aligeran la digestión de cualquier plato fuerte, incluso, una crepe hindú rellena de picantes pimientas caldeadas en dulces almíbares.

—Para arriba compañero.

Esposado al piso de la camioneta, se imaginaba el tráfico de hierbabuena en las costas españolas siglos atrás, cómo se entregaban cargamentos de la fina especie para adobar los platillos más selectos, adornados con la sangre y el sudor de unos cuantos.

Los agentes detuvieron la camioneta para tomarse un tinto. Callado, recobraba el aliento para soportar el humor de su compañero de encierro, devanaba su cabeza pensando en lo frustrante que era estar allí, lejos de sus libros, de sus sabores alcalinos y la sensación de redondez absoluta que lograba al masturbarse. Tenia que salirse de esa, nunca lo habían pescado, de alguna forma la suerte fue compañera incondicional hasta ese día, pero uno no puede abusar de la confianza, así como un chef experimentado no corta dos peces globos en una misma jornada, el paseo comercial del vicio no se debe forzar para darle gusto al gusto.

Las formalidades de la ley siempre son las mismas, el acoso psicológico del bolsillo a ver si uno de los acusados resuelve alguno de los apuros económicos de estos puercos carnetizados, luego la mala palabra, el hijueputazo, la humillación por haber caído. Para finalizar ser acusado de colaborador indirecto de la guerrilla y para el hueco.

Sin el tratamiento feliz de un lomo bañado en vinos y selectos vegetales, así era, simple, con el empujón y el “ya le toca esperar a ver si la fiscal viene hoy para ver su situación”.

Con la cédula en la mano, temblando del frío se limitaba a ver el movimiento incoherente de lo labios justicieros, que buscaban inútilmente descuncharle algún centavo antes de guardarlo, él, sin mediar un solo verbo, salta aún amarrado de la panel, ve sus zapatillas ancladas al suelo, no existía la aspiración de correr los cien libres por la libertad, ahí, en esas le tocaba con serenidad, ya habían llegado al roto de la estación del Ricaurte, unas cuadras mas arriba de la calle trece y la situación era cada vez mas peluda.

—Se me va derechito para el encierro de esas mallas…

—Apure pues mudo, y como no quiso nada, no se le va dar nada, ¿oye?

No alcanzó a coger rabia, llevaba cinco minutos y el silencio dio resultados tan mágicos como el Ron sobre cortes carnudos, gruesos y magros de vacas perezosas. Ya empezaba a intuir el sabor de sus adoradas líneas, se veía contando cuántas saldrían, ocho a veces nueve y si la cuchilla era nueva hasta once. En el rincón del sitio donde lo habían tirado, había un palabrero ávido, no se callaba, hacía las tranzas de la salida, sacaba gente por monedas bajo en consentimiento de los agentes.

Después de los trámites de rigor, la desconfianza, el asare, la mediación y el efectivismo de los monosílabos, acordó la salida por quince mil pesos moneda corriente. El almuerzo en el trébol cancelado, tocó venado de oro, arroz chino con carne de chino bien adobada, si acaso le quedaba para el bus y ni modo de pagar la residencia. Para la casa con hambre de buen gusto, sin nadita que oler, y la punta que tanto quería quedaba ahí. Lástima, se la había coronado en una travesía en Cali.

No era ella - Crónica

NO ERA ELLA
Néstor Pedraza

Ha sido un viaje en el tiempo, un desplazarse repentino hacia épocas dejadas atrás hace mucho, y que ahora me abrasan, yo cubierto de especias nativas y pizca de sal.

Los autos estacionados a lado y lado de las calles, convierten la recolección de basuras en una hazaña de Quijotes. Los separadores convertidos en estacionamientos, las calzadas hechas coladeras. La diferencia entre esta Cali ardiente y mi páramo bogotano, está en la semidesnudez omnipresente y voluptuosa de las mujeres de todos los estilos, de todas las edades, de todas las estéticas. En la agresividad de sus piernas de rana superdesarrollada, y en su mirada de rayos X capaz de contarle a uno los billetes antes de ver siquiera la billetera. La diferencia está, también, en este calor tan hijueputa, sol que aplasta con el mazo enorme de Thor crucificado y encarnado sobre los huesos de Ahrimán.

Una mañana, hará dos semanas ya, el cielo encapotado y gris me dio un nostálgico recuerdo de la Bogotá de antaño, esa que ya no se ve, de lloviznas incansables y ríos de paraguas negros. Subí al taxi pensando en lo difícil que resulta disfrazarse cada día con el traje de ente productivo de la sociedad. Mas mis pensamientos, que igual nunca conducen a la esperada y grata cita con el rifle, fueron cortados por la voz morbosa y punzante del locutor de la radio. "No era Ella", decía con neón colorido, y casi me hace dar risa el tono de su avivamiento.

El viaje hasta la oficina, aunque corto, fue suficiente para escuchar la historia, tan tropical como la forma en que fue narrada. No podría, pues, reproducir las palabras exactas de tan ilustres comunicadores, así que me limitaré a una pobre reproducción personal (por supuesto, las fechas y los nombres han sido cambiados, por seguridad de...., bueno, por pura, física y perra falta de memoria):

"Serían las seis de la mañana cuando Erminsul, joven de 22 años de edad, trabajador incansable y dedicado, salió de su casa el pasado 4 de Agosto. Todo indicaba que sería un lunes cualquiera, en el trasegar infatigable de este mensajero, eficiente y honrado. Nadie podía imaginar que en su interior se arremolinaba una bocanada volcánica de emociones y sinsabores. Su amada, Araminta, bella y dedicada mujer de 28 años, venía reclamándole la falta de dinero, la falta de espacio, la falta, en últimas, de emoción, de variedad sexual, de conmiseración con el prójimo hambriento. Y él, prisionero de un amor llameante como el infierno mismo, se bañaba en los ácidos de la angustia y naufragaba, hundiéndose en el fango apestoso de la desesperación. Su inseguridad de gusano en baile de gallinas estalló también, acrecentándosele en reveladoras noches de insomnio sudoroso, y en pesadillas de bacanales sabáticas, donde su adorada compañera de cama era el centro de inacabables ritos de fertilidad, única sacrificada a los dioses en medio de hordas de negros enormes."

El conductor me observaba por el espejo retrovisor, buscando la risa cómplice. Yo veía por la ventanilla el rápido paso de las malezas.

"Araminta era una mujer espectacular. Su físico atraía a los hombres como el fuego de los candelabros a las polillas, y Erminsul lo sabía. Sufría lo indecible, imaginándola en brazos del tendero, montada a horcajadas sobre el vecino, tendida exhausta sobre los cuerpos exprimidos de sus tres primos. Cansado, insomne, delirante, llegó el lunes en la tarde a casa, y encontró a su concubina preparando las maletas. Ella no soportaba más las desatenciones, la falta de joyas y de viajes a Maicao, la ausencia de buen vodka en la nevera y los mismos chiros de hacía tres meses. No había abandonado el lenocinio para pasar tragos amargos de güisqui barato, y ya tenía un futuro asegurado en tierras asiáticas. Erminsul se hinchó en vapores que destrozaron sus ropas, y se lanzó sobre el cuerpo apetecible y jugoso de Araminta, destrozándolo sin un tris de consideración con el resto del género masculino. Luego, con los ojos inyectados en ácidos alucinógenos, encendió un fuego que se vio igual desde Pance, Juanchito, Palmira y el nuevo Batallón de Alta Montaña. Mientras lo poco que le había ofrecido a la mujer de sus desafueros se purificaba, colgó del cuello su cuerpo, atándolo a una viga con el cinturón."

El taxi volteó, y alcancé a pensar que no sería justo perderme el final de tan florida narración. Por fortuna, el desenlace llegó mientras hurgaba en mis bolsillos en fiera cacería:

"Qué terrible historia la que nos recibe este comienzo de semana. Un peso enorme debía llevar Erminsul sobre sus espaldas, para decidir convertirlo en humo y así aligerarlo. Pero aquí no para la historia. La rápida acción de los vecinos, sofocó con prontitud las llamas y permitió a las autoridades recuperar los cadáveres, casi intactos entre las cenizas. Los agentes del orden quizás se ensañaron un poco con el cuerpo de Erminsul, inflamados de odio al ver las cualidades irrecuperables de su víctima. Y no fue hasta llegar a la Fiscalía, que se descubrió lo que veníamos anunciando desde un comienzo: No era Ella, era Él. Araminta, fogosa mujer cuyas caderas perturbaban hasta al mismo San Emerdógenes, de senos como viñedos donde Baco fabricaba todos sus elíxires, y sexo tan caliente que Belcebú tenía allí su finca de recreo, era hombre. Identificada como Diógenes Patroclo, la mujer que arrebató a Erminsul la cordura y el sueño, había nacido con antena. La pregunta que nos aqueja ahora es clara. ¿Conocía Erminsul el terrible secreto de su amante?"

Bajé del taxi cuando comenzaba lo bueno, comentarios llenos de fineza autóctona, frases barrocas llenas de imágenes evocadoras de la época de la Ilustración, y mareajes de vocablos acuñados al calor de siglos de evolución del lenguaje. Y por un instante, creí que había soñado que había vivido en otro tiempo, en un futuro de matrimonios gay y Madonnas en juegos linguales con Britneys y Cristinas. Un tiempo donde, quizás, el sexo de Araminta habría sido apenas un dato más en su registro de defunción, y la verdadera cuestión habría estado en cómo es que en un crimen pasional, de asesinato y suicidio, vienen las llamas a tratar de borrar las evidencias. ¿Necesitaremos a Poirot, o a Holmes?

No más que amor libre - Crónica

NO MAS QUE AMOR LIBRE
Magglioni Guiral

Bebiendo de una botella de vino, contemplo su contenido y pronuncio en voz alta “a ella no le gustaba que yo bebiera”, mas hoy no esta aquí, pero igual el trago está amargo y mi cuerpo lo rechaza.

Sentado en una mesa, su recuerdo hace que pase los días sumido en una espesa miseria. Su presencia me mortifica pero me da vida, es un sentimiento muy difuso, doliente y embellecedor. En este momento ya se a puesto el sol, con gran desesperación sigo bebiendo al no encontrar el motivo por el cual de mi lado se alejó, y con un muy riguroso sigilo, verifico aquel pasado que me atormenta.

En un instante veo pasar lo transcurrido con ella sobre mi botella. Me encuentro junto a una nena que me tiene un tanto loco, ubicados en la terraza de su casa divisando el panorama y hablando de lo jodido que está este país. De un momento a otro pasa un maldito mosco que se introduce en mi boca y pasa hasta mi garganta causándome un severo ahogamiento, que no cesó hasta llenar mi garganta de grandes y extensos buchonados de agua.

Ella riéndose, me ve y lo único que se le ocurre decirme es “POR QUÉ”, a lo que ella misma responde “POR HUEVITA”. Estallando en risa y un desconcierto por sus palabras, su cuerpo se acercó a pocos centímetros del mío, terminando en un complejo pero deliberado beso.

Al continuar recordando me fijo que teníamos muchas diferencias que nos separaban, pero ahí estaba el picante que nos une. Ella, amante del reggae, amiga de la ensalada y protectora de los animales, junto a mi “un enviado de los mismos infiernos” como ella me ve cada vez que agito mi cabeza, con gran alegría, al oír un disco de Kilcrops. Y aun así, con todo esto, éramos inseparables, o eso pensábamos.

Al cabo de unos minutos seguí bebiendo y seguía recordando. En una ocasión muy poco usual, un descuido monumental ocasionado por el afán, ella confundió una bolsa con implementos de trabajo con una llena de basura, que llegados al lugar descubrimos esta “cagada”. Ahora era mi turno de reír y de forma sarcástica decir “POR QUÉ” a lo que con gran conjetura respondí “POR HUEVITA” a lo que sin dudar ella contestó con una risotada de grandes proporciones.

Me detuve un momento y dije “pero si la pasábamos tan bien qué sucedió”. Sin perder de vista mi vino y con una cierta amargura de felicidad digo “nos amábamos pero no queríamos estar atados a lo que todos llaman amor, libres de todo compromiso solo con el fin de de disfrutar el momento”.

Límites y Excesos - Crónica

LÍMITES Y EXCESOS
Carlos Alberto Zea

Sucedió en la madrugada. Parque, casetas de comida y tarima musical. Los chicos estudiaban en el colegio del pueblo, el departamental de Mosquera, un municipio al occidente de Bogotá. Eso lo sabían todos. También, que tenían varios meses de novios. La chica cumplía los quince. Poco después de las tres de la madrugada del sábado tres de junio, Alejandro Oliveros de diecisiete años, se despidió de todos menos de ella y salió para su casa. Buscó un lazo, fue hasta el parque y se colgó de un árbol. La muchedumbre observó el procedimiento pero nadie hizo nada. Nataly Oviedo, su novia, fue a buscarlo. Era inusual que no se despidiera; no habían motivos aparentes. No lo encontró en casa, tampoco en las calles. En el parque se abrió paso entre la gente. En la carta que Alejandro dejo a sus padres los hacia culpables de su decisión al haberle negado el dinero con el que pensaba llevarle serenata a su novia. Por lo que comentaron sus amigos, el chico ya tenía antecedentes depresivos y sesiones psicológicas. También dieron a entender que el dinero sobraba en aquella familia. Todos tenían razones y preguntas. Ningún medio cubrió la noticia.

lunes 5 de junio de 2006

¡Gracias Alberto!

Fue extraordinaria la sesión que tuvimos este sábado que pasó. Alberto Salcedo nos dió una charla completa sobre periodismo narrativo como oficio y como forma literaria. Contestó nuestras preguntas, y nos deleitó con la lectura de una sus crónicas. Luego, Néstor Pedraza leyó una crónica sobre sus vivencias en Cali, y después leímos los textos eróticos enviados por los talleristas. Agradecemos a las personas de Ciudad Invisible Libro-Café, que nos prestaron el espacio y nos atendieron de maravilla.

Después vino la tertulia completa, cerveza, tienda y discusiones varias.

Seguimos agradeciendo a los talleristas su asistencia y su apoyo, y les recalcamos que la idea principal es enfrentar el miedo al rechazo y hacer el ejercicio de escribir. Las personas que tienen textos inconclusos o que no han enviado sus textos por temor, deben enviarlos para publicarlos en el blog. Recordamos a todos que la idea del blog es que todos leamos los textos y hagamos los comentarios que se nos ocurran (no somos críticos eruditos, pero para todos es importante conocer cómo nos leen los otros y qué piensan de lo que escribimos).

La próxima reunión nos enfocaremos en la relación entre las sustancias que alteran los sentidos y la literatura. Cada tallerista debe investigar sobre el tema y tomar una obra, o un autor, o una época, y llevar el tema preparado para discutirlo entre todos, con el ánimo de iniciar el proceso de trabajo colectivo.

Adicionalmente, la tarea para todos es escribir una crónica periodística: Tomar un evento de la vida real (no importa lo cotidiano o simple que parezca) y narrarlo de forma amena, con técnicas y lenguaje literarios, pero sin recurrir a la imaginación: Es necesario ceñirse a los hechos como ocurrieron. Por favor, envíen las crónicas y los textos que tengan pendientes, a tallerenlainmunda@yahoo.com.ar antes del viernes a mediodía, para tener tiempo de publicarlas en el blog antes de la sesión del sábado.

Alberto Salcedo "En La Inmunda"

Alberto Salcedo Ramos, el niño mentiroso y amante de los juglares que odiaba las matemáticas y que se convirtió en periodista ganador del Premio de Periodismo Rey de España en 1998, y de tres Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar (el último recibido en 2003 por el texto "El Árbitro que Expulsó a Pelé"), ha aceptado muy amablemente la invitación que le hemos hecho para hablar de crónica literaria y compartir con nosotros uno de sus textos.

Comunicador barranquillero y ex-fumador egresado de la Universidad Autónoma del Caribe, este docente de las universidades Javeriana y Sergio Arboleda es considerado como uno de los mejores cronistas colombianos. Ha dirigido programas en televisión, pero su pasión es el periodismo narrativo. Uno de sus últimos trabajos fue una crónica sobre Pambelé que le costó dos años de investigación. Su escrito "El Testamento del Viejo Mile" estuvo entre los cinco finalistas en los Premios de Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en la categoría de texto, en 2004.

Colaborador de revistas como Soho y El Malpensante, Alberto Salcedo ha decidido meterse "En la Inmunda" por voluntad propia, por amor al arte, en apoyo a los espacios de creación, y lo hace muy a su estilo: con una sonrisa contagiosa en los labios.

Así que los invitamos a todos a escuchar a este importante personaje de las letras nacionales este sábado 3 de junio en la sesión sobre crónica literaria de nuestro taller.

Nos reuniremos a las 9:00 AM en Ciudad Invisible Libro-Café, gracias a la colaboración de Natalia Camargo. La dirección es Carrera 4A #26-12, barrio Macarena.

Y para que estén preparados, a continuación publicamos los textos eróticos que leerán los talleristas después de la charla sobre periodismo narrativo.

El café no sabe igual - Relatos Eróticos

EL CAFÉ NO SABE IGUAL
Néstor Pedraza

—Ahora sí, cuéntame —me soltó poniendo dos cafés sobre la mesa y sentándose a mi lado. —¿Están embarazadas?

Después de dos meses explorando las frías y áridas tundras de la masculinidad potencialmente donante, todas nuestras amigas estaban pendientes del resultado. No se hablaba de otra cosa.

—No sabemos, Chana apenas se hará la prueba mañana. —Jenny se mordió el labio, quería detalles. —La cosa fue simple: el único que se prestó para hacerlo con un frasco y llevar su esperma a la clínica, dio casi nulo en el conteo de bichitos. Nunca imaginamos que conseguir unos mililitros de leche con renacuajos sería tan complicado.

Jenny no se conformaba. Quería que le pintara el plano quirúrgico de la noche en que Chana y yo nos decidimos a llegar hasta el fondo último de nuestros esfuerzos por lograr lo que buscábamos. A Ubaldo lo sacamos de una galería de arte donde hacía su segunda exposición, primer punto a favor. Alto, blanco, ojos claros. Deportista, saludable, que ni pintado. Y con dos hijos no reconocidos, ideal.

—Está bien —, dije por fin, irritada. —El amiguito erecto resultó tan grande y potente como cualquier profesional de cine porno. Se suponía que se lo haría a Chana mientras ella me lo hacía a mí, sería cosa de quince minutos.

Pensábamos que había sido fácil convencerlo de pasarla rico con dos bellas mujeres, sin condón, con el cuento de que queríamos saber cómo era ese asunto. Él pudo revisar nuestros exámenes médicos y certificar con amigos la estabilidad de nuestra relación monogámica, pero rehusó ese derecho. Fuimos ingenuas, él se cobró el favor dándole a Chana como a rata durante más de dos horas. Incluso, en un momento en que yo la abrazaba y la besaba para hacerle más soportable la tortura, el maldito se atrevió a clavarme como a toro de lidia.

Para mí, no hay nada más hermoso que sentir los pechos de Chana contra los míos, sus pezones duros electrizan mi piel, me hacen sentir que perforan mi pecho hasta el corazón, hasta conectarnos ambas en un mismo latir espiritual, me llenan… Entonces, estoy con Chana encima, apretada a ella, abrigada con su piel de niña aristócrata, y este malparido me atraviesa a lo cerdo. Sentí que tenía una varilla caliente que me perforaba hasta la garganta, una estocada profunda en mi vientre que me hizo soltar un chillido. Sentí la estocada dos veces más, a fondo, como abriendo mis vísceras para extraerlas con un gancho, antes de librarme del abrazo constrictor de Chana y sacármelo de un salto. Lo grité, lo putié, pero Chana me besó con ternura. “Acabemos con esto, que sea un solo tirón”.

Para calmarme, Chana me acomodó en el sillón, y arrodillada con Ubaldo aferrado a sus caderas, le dio a mi clítoris una de las mejores terapias linguales que recuerdo. Por supuesto, esos detalles me los reservé, Jenny no tenía por qué llegar a la visualización nítida de nuestros cuerpos mancillados por ese infame lleno de tatuajes, ni evocar el olor de nuestros sudores y nuestras salivas entremezclados.

—Se pasó de bestia —le dije, —se comportó a la altura de cualquier puto hombre. Sólo esperamos que haya servido para lo único que podía sernos útil.

Jenny adivina cosas en mis pupilas, quiere surfear por mis recuerdos. Imagina incertidumbres, rencores. Apuro mi café en silencio, intento borrar las imágenes de mi cabeza; ojalá pudiera restregar esa parte de mi cerebro con cepillo y jabón, y dejar atrás esa expresión en el rostro de Chana.

Yo mordía mis dedos y labios, mientras ella mordisqueaba entre mis piernas y entraba en mi con su lengua portentosa, aferrados sus dedos a mis muslos. De repente abandonó su labor, y yo seguí con mis dedos, ya a punto de explotar. Entonces la sentí, apretando mis muslos hasta casi hacerlos sangrar con sus uñas, y golpeando mi ingle con su frente en un furioso frenesí rítmico. Abrí los ojos y la vi, con los párpados muy apretados, destrozándose el labio inferior con los dientes, conteniendo la respiración sin emitir sonido. Luego comenzaron los gemidos, guturales, fuertes, al mismo ritmo de un palmoteo que venía de detrás suyo. Al fin reaccioné: me levanté de un salto, estrellando sin querer a Chana contra el sillón, y me lancé contra Ubaldo. El maldito que penetraba en el más oscuro rincón del cuerpo de Chana, dándole ocasionales nalgadas que le tenían enrojecida la piel, se echó para atrás y agarrándome del pelo, facilitado por la energía de mi propio salto, me empujó hacia abajo y me lanzó su chorro contra el rostro.

Me limpié con asco, lo miré con odio, lo golpeé. “Tranquila”, me dijo el hijo de perra con una sonrisa. “Lo que querían, ya está hecho", y comenzó a vestirse como si nada. "Me he venido tres veces, en el coño y en el culo de tu amiguita. Y esta te la ganaste tu todita. Sólo me estaba divirtiendo un poco después de completar mi trabajo.”

—Gracias —le digo a Jenny, levantándome. —Tengo una reunión del consejo de edición. Luego te cuento cómo salió la prueba de Chana.

Salgo, camino hasta la esquina y allí quedo paralizada unos minutos. Recuerdo la expresión en el rostro de Chana. Tres años juntas y nunca le había conocido una expresión similar. Mis ojos se bañan en lágrimas mientras pienso que ya no se si quiero que esté embarazada. Recuerdo la profundidad de sus gemidos, pero sobre todo, su silencio frente al ataque del que estaba siendo víctima. Quizás sea sencillo ver el rostro del bebé y no relacionarlo con la verga de Ubaldo escupiéndome en la cara. Lo que no será sencillo, será volver a ver a Chana a los ojos con la misma mirada libre de dudas que ella me conoce tan bien.

Vértigo Triple Equis - Relatos Eróticos

VERTIGO TRIPLE EQUIS
Alex Acevedo

Por las tardes subían a los tanques del agua del conjunto residencial, sobre el techo. Ella se complicaba el ascenso con unos extravagantes zapatos dorados, doce centímetros de tacón de aguja; él trataba de ocultar su identidad vistiendo una bata de laboratorio y unas gafas oscuras que lo asemejaban al hombre mosca. Gemían con desvergüenza, sus siluetas dejaban marcadas en el aire las acrobacias que improvisaban. Uno intuía que la boca de ella era un estanque lleno de peces emplumados, y que por tanto la vistosa felación que ella le practicaba, apoyada contra la antena comunal, habría de ser lo más parecido a meter uno su miembro en un tarro de jalea real. También, a qué negarlo, parecía como si la lengua de él fungiera de sutil arco voltaico cuando le repasaba los pezones, las costillas, los tobillos, o sencillamente cuando se entregaba pertinaz a la tarea de barrer su vulva. Luego retozaban al sol como si nada, delante de ciento veinticinco apartamentos, embadurnados en sus propios fluidos.

Pero esta tarde una anciana miope del 702 se decidió por fin a llamar a los bomberos. Un enjambre de vecinos se arremolinó en torno al camión con la escalera desplegada, todos con los ojos puestos en las alturas, esperando que los bajaran.

Aquí estamos hace veinte minutos, y todavía nada. Una nube de murmuraciones amplifica la profundidad de la espera. Unos vecinos con imaginación explosiva dicen que a lo mejor los bomberos estarán aprovechando la ocasión para liberar sus instintos onanistas, dejando en libertad sus mangueras. Otros suponen algo más natural, que ella, desnuda en sus tacones, está al borde de la cornisa y amenaza lanzarse abajo si se le acercan un paso más. Los demás, simplemente esperamos, sin parpadear, callados, como unas estatuas de sal, de mármol de Carrara, ahí, pendientes de este desenlace.

Gotas de Fuego - Relatos Eróticos

GOTAS DE FUEGO
Jesús Delgado

En su apartamento, el altillo de una antigua casa en La Candelaria, trataba de acallar con mi jadeo inevitable la maldita charla de esta espléndida rubia, llegada tiempo atrás al barrio, convertido ahora en refugio de malandros y al que llamaban simplemente La Candela. En verdad, todos almacenábamos fuego.

Esta mujer había llegado a La Candela entre armas y joyas, como las que acababa de ver en su nochero. No me sorprendí. Poco a poco, bandas de apartamenteros y estafadores habían arrinconado a las inermes bandas de poetas, cantores y pintores del barrio. Yo mismo había sido víctima del despojo. En una incursión a mi vivienda, estos miserables robaron mi pasado, acumulado en historias guardadas en mi computador. También un enorme libro del siglo XVIII, cuyas disquisiciones sobre ángeles y arcángeles en un español arcaico, habían deleitado a varias generaciones de mi familia. Pero duro, en realidad, fue perder mi tesoro mayor, las cartas de amor y de reclamo, que junto con las de mi madre, había guardado toda la vida en un cofre sellado, con ínfulas de caja fuerte. Cargaron con él sin violentarlo.

El correo de las brujas decía que esta magnífica rubia se encargaba de vender cosas robadas por sus amigos, y que últimamente comerciaba joyas hurtadas en Europa. Pero yo, para ella, era invisible. Aparecía en la cafetería de don Ignacio, a veces se sentaba a la mesa del frente, pero nunca me miraba. Yo la observaba embelesado, y cuando cruzaba sus piernas fantásticas se me ponía el pipí como un gotero.

Pero un día, ese cuerpo sinuoso, de mermelada, que ya quisiera un burro para sus cumpleaños, se acercó a mí.

—Me contaron que usted hace el horóscopo y quiero saber cuánto vale el mío -dijo sin saber que, más bien, yo a ella le pagaría por dejarme hacerle cualquier cosa, así fuera lavarle la ropa.

Ya en su apartamento, empecé a explicarle que existían planetas fríos y secos —como Saturno— que obstaculizaban y frenaban todo. Y planetas húmedos —Venus, por ejemplo— que lubricaban la ruta de la vida y permitían que esta se deslizara suave y cadenciosa. Lubricar -le decía-, del latín lubricus, significa resbalar, particularmente hacia el placer. Ella me oía, con sus ojos bien abiertos, pero ya mis manos intentaban abrir sus piernas.

—El planeta Venus en tu casa octava dispara la experimentación lasciva -continuaba yo, pero los únicos planetas reales estaban casi al alcance de mi lengua.

—Sí, justamente acabo de experimentar una receta para tonificar ciertos músculos -dijo.
Ya para entonces, un chorro de babas me impedía expresar algún concepto y, para mi mal, empezó a hablar ella.

—Me pareces confiable —dijo—. Nunca te había visto, pero entras a mi lista de amigos.

Mientras, yo, incandescente, recorría su cintura, sus senos; mis manos resbalaban por sus desfiladeros.

Faltaba lo mejor. Luego de desnudarla, de lamer su piel de caramelo y el suave vello de sus trigales, que me erizaba como un puerco espín, me daban ganas de penetrar también su ombligo y enterrarme en ella.

Empezó a hablar. Me contó que Adriana le había suministrado el secreto de unas encendidas duchas vaginales con romero y alumbre, que habían estrechado su canal. Por lo visto, el sexo le era tan común, y sus sensaciones tan triviales, que mientras con manos gigantescas yo copaba sus cráteres, cavernas y oquedades, me contaba que una abuelita del barrio se aplicaba la misma fórmula ancestral, y traía de un ala a un estudiante universitario.

Mientras tanto, yo trataba de introducirme en su estuche, tan cerrado que ni la lubricación de Venus, mezclada con mi saliva, evitaba cierto sordo dolor en mi aparato, que parecía penetrar un túnel con una enorme presión por centímetro cuadrado.

—Imagínate que mi prima, la que estudia economía, no ha terminado con su novio, aunque descubrió que... bla, bla, bla...

Esta mujer ignoraba el placer que me producía su estrecho conducto, como si una poderosa mano me apretara la verga.

Así, aprisionado entre sus firmes y húmedas paredes, me deslizaba hacia el cosmos profundo, hasta que un nuevo chisme de ella se encargaba de azotarme contra el planeta.

—No sé por qué Patricia sigue en esa casa tan incómoda, si... bla, bla, bla...

Ella no percibía mi desesperación o no le importaba.

—También dicen que el marido de doña Clara anda enamorado y que... bla, bla, bla...

Cuando estaba a punto de estallar, de gritarle que callara, ella, divertida con sus análisis, elevaba las caderas para reacomodarse y volvía a lanzarme al infinito.

Empezó a enloquecerme su cantilena. Se entusiasmaba cuando hablaba de las guarichas del segundo piso o del cornudo del trescientos dos. Cuando quería sellar su boca con un beso me esquivaba, y decidí soltar mi chorro para terminar, pero entonces mencionó el libro viejísimo que le había vendido a un gringo maravillado. Le pregunté como al desgaire y dijo que los imbéciles de sus amigos habían llegado también con un cofre lleno de papeles inservibles, que terminaron en la basura.

La odié. Desde mi verga al rojo vivo disparé gotas de plomo que la quemaron por dentro, y su cuerpo quedó flotando sobre un lago de mermelada candente, en un altillo del barrio La Candela.

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PORNSTAR
Cesar Mauricio Heredia

I

El café olía delicioso en aquel lugar. Solía beber uno a media mañana para desayunar, pues en mi casa nunca me alcanzaba el tiempo. Pero ese día era diferente. Las siete de la mañana y estaba ahí, gastando las últimas monedas en un desayuno que no sabía cuándo se repetiría.

Se cumplía un mes exacto de visitas a mi antigua oficina; un mes de rogar por el pago de mi liquidación, semana tras semana, sin lograr ningún resultado. El día anterior había sacado los pocos pesos que quedaban en mi cuenta. La mayor parte reposaban ahora en la caja registradora de un bar. Estaba totalmente borracho al llegar a mi casa y dormí más de diez horas, lo necesario para llegar muy temprano a mi antigua oficina a continuar la gastada discusión con la Jefe de personal. Ya la había amenazado un par de veces con demandar a la entidad pero, a quien engañaba, no podía pagar un abogado y, si lo hiciera, tal vez se quedaría con lo poco que me dieran en caso de ganar.

Distraído por estos pensamientos, no me di cuenta que una mujer había entrado a la cafetería, hasta que escuché una voz aguda, mucho más de lo que mi cabeza adolorida podía soportar.

—Buenos días Juanito, me das un tinto y un buñuelo, por favor –dijo sin sentarse en la barra improvisada.

La mire y creí adivinar a dónde iría después de terminar su ligero desayuno. Le entregaron el café humeante y, al tratar de disolver el azúcar, derramó un poco en la barra. –Ay, perdón mi amor, mira el reguero que te hice.

Se protegía del cortante frío de la mañana con un gorro de lana; vestía un jean y una chaqueta del mismo material. Era atractiva, mas de lo que podía esperarse de las trabajadoras del local que quedaba al lado de donde nos encontrábamos. Creo que la había visto antes allí, pero su pelo teñido de rubio me hizo dudar. La verdad, era más que atractiva. ¿Cómo una mujer así había terminado trabajando en el negocio de al lado? Que pregunta tan idiota, me dije, ¿no te ves a ti mismo, sin un centavo en el bolsillo y con hambre?

Estaba tan absorto en estos pensamientos y en su belleza, que no me di cuenta cuando me miró a los ojos y sonrió. Debí haberme quedado mirándola como un imbécil, o tal vez le ofrecí involuntariamente una de esas miradas agresivas, herencia de los días en el ejercito (¡Ponga cara de mierda soldado, que con esa cara de madre nadie lo va a respetar, ni aquí, ni afuera!), porque ella frunció el ceño y volteó la cabeza bruscamente .

¡Maldición! ¿Por qué no podía actuar como la gente normal? No es que me interesara mucho la mujer, pero no quería ser grosero con ella. Además, me gusto desde que la vi entrar. No quería dejar las cosas así.

—Hola.

Me miró por un momento con desprecio y volteó de nuevo. Pasaron varios segundos de incómodo silencio. Me puse de pie y busqué en mis bolsillos las monedas, cuando su voz chillona me sobresaltó.

—¿Ya te vas?

—Si, no me gusta que no me contesten el saludo.

—Pues a mí no me gusta que un desconocido me mire mal.

Touché. Ella tenía razón y yo no estaba haciendo nada para mejorar la situación. La mire a los ojos (Dios, realmente era hermosa) y traté de bajarle el tono a la conversación.

—Lo siento, tienes razón. Pero no es lo que tú piensas...

—¿Ah, si? ¿Y que pienso?

—Bueno... quiero decir… Pues con tu trabajo, tal vez haya personas que no se sientan cómodas con ello.

—¿Mi trabajo? ¿Y cuál es mi trabajo sabelotodo?

¡Maldición! Otra vez metí la pata. Ni siquiera estaba seguro de su verdadera ocupación.

—Es que yo pensé que... que tu trabajabas aquí al lado.

—Eso es algo que no te importa, y si te parece muy desagradable, ¿para que hablas conmigo entonces?

—Lo siento, de verdad. Solo quería... Lamento la confusión; sólo quiero que sepas que, aunque trabajaras allí, a mi no me molestaría.

Pagué intentando poner fin a aquella incomoda conversación. Además, ya era hora de ir a reclamar de nuevo mi dinero.

—Espera —se quedó con los ojos fijos unos instantes en la barra y luego me miró. —Yo también lo siento. Estoy algo cansada y de mal humor. Además tienes razón...mucha gente se siente incomoda con lo que hago. Si, no me mires así, después de todo acertaste, soy una prostituta —dijo ofreciendo una enigmática sonrisa.

Me tomó por sorpresa. Nunca pensé que se disculpara conmigo. No se que cara habré puesto, pues de nuevo se molestó.

—Si ves. Sabía por qué no tenía que decírtelo. Eres un prejuicioso como todos.

—No, yo no... Maldición, no le hagas caso a mi cara, nunca dice lo que pienso, esta maldita cara.
Me miró por un segundo y soltó una sonora carcajada. No la dejé hablar.

—Además, a mi no me importa lo que haces. Si a ti te gusta... —¡nooo!, ¿cómo se me ocurrió decir eso? —Perdón, seguro lo haces por dinero.

—¿Y por qué no me va a gustar? A mi no me molesta lo que hago. Es más, gano buen dinero y me encanta tirar.

¡Lo sabía, a alguna le tenía que gustar! Y la encuentro justo hoy, sin un peso en el bolsillo.

—Pero a veces tendrás que hacerlo con hombres que no te agradan.

—La verdad no, tengo opción de elegir con quien lo hago.

—¿Puedes escoger? ¿Eso no te hace perder dinero?

—Si, puede ser. Pero, por fortuna, esa no es mi única fuente de ingresos.

Eso aclaraba las cosas. Simplemente le gustaba el sexo y no estaba de más si le pagaban por hacerlo.

—Ah, claro, eso lo hace diferente. ¿Y es muy difícil mantener en secreto lo que haces en tu otro trabajo?

—¿Secreto? —se rió de nuevo. Aquella risa chillona me empezaba a gustar. —¡Pero si ellos lo saben! Tienen que saberlo, si no se los he dicho aún. No estoy segura.

Ahora si que no entendía nada.

—No pongas esa cara. Ellos tienen que saber. Los dos negocios se relacionan mucho. Mi otro trabajo consiste en filmar películas porno.

Esto era increíble. Por mirar mal sin intención a una mujer, mi mañana había cambiado totalmente. Estaba hablando con una actriz porno, no sólo con una prostituta. Me olvidé de mis otros problemas y charlé con ella más de una hora. No podía creer que en esta ciudad filmaran cine porno, industria que creía reservada a otros países. Al parecer era un negocio muy lucrativo para todos los involucrados. Por ello no era muy difundido, querían mantener el negocio en pocas manos.

Finalmente me dijo que tenía que irse, pero yo ansiaba saber más del tema (y por que no, de ella) y le pedí que me contara un poco más. Buscó en su pequeño bolso una tarjeta y me la dio.
—Por que no pasas por allá un día de estos. Menciona mi nombre y tal vez te dejen entrar. Y ¿por qué no? Puede que haya trabajo para ti. No luces nada mal. Podrías hacer algunas escenas. A propósito, di que Pearl te envió.

Me reí y ella me dio un beso en la mejilla. Olía delicioso. Salió y tocó el timbre de la puerta de al lado. Alguien que no pude ver abrió. Volteó por última vez, me guiño el ojo y desapareció en el interior.

El día apenas empezaba y ya había conseguido la oportunidad de conocer el mundo del cine pornográfico. No lo negaré, alguna vez soñé con ganarme así la vida, pero en ese preciso momento ni siquiera pasó por mi mente el tomarme aquello en serio. Tenía otras cosas en que pensar, y pronto Pearl salió de mi cabeza.

Tres horas después estaba de nuevo en la calle sin ninguna esperanza de ver mi dinero. Yo sabía que la Jefe de personal me odiaba, solo fui por desesperación, porque mi única comida en tres días había sido pan o buñuelos con café (y no tres veces al día) y porque se acercaba el momento de pagar la cuota del préstamo estudiantil y de la hipoteca de la casa en que vivía con mi madre y mi hermana. Maldita la hora en que se me ocurrió estudiar en esa Universidad tan costosa.
Sólo tenía cinco mil pesos en el bolsillo. Un amigo de la oficina me los había prestado. Le dije que no tenía cómo pagárselos. Me dio una palmada en la espalda y me dijo que le pagara cuando pudiera; si conociera mi situación real, sabría que tal vez mis herederos tendrían que asumir la deuda.

Empecé a buscar el billete. Estaba seguro que lo había metido en el bolsillo del pantalón pero no lo encontré; tampoco estaba en mi chaqueta y entonces me invadió la angustia. Perderlo era lo peor que podía pasarme en ese momento. Finalmente metí la mano en el bolsillo de mi camisa y lo encontré, saque el papel y allí estaba... la tarjeta que me había dado Pearl. Una extraña coincidencia, encontrarla justo al perder mi último billete.

La mire con más cuidado. Era de de color crema, con letras negras. Había una dirección impresa. Una hora de camino a pie, tal vez más, pero estaba cerca de la casa de un amigo al que podría pedirle prestado algo de dinero. No tenía nada que perder. Y no lo puedo negar, justo en ese momento me atrajo bastante la idea de ver cómo filmaban una de esas películas.

Las largas caminatas del último mes por la ciudad me hicieron fácil, incluso cómodo el trayecto. La casa se encontraba en un barrio de clase media; parecía vieja, con una puerta café oscura, que me recordó las entradas de las casas de pueblo. No tenían nada de particular y por un momento pensé que era una broma de la mujer. Estuve a punto de irme, pero me detuvo el deseo de saber quien vivía allí. De todas formas la dirección estaba impresa en una tarjeta, tal vez no sería la primera vez que los habitantes tenían que lidiar con personas preguntando por las películas porno que filmaban allí. Si se trataba de una broma, era bastante pesada y no pude evitar las ganas de saber por qué Pearl, o como se llamara la mujer, le había hecho algo así a quien fuera que viviera ahí.

Toqué la puerta. Tuve que hacerlo de nuevo con más fuerza, pues era bastante gruesa y me pareció que el sonido no la traspasaba. Al fin sentí que alguien se acercó a la mirilla y la puerta se abrió un poco; tenía una cadena de seguridad y pude ver la mitad de la cara de un hombre joven.

—¿A la orden?

—Buenas, ¿cómo está? —dije, y me quedé callado sin saber qué más decir.

—¿Se le ofrece algo? —dijo en tono impaciente, y con toda la razón, yo tampoco estaría muy contento de ver a alguien con cara de tonto, parado en frente de mi casa sin ningún motivo. Tenía que hablar pronto si no quería terminar con la puerta en la cara.

—Bueno... pues sí. Tal vez pueda ayudarme. Eh... alguien me dio esta dirección y, pues, me dijo que tal vez pudiera encontrar trabajo aquí.

—¿Trabajo? No, creo que le informaron mal, esto es una casa de familia.

—Pero... ¿aquí no hacen películas?

—¿Películas? No, como le digo, esta es una casa de familia. Perdone pero no puedo ayudarlo —dijo, al tiempo que cerraba la puerta.

Saqué rápidamente la tarjeta de mi bolsillo.

—¡No! ¡Espere! Pearl me dio esto y me dijo que viniera.

El hombre tomó la tarjeta y la miró con desconfianza. La volteó, la volvió a mirar por el anverso.

—Espere un momento acá —dijo, y cerró la puerta de un golpe.

Quince minutos después seguía esperando. Era una estupidez, pensé. Debería irme de una vez y no perder el tiempo. Podría estar buscando trabajo, pero una morbosa curiosidad me retenía. El hombre había recibido la tarjeta y no me había preguntado quién era Pearl, luego el nombre le era familiar. Y no es que estuviera seguro de tener un gran futuro en la pornografía, pero la situación era realmente intrigante. Sólo había dos opciones, o me echaban o me dejaban entrar. No perdería nada con ninguna de las dos.

Diez minutos más. ¿Cuánto tendría que esperar para saber por qué me había enviado allí la mujer? Por fin la puerta se abrió; si lo hubiera hecho un minuto más tarde, el tipo no me habría encontrado allí sentado. Me hizo una seña con la mano para que lo siguiera, pero me quede ahí parado. No era lo más aconsejable entrar solo a una casa extraña.

—¿Qué le pasa? ¿Después esperar tanto se va a quedar ahí? ¿No dijo que necesitaba trabajar?

Auch, justo en el clavo. El maldito había tocado un punto sensible, que me hizo decidir de inmediato y lo seguí sin dudar.

La apariencia del lugar no me hacía sentir mejor. Caminamos por un largo corredor; las paredes estaban cubiertas con cartón y, si había puertas, otros corredores o cualquier otra cosa, era imposible saberlo. La única luz provenía de largos tubos de neón en el techo. El corredor terminaba en una puerta metálica de color gris, muy diferente a la de la entrada. Habíamos recorrido un trecho suficiente como para atravesar una casa normal, por lo que supuse que la dirección de la tarjeta sólo era una cubierta. Al abrir la puerta confirmé mis deducciones. Entramos al patio trasero de otra casa. Al fondo se veía un gran ventanal, pero unos vidrios polarizados me impedían ver el interior.

—Por acá —dijo, señalándome una entrada a la casa. —El jefe está trabajando, pero no tardará mucho y luego lo atenderá. Si quiere quédese detrás de las cámaras y no abra la boca hasta que terminen. Siga, yo tengo que volver a la entrada.

Dio media vuelta y salió por la puerta metálica. En ese momento me di cuenta que del lado del jardín, la puerta no tenía cerradura. En cierto sentido estaba encerrado y no tenía más opción que entrar a la casa que tenía enfrente. Con todo lo que había visto, debería haber estado preparado para cualquier cosa pero, al entrar me quedé paralizado. Había reflectores en las cuatro esquinas de la sala, varias cámaras de video montadas en trípodes, otras de mano, y una pareja teniendo relaciones sexuales en un sofá, al tiempo que otro hombre los filmaba muy de cerca.

Mi asombró se esfumó con rapidez al ver a la mujer. Era exuberante, hermosa, no muy alta. Desde que tuve la edad suficiente para apreciarla, me había gustado la pornografía; ver esto en vivo me pareció demasiado excitante. Recordé las largas, casi interminables escenas que había visto en películas de ese tipo, por lo que pensé que pasaría un buen rato observando, pero el hombre del sofá se detuvo de repente.

—Viejo Dany, déjame descansar un rato y ahora seguimos filmando.

—Dale, descansa que no eres el único que lo necesita —dijo el hombre de la cámara—, a mí ya me duele la espalda un poco, además, tengo a un prospecto esperándome—. Se levantó, y entonces notaron mi presencia.

—Ah, muchacho, ya llegaste. Ven, hablemos en mi oficina.

Me tomó del brazo y me dejé llevar sin resistencia, pues estaba distraído mirando a la mujer, sentada en el sofá, desnuda, y encendiendo un cigarrillo. Me miró y guiñó un ojo con una sonrisa pícara. Aun sin poner mis ideas en orden, me encontré sentado en un pequeño cuarto. Era extraño el aspecto del lugar; sólo había un escritorio de metal pintado de gris, lleno de videocasetes esparcidos en caótico desorden. En las etiquetas se podían leer nombres como Yurani y Agata, Bernie e Iriana... ya me imaginaba lo que eran. Uno en especial llamó mi atención: Pearl y Mario N. Tal vez era mi nueva amiga, que volvió a mi mente junto a un fuerte deseo de llevarme el video.

Las paredes eran totalmente blancas, sin nada colgado en ellas. El color y extravagancia de la sala en que habíamos estado antes contrastaban con la parquedad y sobriedad que se respiraba allí. Claro, la primera era el set de grabación.

—Veo que le extraña la apariencia del lugar. Tal vez se imaginó afiches de mujeres en las paredes, o algo por el estilo—, dijo con una sonrisa burlona.

—En realidad no me imaginé nada— repliqué con fastidio.

—Vamos, no sea susceptible. Me dijeron que mi amiga Pearl lo envió. Debiste haber dado una gran demostración en la cama. Te felicito. Pocas veces nos envía gente, es muy selectiva.

—En realidad sólo hablamos un rato en una cafetería.

—¡En serio! Bueno, no se que le habrás dicho como para que Pearl te enviara, pero confío en su criterio. Sus recomendados nunca me han defraudado. Pero, no perdamos más tiempo, que tengo una escena que terminar. Veamos que tienes. Quítate la ropa.

La sugerencia me tomó totalmente desprevenido. Quede paralizado por un segundo y el hombre lo notó al instante.

—¿Que pasa muchacho? ¿Acaso me vas a hacer perder mi tiempo? Apúrate, ¿o no quieres el trabajo? —dijo mientras golpeteaba los dedos contra la superficie del escritorio.

Por un momento pensé en lagarme de allí, pero el hambre y la angustia que sentía me lo impidieron. Vamos, pensé, que más esperabas, ¿una entrevista?, ¿un casting en que pidieran reir o llorar un poco a voluntad? Imbécil, era cine porno, sexo gratis. No, gratis no, te pagarían por ello. No lo dudé más y empecé a desabrocharme la corbata y la camisa; adiós al saco, al pantalón, fuera medias y zapatos y por último la ropa interior. Rápido y sin pensar era lo mejor.

—Humm, no esta mal, un poco flaco pero firme. Date una vuelta...no me mires así, muchacho. Necesito darme una idea de todos tus ángulos, para ver cuál te favorece más —me hizo dar una vuelta a cada lado tomándome del codo y sonrió de forma maliciosa—. Definitivamente Pearl tiene buen ojo. ¡JULIAAA...CARIÑOOO!

El grito me tomó por sorpresa y di un pequeño salto. El hombre lo notó y me palmeó la espalda, “tranquilo, chico, relájate”. En ese momento entro una mujer que cualquiera de mis amigas calificaría como “vulgar” y cualquiera de mis amigos como “hembrota”. Tenía puesto un vestido negro diminuto que apenas le llegaba abajo de la cadera. Perecía adherido su delgado y al tiempo voluptuoso cuerpo.

—Este es el que Pearl envió. ¿Qué opinas?

Ella me miró de arriba a abajo. Sonreía y pasaba de manera perturbante un dedo por su lengua y sus labios. “Nada mal, amor. Nada mal…”

A pesar de su belleza, apenas podía fijarme en la mujer. Me molestaba que me miraran como si fuera ganado. Mi malestar fue tan notorio que ella volvió a reír.

—Tranquilo, bebé. Entiendo lo que debes sentir ahora, a todos nos pasa la primera vez. Pero, no te preocupes, desaparecerá en pocos días, horas tal vez, cuando empieces a trabajar y a gozártelo en grande. Amor, contrátalo, el chico me gusta. ¿Puedo darle la bienvenida en la prueba de cámara?

—Zorra. Siempre te gusta probarlos primero. No les dejas nada a las demás —dijo, dándole una palmada en el trasero y un beso en la boca.

—En un rato nos vemos, bombón—, la mujer me acarició la cara y salió de la habitación.

—Vístete muchacho, y acompáñame a terminar la escena, que estoy atrasado. Así aprovechas para ir conociendo tu nuevo trabajo. Si Julia y mi cámara te aprueban, empiezas hoy mismo muchacho, el negocio no da espera.

Volvimos a la sala. La pareja estaba de nuevo en el sillón y charlaban. El director llamó su atención con las palmas y ellos se pusieron “en posición”.

II

Llegué a mi casa a las tres de la mañana. A las cinco aún daba vueltas en la cama sin poder dormir. No podía creer el día que había tenido. Después de la humillación en mi antigua oficina, conocí a una actriz-prostituta y terminé en el sofá de una casa extraña, haciendo el amor con una desconocida.

Antes de salir de la casa, me enteré que había filmado mi primera escena con la esposa del director. Cuando otra de las chicas que merodeaba por la casa (parecía que no paraban de salir y entrar de las habitaciones mujeres espectaculares) me lo dijo, no me extrañó en absoluto. Mi capacidad de asombro estaba a punto de agotarse. O eso creí en ese momento, sin imaginarme lo que me esperaba en los siguientes meses.

Desde aquel día todo, desde la manera en que me sentía al levantarme o acostarme hasta la forma de ver la vida y a los que me rodeaban, fue diferente para mí. Al principio fui reacio a dar el teléfono de mi casa a esa gente, pero no tenía otra forma para que me contactaran; además me aseguraron que eran profesionales y que mi familia no se enteraría de nada “a menos de que alquilen una de tus películas”, dijeron.

Había varios estudios en la ciudad. Llamaban a mi casa y me daban una dirección y una clave que tenía que decir en la entrada. Cuando mis trabajos se hicieron más frecuentes, la clave se hizo innecesaria. Me pagaban al final de cada día de filmación, dependiendo del número de escenas. Al principio no gané mucho; el primer mes me llamaron apenas una vez por semana, pero el pago era suficiente para cubrir mis gastos más urgentes. Al principio me sentí muy mal, esperando que me llamaran para hacerle el amor a alguien y que luego me pagaran. No veía que diferencia había entre una puta y yo, pero después de tres mujeres espectaculares con las que trabaje, este pensamiento se desvaneció de mi cabeza, reemplazado por el placer que sacaba de todo el asunto.

El siguiente mes las llamadas se multiplicaron. Tanto fue así que tuve que decirle a mi madre que, cuando preguntaran por mi, dijera que me habían llamado más temprano de otra “sucursal”, para así no hacer pensar a los directores que había decidido dejar de trabajar. El dinero resultante del negocio empezó a abundar en mis bolsillos, pues me llamaban con frecuencia. Al parecer tenía un talento no muy común, que el buen ojo de los directores no tardó en descubrir. Resultó que yo podía hacerlo más veces al día y con más frecuencia que el promedio de los actores. Para mi era normal, nunca pensé que fuera algo extraordinario.

A pesar de tener relaciones casi a diario con toda clase de mujeres, al terminar las escenas mi trato con ellas no pasaba de un beso y un “hasta luego” o un “gracias” que yo respondía con una sonrisa y nada más. No se que más esperaban, siempre había sido así pero, al parecer, eso me hizo ganar fama de tímido entre mis compañeras, lo que sorprendentemente las atraía.

Aquel mundo era demasiado extraño, demasiado alejado del mundo real. Tenías sexo con dos o tres mujeres diferentes en el día, a veces con varias en la misma escena y todo terminaba allí. Parecía un sueño hecho realidad, pero una realidad distorsionada. Al principio sentí algo de vacío, pero el dinero y las charlas con mis compañeros lo hicieron desaparecer rápidamente. Creo que entonces empecé a entender a las prostitutas. Siempre me preguntaba cómo podrían hacerlo con alguien sólo por deseo, después de haberse acostado con cientos, tal vez miles en su vida. Ahora entiendo que debían tomarlo como un trabajo más, igual que yo. Una cosa es hacerlo y que te paguen por ello, y otra muy distinta hacerlo porque quieres. Y no estoy hablando de amor. Por otro lado, tenía una ventaja frente a la prostitución. Las mujeres escogidas para aparecer en cámara eran espectaculares. Sin embargo, durante varios meses no lo hice el amor ni una sola vez por deseo. Sólo por dinero.

Al final de una tarde de trabajo, una hermosa pelirroja con la que había trabajado unos momentos antes, se acercó y me preguntó si quería ir a su casa esa noche a oír música y tomar algunos tragos. Acepté sin dudar, pensando que sería la primera noche de verdadera intimidad en mucho tiempo, de algo más que sexo vacío. Me dio la dirección y un beso en la mejilla. Este gesto me causó gracia, después de lo que acabamos de hacer.

Al llegar, mis esperanzas de una noche romántica se esfumaron. La casa estaba llena de personas. No era una cita privada sino una gran reunión. Me había acostado con varias de las mujeres que estaban allí y apenas recordaba el nombre de una o dos. También había varios de los actores que había visto en los estudios de grabación.

—¡Vaya! Llegó el mudo. Quien te invitó. ¿Acaso lo hicieron por señas, amigo?

—Fui yo Raul, ya déjalo en paz—, y alguien tomó mi brazo de gancho. Era la pelirroja. Vestía una blusa muy escotada y un pantalón que se le pegaba al cuerpo como si lo hubieran pintado en él.

—Vamos al balcón. Aquí no hay nadie interesante —dijo señalando al que me había molestado con la cabeza, al tiempo que le guiñaba un ojo. El hombre se quedó serio un segundo mientras la miraba, pero luego se rió con fuerza y siguió hablando con otras dos mujeres.

Me dejé guiar por la mujer hasta un balcón desde donde se veía gran parte de la ciudad. Ella soltó mi brazo y se recostó en la baranda. Yo estaba parado a su lado y no sabía que decir. Me había acostado con ella unas horas antes, pero hacía meses no hablaba con una mujer por fuera del estudio. Al fin dije la primera tontería que se me vino a la cabeza.

—La ciudad se ve diferente.

Ella me miró extrañada, “¿diferente a qué?”

—Quiero decir. Después de saber todo lo que pasa ahí... lo que hacemos.

—¿Por qué? ¿Acaso te molesta hacerlo?

—Para nada. Al contrario, me gusta mucho, especialmente con alguien como tú.

Me miró y dijo con una sonrisa:

—Muchas gracias, pero no creo ser muy diferente a las demás.

En verdad no lo era. Había demasiadas mujeres hermosas en el negocio, pero al parecer el comentario le agradó, pues se acercó un poco más a mi brazo.

—Nunca había pensado en eso. En realidad no me parece algo tan especial. Es sólo un trabajo. Lo único que tienes que hacer es no pensarlo mucho, sólo disfrutarlo. Al final hasta se vuelve algo rutinario.

—Rutinario, pero muy agradable—, dije tomándola de la cintura. Ella me dejó hacer, inclusive cuando la acerqué más y le di un beso.

Fui el único que me quedé en su casa. Toda la noche “trabajamos” gratis. Era algo que yo necesitaba para recuperar la noción de la realidad, sin tener una cámara encima recordándome que la mujer de turno lo hacía por dinero, y sin importarle quién era yo. Por alguna razón que no entiendo, después de eso me pude relacionar mejor con los que trabajaba, como si una barrera se hubiera roto dentro de mi para dejarme entender que no eran más que colegas. También me sirvió para tomar la iniciativa con varias de mis compañeras y “trabajar” unas horas extra en sus casas. La línea entre la ficción y la realidad volvió a ser clara para mí.

A pesar de que tenía dinero, no podía ahorrar mucho pues le daba una gran parte a mi madre, que apenas recogía algunos pesos arreglando ropa. Mi padre había dejado muchas deudas al morir, y apenas podíamos cubrirlas. Unos años más y tal vez pudiera ahorrar algo, para cuando ya no tuviera el cuerpo para trabajar más en eso, porque me estaba gustando mucho y no me retiraría a voluntad.

Mi hermana también ayudaba a pagar las cuentas. Casi nunca la veía. Ni ella ni yo nos quedábamos mucho en la casa, pero de vez en cuando nos encontrábamos en las noches. Me dijo a que aún trabajaba de mesera, y que hacía unos meses había empezado a ir a la escuela nocturna para validar el bachillerato. Me alegré por ella. Estuve tan metido en mis asuntos que había dejado de pensar en mi hermanita. Igual, ella siempre había sido fuerte, yo sabía que los problemas económicos nunca la habían doblegado. A veces nos encontrábamos rebuscando la comida que mi mamá había preparado, pero ninguno de los dos hablaba mucho de sus cosas. Una vez me preguntó que hacía. Tuve que inventar que era mensajero y que también trabajaba en un bar en las noches. Traté de ser sutil al esquivar las preguntas sobre su ubicación. Tal vez ella se dio cuenta y, en las pocas veces que nos encontramos después, no volvió a mencionarlo.

III

Llegué bastante ofuscado a la dirección que me habían dictado en la mañana. Antes de salir había tenido una discusión con mi hermana. Ella estaba ocupando el teléfono a la hora en que solían llamarme; casi nunca estaba ahí a esa hora, por lo que no había tenido problemas. Anotó algo en su libreta y por fin colgó. Ni siquiera me prestó atención cuando descargue mi rabia sobre ella. Iba a seguirla a su habitación para seguir el reclamo cuando el teléfono sonó. Me dieron dos direcciones, una para ir en la mañana y otra para unas escenas en la tarde. Tendría mucho dinero en los bolsillos al final del día.

Llegué al primer sitio algo tarde, furioso, pero toda mi rabia desapareció al ver mi compañera de grabación.

—Hola precioso.

¡Era Pearl! Nunca me la había encontrado en el set. Me recordó al instante y se puso muy contenta cuando le conté que llevaba meses trabajando. Charlamos un rato pero el director de turno nos llamó a escena. Me excitó saber lo que venía, yo sabía que la había deseado desde el momento en que la vi en esa cafetería. Fueron escenas maravillosas y me esmeré en demostrarle todo mi agradecimiento, esforzándome en hacer un buen trabajo.

El trabajo se extendió tanto que, cuando terminamos, era más del medio día. Tenía que apresurarme para llegar a la segunda dirección que me habían dado. Le expliqué a Pearl la situación y le pedí su teléfono prometiéndole que, si ella lo deseaba, podríamos ensayar algunas escenas en su casa esa noche, ella rió y lo anotó en un papel que guardé con mucho cuidado.

Abordé un taxi para no llegar tarde. Unos minutos de más y alguien podía tomar mi lugar, lo que no podía permitir pues esa semana tenía que pagar la cuota del acuerdo de pagos que mi madre había firmado para evitar el embargo de la casa. Por fortuna mi hermana prometió dar la mitad.
Llegué justo a tiempo. Conocía al asistente de ese estudio de hace tiempo. Era el mismo que me había llamado esa mañana.

—Casi no llega estrella. Ya lo están esperando. Apúrele.

Leí rápidamente las pocas líneas que tenía que decir y escogí algo de ropa del vestuario que tenían en la casa. Me lo puse todo sin ropa interior, como siempre, y corrí a la sala de la casa, aún apuntándome el pantalón. Mi pareja estaba sentada en la cama. No podía verle la cara, pero de espalda parecía atractiva. Fumaba un cigarrillo y movía la pierna con impaciencia. ¡Que pena con ella hacerla esperar! El asistente se acercó a mi.

—Bueno, ¿listo? Andrea, llegó tu coestrella, ya te puedes calmar.

Se puso de pie con brusquedad.

—¡Ya era hora! Llevo más de cuarenta y cinco minutos aquí sentada y tengo muchas cosas que...

Dejó de hablar apenas me vio. Mi cabeza no podía entender lo que pasaba.

—¡Lo sabía, sabía que aquí había algo raro!—, dijo el asistente soltando una carcajada—. Ustedes se conocen ¿cierto? Cuando lo llamé a usted esta mañana, me di cuenta que era el mismo número que acababa de marcar. Me pareció rarísimo, pero no le dije nada para ver que pasaba. Anoche se quedaron juntos ¿no? Mejor, así tienen bien ensayadita la escena. Ja, ja...

Esto no me lo esperaba. Mi hermana dejó caer el cigarrillo, que se consumía con lentitud en la alfombra. No podíamos movernos, mirándonos fijamente a los ojos.

—Bueno, no parecen muy contentos. ¿Les fue mal anoche? No importa, tienen tiempo de reivindicarse ahora. Señor director, como está —dijo saludando a un hombre que entraba a la sala—. Sus estrellas están listas.

—Perfecto. Estaba temiendo que no llegaras. Ambos están muy bien recomendados y, al parecer nadie los había tenido juntos antes.

—Y ya se conocen, jefe. Esta escena saldrá perfecta.

La boca de mi hermana temblaba. Sabía que apretaba los dientes con fuerza cuando estaba nerviosa. No sentía las piernas, pero estábamos ahí, listos para trabajar. Yo sabía que los dos necesitábamos con desesperación el dinero. Nuestra madre lo necesitaba. Creo que ambos lo entendimos al tiempo, pues ella empezó a caminar hacía la puerta desde donde tenía que entrar a escena y yo me senté en la cama a esperarla, tal como el pequeño guión que había leído unos minutos antes indicaba. No teníamos otra opción que hacer la escena. Los dos sabíamos que no podíamos dejar a mi madre sin su casa o moriría de pena. Mi mente volaba de una cosa a otra cuando escuche el grito, ¡Acción! Ella caminó moviendo sus caderas con picardía, una sonrisa fingida en sus labios mientras decía su parlamento. Yo respondí como un autómata, sin entender las palabras que salían de mi boca. Otra frase de ella y de pronto se sentó en mis piernas. Una última mirada a sus ojos, brillantes por las lágrimas contenidas, antes de cerrarlos mientras nuestros labios se unían en un apasionado beso, cuidando que se viera realista ante las cámaras...
Salí corriendo tan pronto como pude. Cobré y apenas me despedí de los que se cruzaron en mi camino. Por fortuna no me encontré con ella. No podía enfrentarla en ese momento. Varias horas después, caminando por la ciudad, empecé a buscar alguna justificación a lo que había hecho. A lo que habíamos hecho. Pero, para mi sorpresa, mi forma de pensar había cambiado con aquel trabajo y no me fue difícil hallar las razones y, lo que era más extraño, no me parecían descabelladas. Era un trabajo como cualquier otro, necesitábamos el dinero, había que salvar la casa, era sólo un trabajo, no tenía nada de malo hacerlo por dinero, es sólo un trabajo, ella también estaba consiguiendo el dinero honradamente, en ese momento no teníamos otra opción, es sólo un trabajo... sólo un trabajo...

Horas después de mi salida del estudio, el dolor de pies era insoportable; había caminado todo el tiempo sin rumbo y, de un momento para otro y sin saber bien cómo, estaba enfrente de la puerta de mi casa. Estuve varios minutos allí, sin poder moverme, sin sentirme capaz de usar la llave, pero me rendí ante un hecho imposible de negar: no tenía otro sitio a donde ir. Por más que me hubiera acostado con muchas mujeres dentro y fuera del set, ninguna me abriría la puerta a esa hora. Después de todo, sólo eran compañeras del trabajo.

Entré sin hacer ruido. Al parecer mi madre dormía. Subí con cuidado las escaleras y crucé el corredor. La puerta de la habitación de mi hermana estaba entreabierta y no pude evitar la tentación de mirar hacia adentro. No sé que esperaba ver, pero no a ella. Sin embargo allí estaba, dormida. La cobija no la tapaba bien y podía ver parte de su pierna gracias a la tenue luz que entraba por la ventana. Recordé por un segundo mi mano rozando levemente su muslo con mis dedos, apretándolo fuerte un poco después, levantando la falda…

Corrí horrorizado hacia mi cuarto. Pero no porque recordara la escena que habíamos hecho, ni porque recordara con asco el haber hecho el amor con mi hermana, sino porque... la estaba deseando de nuevo. ¡Por Dios! era la mejor, la más excitante con quien lo había hecho delante o detrás de cámara. Mientras hacíamos la escena, por varios segundos olvide quién era ella, quien era la persona que me hacía el amor de aquella manera tan salvaje. Yo me esforcé para que saliera perfecto. Después de todo, ya me podía considerar un profesional en el negocio. Y ella no se había quedado atrás. ¿Cuanto tiempo llevaría trabajando? Tal vez más que yo.

Di vueltas en mi cama algo más de quince minutos sin poder dormir. Sentía un ardor en mi pecho que me ahogaba y que no pude soportar más. Salí al corredor, rumbo a su cuarto; cuando faltaban tres o cuatro metros para alcanzar su puerta, ésta se abrió totalmente. Era ella. Sólo tenía puesta la camiseta larga con el delfín pintado que usaba para dormir. Nos quedamos mirando fijamente, al igual que cuando nos vimos por primera vez en el estudio. El brillo de sus ojos fue suficiente para mí e hizo innecesarias las palabras. Me miró un segundo más y volvió a entrar en su cuarto, mientras yo la seguía y cerraba con seguro la puerta tras de mi.

Entre Joyas - Relatos Eróticos

ENTRE JOYAS
Lilian Patricia Alvarado

Entre la inquietud y la levedad se despierta la carne, despés de mucho tiempo de silencio. Estaba inmóvil, sin poder articular ningún sentir. ¿Castración? ¿Negación? No importa, pronto eso iba a cambiar.

Esa tarde de estudio sentí aceleración de hormonas. La sangre corría más rápido que nunca, la música sonaba como telón de fondo, y a medida que transcurría el tiempo, crecía en mis entrañas un deseo. La imagen de Tatiana se hacía más fuerte y no me dejaba concentrar.

Al fin me levanté de la silla y decidí tomar mi muestrario de joyas y salir a buscar a mi amiga. Había comenzado a vender bisutería para ayudarme con mis gastos, y ella había prometido comprarme algo. Era la excusa perfecta.

La encontré en su apartamento acompañada por el novio. Comencé a mostrarle aretes, collares, gargantillas, y demás ornamentos que llevaba para que escogiera. Ella tenía algo de prisa, así que nos pusimos cita para ese sábado. Nos despedimos con un suave beso en la mejilla.

El sábado en la mañana, Tatiana me llamó a casa y mi corazón se volvió a acelerar. Quería que nos viéramos más temprano. Me llené de dicha y salí corriendo con gran ansiedad. Esta vez estábamos solas en su habitación. Ella se interesaba especialmente en los collares, que yo le ayudaba a colocarse frente al espejo. "Ese te queda muy hermoso". Me estaba enloqueciendo con el roce de su blusa, la visión de los collares entre sus pechos, y le acaricié levemente el ombligo mientras medía el largo de uno de los collares. "Este es perfecto para la ropa que llevas puesta hoy". Ella se detuvo y mantuvo su mirada fija en mis ojos.

—A ti también se te ve muy bien.

Me alcanzó con sus brazos, me rodeó con ellos, "qué bien me siento aquí contigo", y sus dedos bajaron por mis pechos y mi abdomen hasta electrizar mi vulva. Me sentí querida, consentida, mis entrañas explotaron ardientes. Se desbordó toda la magia, fuerza e imaginación de las dos. Ella acarició lentamente mi vulva, penetró con sus dedos en mi vagina, y con la otra mano tomó la mía y la condujo a su propia vagina. Nos acariciamos con ternura, con pasión encendida, rozándonos con intensidad con las manos, estimulando nuestros clítoris, hasta que ella introdujo toda su mano y su alma en mi cuerpo.

Terminamos en la cama en un abrazo pasional, cada una introduciéndose en la vagina de la otra, adornadas con los collares que habían facilitado nuestro acercamiento, sellando nuestro encuentro con nuestros besos.

Un abismo corporal - Relatos Eróticos

UN ABISMO CORPORAL
César Andrés Ramírez G.

“El erotismo es la afirmación de la vida hasta en la muerte”
G. Bataille.

Cuando las acciones eróticas empezaron a desbordar toda lógica, toda lúdica, toda proporción, en un devenir corporal impredecible, la realidad, de pronto, sobrevino ilegible.

Tal vez fue por el ritmo vertiginoso que adquirieron los labios al besar. O tal vez porque la agitación, motivada por mis manos, alcanzó categoría de tormenta. O tal vez, por efecto de las llamas densas e impenetrables de las lámparas en incandescencia que, a cada agitación del aliento, condujeron nuestros órganos por el camino de una nocturnidad hiperreal, casi imposible de describir, quizás porque hubiera sido como ir amasando imágenes que figurarían escombros artificiales, cadáveres postergados, retratos desgatados, ya inútiles.

Lo cierto es, como se dijo, que ante los cuerpos todavía sin cansar, la realidad, de pronto, encegueció. Al cobrar intensidad, la cuota de instinto que yace al interior de toda epidermis humana, acelerada por el combustible del amor, impuso a nuestras almas una rauda seducción similar a la seducción con la cual el abismo atrae a sus víctimas.

Y así, en este enloquecedor ritmo furioso, en el que ya no había nada de terrible e inmoral —pues, como dije, ya no había realidad, ni imaginario— nuestros cuerpos cayeron, aleccionados ante la cantidad de combinaciones íntimas que permite el desencadenamiento deseante.

Cayeron, sin espanto, a ese contexto en deliciosa desolación, decididos a entregarse al erotismo, firmes en continuar con la ceremonia vital hasta el agotamiento de los días. Cayeron, pero envueltos en la transparencia del sigilo, como queriendo salirse del campo de visión del ojo ubicuo de los dioses viscerales.

Cayeron, aunque el desahogo que desmaya apenas si les otorgara tiempo para reaccionar y percibir el temblor que manaba del éxtasis, esos guiños de la locura festiva, esas explosiones que hacen rugir la tierra tanto como los tejidos que crujieron como elementos en desastre.

Sólo se dijo, al final, con certera ironía: “que rico”, con la satisfacción de haber actuado superando toda mueca paralítica, toda ambición privada, todo gesto expresivo de la frialdad, todo cansancio, toda puerilidad moral, toda insistencia en perseguir como norte los principios de malignidad del deseo.

Pero hay que decir que, con todo, al final de este itinerario que obnubila los ojos, no nos encontramos más que con las consecuencias de los acontecimientos que comienzan con un abrazo fervoroso.

Sueños Húmedos - Relatos Eróticos

SUEÑOS HUMEDOS
Ivonne Rodríguez

Decidió una noche, mientras recordaba a Helena, que comenzaba a amarla. En el vidrio humedo, a través de la noche, se reflejaba su figura desnuda dispuesta a ir a la cama. Su mirada atrapada en la noche, sus pensamientos encerrados en Helena, sus manos dibujando su cuerpo, su expresión poco a poco más turbia. La ventana daba a la noche, a la ciudad, tal vez a la nada o a algún observador, eso no importaba. Sus pensamientos cada vez la acercan más a ella. Es tan bella, piensa, mientras sus manos rodean sus pezones. Sus ojos negros, su cabello largo y lo tierno de sus palabras. Si, definitivamente era ella el amor que habia buscado, el amor más esperado. Por fin lo habia encontrado.

El incieso hacía que su respiración fuera profunda, mas el temblor que poco a poco atrapaba su cuerpo le erizaba la piel, le calentaba las manos mientras su vagina se encendía, más húmeda, más ardiente. Se tiró a la cama, ahora su sombra se proyectaba al techo a razón de las velas que había dispuesto. Todo era un ritual sin serlo. Era la primera vez que se descubría amándola, amando a una mujer con la sensualidad expuesta, con la definición de su figura en sus pensamientos. Todo era ella, una mujer hermosa, encendida de pasión. Ya no importaban sus pensamientos que moribundos reclamaban lo extraño de esta pasión. Todo se sofocaba en lo caliente, en lo húmedo, en lo exótico, en la experiencia nunca antes vivida y por primera vez permitida. El contacto con la colcha de lana fina exitó aún más su piel. Ahora sus manos recorrian con suavidad su dorso, mientras su boca reseca pasaba saliba refrescando su infierno. Su mano ahora jugaba con su bello haciendo círculos en espiral. Su cuerpo temblaba de deseo. Lamió su mano, la llenó de saliva y con ella dibujó su clitoris. Ella sí sabía cómo hacerlo. Su dedo entró lentamente y pensaba que esa misma sensación de carnes cálidas, de masajes intesos, era lo que a los hombres enloquecía. Pero hoy era ella. Sólo ella consigo misma, imaginando cómo sería ser amada de ésta forma. Sin darse cuenta comenzó a revolcarse en la cama. Su mente volaba mientras su cuerpo gravitaba. Cada vez con más fuerza, cada vez con más sutileza. Una fuerte vibración que iniciaba en su vagina y recorría su pecho hasta el cuello, la enloquecía. Dio bruscamente media vuelta y quedó boca abajo. Se arrastraba sobre la colcha, arrugándola haciendo bultos que la exitaban, que la encoquecían. Buscó de nuevo sus dedos. Ahora serían dos los que entrarían a su vagina. Ahora la sensación sería mas fuerte. Mientras tanto, su otra mano recorría su cabello, su boca, su senos, su pezones. Su cara rosada, plena, su expresión pícara se descubría a si misma. Había llegado al clímax pero quería más.

Cuando por fin abrió los ojos, allí estaba Helena, temblando desnuda. Helena, Helena, repitió en silencio, mientras su lengua penetraba en su boca, mientras sus manos rodearon su cuerpo, mientras sus dedos entraron al cuerpo ajeno, al cuerpo amado. Helena era ahora quien jadeaba. Se abrazaron, se besaron locas de pasión, se lamieron, sus lenguas penetraron en sus vaginas, el temblor ahora era uno solo en sus cuerpos. No sabían si gritar, si lamer, si acariciar, si sentir lo húmedo, cálido y complaciente de sus dedos en sus vaginas, o tan siquiera disfrutar estupefactas ante tantas sensanciones desbordadas. Helena la miró con su característica dulzura, como siempre la recordaba. Su expresión confusa, su respiración entrecortada, su ojos con lágrimas pero radiantes, su piel desnuda. Así comprendió que no seria la misma. Tuvo temor, pero la sensación intensa dibujaba nuevamente en su mente a su amada Helena. El silencio, su compañía. Su sombra el único testigo. La luz de las velas, su unica verdad, todo el resto era imposible de comprender, de entender.

Sólo Sonido - Relatos Eróticos

SÓLO SONIDO
Carlos Alberto Zea

Flaccidez, estrechez, frigidez. Todo lo que lograron a lo largo de la noche fue tocarse. No paso nada. Nada de nada; o al menos nada de aquello. Una vez en la sala, luego de enseñarle su equipo, de sonido. De alardear un poco con su gran colección: baladas comerciales, rock industrial y algo de cámara, el galán se dio a la tarea de seducirla. Antes, por si acaso, exhibió un CD de vallenatos.

La niña fingía interés en los grupos y todo lo que el galán le decía acerca de las historias y los premios, mas como él, todo lo que deseaba era un buen polvo, y rapidito, es decir, que se diera prisa, sin rodeos; por si no se daba cuenta, no hacia falta. Pero el galán no podía saltarse los pasos. Sus opciones se reducían a las de un partido profesional; empatar, ganar o perder. No importa el resultado, antes había que izar el pabellón, cantando el himno nacional.

Niña era espléndida. Sus proporciones rebasaban los límites de las manos, y si te quedabas mirándola desde la punta de la nariz, podías sentir aquella fuerza concentrándose en su rostro y sin saber por qué imaginabas su culo. Es lo que se dice una mujer sugestiva, de esas que con cada gesto parece retarte. Galán, por su parte, no pasaba de su cara bonita y cuerpo de boxeador, para estos casos todo lo que busca es una niña.

Cerca de sus ojos soltó un par de palabras sutiles, algo así como...

—¿Estas bien?

—Si —contestó ella.

—¿Cómoda?—, insistió.

—Sí —respondió.

—Ahh.

—Umm.

Niña ya había cruzado las piernas veinte veces, mostrándole sus ligueros sin tangas, dejando ver el perfecto triangulo que había diseñado en su pubis, encima de la raja, que ya estaba húmeda y humeante. Había pasado sus manos por el cabello en forma provocativa, bajándolas explícitamente por sus tetas, pero a galán nada parecía hacerlo reaccionar. Su fama de perro bien comprobada lo salvaban de pasar por marica, pero ya niña parecía dudarlo.

Galán tampoco podía creerlo; no se le paraba. Su chimba se estremecía con cada movimiento de niña, la sentía, la verga, hinchada de sangre, lista para la acción, hasta hubo un momento en que sintió eso que se siente cuando se va a llegar, su semen a punto de salir, pero pasaba la muñeca disimuladamente, por su bien disimulado bulto, comprobando que solo era un pedazo de carne a medio despertar.

Niña empezó a decaer, de imaginarse su enorme pene apretado entre sus labios, subiendo y bajando desde el glande hasta las güevas, pasó a vislumbrase acariciando su pelo, dándole besitos de pesar al oído, eso les pasa a todos galancito… ya los dedos entrando a su cuca se sentían de ginecólogo jubilado. De tal modo que lo que antes era lujuria se había convertido en compasión.

Galancito no podía permitirse una risa burlona acompañada de ojos incrédulos al contemplar sus ruinas, menos conociendo los alcances de la lengua de niña, no la libidinosa, si no la chismosa claro, la viperina. Era de suponerse que lo contaría todo a la primera oportunidad, que junto con sus futuras oportunidades se irían a la mierda. Así que se decidió por bajar primero, haber si desde aquellas profundidades su imaginación ayudada de los gemidos de niña lograba sacarlo del letargo.

Niñita se secó, pero no se asustó, ni le importo si quiera, ese ya no era su problema. Mientras pobre galán hacia uso de lo único que a esas alturas podía tener duro, dándoselas de creativo, lamiendo aquí y luego allá, pasando del clítoris a los labios, en círculos, de arriba abajo, variando el ritmo, impotente también, de sacarle un solo gritito, ni de fastidio galancito…

Galán, galán, ¿qué diablos pasa galán? Al menos algo se agitaba y vergüenza parecía despertar, se subió de una y arremetió, pero no entro, nada dilataba, entre tanto ella se tocaba un pezón aburridamente mientras miraba el amoblado, los libros de la biblioteca, la tele, el equipo, hasta fijar la mirada en los viejos casetes de betamax, y los títulos indecentes, gargantas y vergas y chochos y culos y tetas y cachondeo galán; ¡sí por allí hubiésemos empezado!

Qué Sacrificio Llegar hasta Acá - Relatos Eróticos

¡QUE SACRIFICIO LLEGAR HASTA ACÁ!
Juan Carlos Rondón

Qué sacrifico llegar hasta acá. Abrir la puerta de mi cuarto sin que suene el menor ruido y después la de la terraza. Salir y caminar mucho más suave para no alarmar a los perros de los vecinos y en cuanto se encuentra la pared, de un brinco colgarme de aquel tubo fiel a mi peso para poder pasarla.

Eso era la parte más difícil, ahora bien, sabía que la luz de ella estaba prendida. Lo había visto con anterioridad, sólo era cuestión de acercase un poco al punto en que su habitación quedara al lado mío y así divisar por una pequeña ranura todo su cuarto. Claro, yo me las arregle para que este agujero fuera solamente mío, cuando por casualidades de la vida le piden un favor al vecino. Ahora dirán: ¿Tanto tramo para qué? Pues después de tal sacrificio, la gloria. Hoy tenía compañía. No estaba sola como muchas veces lo estaba. Él era más joven que ella aunque mucho más grande, además sabía lo que tenía que hacer por la forma como la miraba.

Ella se sentó en su cama, mirándolo con picardía, mientras él con unos movimientos insinuantes desabrochaba su camisa. Movía sus piernas abriéndolas y cerrándolas, igual que esas cantinas del viejo oeste con sus puertas de vaivén, que invitan a entrar y perderse en su interior.

Sus medias veladas comenzaron a bajar por sus colosales piernas. Su negra falda se subió hasta dejar ver sus bragas mientras él, cual gran cañón, empezaba a posar su gran miembro ante la mirada deseosa de ella. La blusa quedó en el suelo y su lencería estaba ante él y ante mí.

Como era de esperar, los dos en gestos de asombro y admiración contemplamos su hermoso cuerpo canela. De pronto, en un movimiento voraz, ella trae a nuestro amigo con sus manos hasta su ser. Baja de un sopetón sus interiores y se lleva el crecido cañón a su boca. El gesto de satisfacción de él me lo simplifica todo. Cual serpiente se engulló este pedazo de carne de un solo bocado, sin embargo no lo traga. Con su boca lo chupaba con tal satisfacción que pareciera que no lo quisiera soltar nunca. Luego lo lame con suavidad disfrutando cada parte erguida de su miembro y en eso, ella envía su mano hasta su ombligo y desde ahí empieza a deslizarla hasta pasar por debajo de sus preciosos calzones negros, acariciando su vagina con sus dedos afanosamente.

El calor se siente dentro y fuera del cuarto. Ella baja sus bragas y se tiende en su cama. Él rápidamente se incorpora después de tan agradable experiencia. Un poco atónito claro, pero sabe que ahora le toca a ella.

Coge su miembro con sus manos y lo dirige en el sentido de aquella cavidad tan anhelada, pero él no lo introduce como sus sentidos se lo indican. Se lo pasa por todo su cuerpo desnudo, como si quisiera que cada parte de ella lo deseara intensamente, a lo que en un par de segundos ella le empieza a clamar:

—Ya, ya, ya, no juegues tanto y métemelo ya, lo quiero sentir ya, métemelo ya, ya…

Qué buena reacción, pienso yo, dejar a esta mujer en el punto en que desea su pene con todas las fuerzas que tiene en ese momento; pero nuestro amigo se para frente de ella y le dice:
—Está bien, pero creo que hoy no será, otro día.

"¡Cómo!", pienso. "Qué acababa de hacer este idiota, no lo puedo creer", y lo peor es que ella tampoco.

¡Excelente sesión en Black María!

Este sábado 27 de mayo, el taller de ensayo y cuento "En la Inmunda" se reunió en la Escuela de Cine "Black María" y vivió una de sus mejores sesiones, gracias a la amable invitación de Augusto Bernal Jiménez, Director de la Corporación para las Artes Audiovisuales Black María, que nos facilitó el espacio y nos deleitó con la proyección de la película 9 songs, ganadora del premio del jurado "Mejor Cinematografía" en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, escrita y dirigida en 2004 por Michael Winterbottom y protagonizada por Kieran O'Brien (Matt) y Margo Stilley (Lisa).

En esta ocasión, tuvimos además el honor de contar con la presencia del maestro Isaías Peña Gutiérrez, Director del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central; escritor, investigador, crítico literario, y figura fundamental en el desarrollo y la promoción de la creación literaria en Colombia a través de espacios como el Taller de Escritores de la Universidad Central, al que pertenecieron Alex Acevedo y Néstor Pedraza, dos de los coordinadores del taller "En la Inmunda", y que hoy existe como postgrado en creación literaria (pronto a ser transformado en magíster con una duración de dos años).

También contamos con la presencia del comunicador y escritor Oscar Godoy Barbosa, Coordinador Académico del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central.

Alex Acevedo nos introdujo al mundo del manejo de la sexualidad en la literatura y la influencia del comercio, la censura y el cine como actores fundamentales en la masificación del porno y la decadencia de las letras como vehículo de excitación. Luego, pudimos disfrutar de su lectura de "Vida y Muerte de Cuatro Camarones", un bellísimo mazacote entre ensayo, cuento y crónica.
Después de ver la película, leímos los textos cyberpunk de los talleristas, y dejamos como tarea para la próxima sesión, escribir un texto en el que se maneje la sexualidad de forma explícita.
A continuación, publicamos los textos de los talleristas.

martes 30 de mayo de 2006

Liz Binaria, el Webmaster Inestable y la Inmortalidad en General - Relatos Cyberpunk

El siguiente cuento fue escrito por Alex Acevedo como continuación del relato El Mercado de Invierno, de William Gibson, publicado en su totalidad en nuestro Blog principal. También puede encontrarse en nuestro Blog un "deshuese" del relato de Gibson.



LIZ BINARIA, EL WEBMASTER INESTABLE Y LA INMORTALIDAD EN GENERAL
Alex Acevedo

Había pasado casi un mes esperándola ver aparecer de nuevo, lo que significa que un precioso mes de mi vida se había desmenuzado por la pura y simple angustia de lo que estaba por venir. Como si hubiera pasado esos extensos treinta días consagrado a escribir una historia llena de truculencias, quemando mis manos con cada palabra incandescente que iba ensamblando a punta de yunque y martillo, para al término de la espera y la fatiga borrar el archivo con un simple clic. Un mes, repasando y repisando cada segundo en su lento transcurrir, mientras elevaba un ostentoso fuerte alrededor de mí, bloque a bloque, para luego, al cabo del calendario, echarlo abajo con certero pastorejo y quedarme mirando sólo una enorme nube de polvo.

Así, los días que pasaron entre la última vez que la vi de verdad en “El Seto” —sus manos pequeñas bajo una nubosa luz púrpura— y el momento en que sonó su nueva voz por el auricular, desaparecieron de mis registros con la misma higiene con que uno mueve hacia abajo el mecanismo de desagüe de un inodoro. Trataba de pegarme al mundo, es cierto, trataba de concentrarme en la edición de “Las Manos de Orlac”, un remake que soñaba un tipo gris, un calvo medio neurótico que algunos consideraban genial y otros sólo un oportunista preciso. Trataba también de suspender la espera con unos mililitros de algo candente bajando por mi esófago, noche tras noche, pero el furibundo magnetismo de volver a escucharla me postraba. Y pensé que el tiempo era circular, que retornaba por fin a otra edad en que me paralizaba de miedo la posibilidad de recibir la llamada de una mujer a la que ansiaba con circunvoluciones delirantes. El teléfono —ese aparato negro, enorme, con un disco y diez números— me mantenía girando a su alrededor al estilo que adoraban las masas planetarias más grandes con unas tristes manotadas de polvo.

—Se siente bien estar aquí— fueron sus primeras palabras, y en su voz noté el esfuerzo que hacía por parecer la misma, como si estuviera imitando su propia voz, la que emitían sus cuerdas vocales antes, cuando todavía estaba viva.

Y para mí era un alivio, había terminado la insoportable densidad de la espera, se había evaporado la terrible masa gris en que flotaba y en la que un simple parpadeo me costaba un dolor de mil agujas lentas y certeras. Esa noche acababa de entrar al apartamento, y ya iba atravesando el corredor rumbo a la habitación, cuando timbró el teléfono y toda la piel se me erizó ante la certeza de que era Liz; por fin. ¡Por fin! La espera había terminado. La angustia del tiempo inmóvil había explotado de repente en cientos de esquirlas, miles de chispas.

Su voz escapó del auricular para inundar en torrente todo el sistema cuadrafónico del apartamento; una inundación que corre a toda prisa por campos y pueblos dejando sólo fango y silencio, cadáveres flotando.

—A veces siento frío y dolor de oído— continuó ella con un dejo de nostalgia mal encubierta —. Raro, ¿verdad?

Yo suponía que Liz estaba proyectando alguna imagen suya sobre las paredes de la sala, a lo mejor sobre el vidrio panorámico del balcón, pero me negaba a levantar los ojos para buscarla. Y mientras sonaba la estática por un silencio que había florecido de repente, yo luchaba cuerpo a cuerpo contra las objeciones, amordazaba mi mente, le hacía una de esas llaves de judo que postran y no permiten que el contrincante respire. Tras una tos quizás fingida, me repitió que se sentía muy bien, que no extrañaba su cuerpo ni las cosas sólidas, y aunque las sensaciones táctiles le resultaban arrolladoras y los colores mucho más decisivos, lo demás era casi lo mismo de antes. Yo sudaba, una punzada tibia me tenía vibrando la columna vertebral, y me decía tratando de creerlo: “Ya no es igual. Liz ya no es igual. Atreverme a seguir con ella ahora equivale a matar millones y millones de las escasas neuronas que me quedan. No puedo, no debo, no puedo, no vale la pena. No puedo darme el lujo de mantenerla en la red. Sé que me necesita, sé que sin mi ayuda tarde o temprano va a agotar su crédito y la van a borrar, pero no puedo, no puedo aceptar ese sacrificio. Va más allá de mis fuerzas. Y además no es igual, ya no es lo mismo”.

Es cierto que había otros editores, con seguridad mucho más talentosos que yo, pero los dos habíamos llegado a la certeza de una irrompible ligazón siamesa. Bueno, es una forma enrevesada de llamar al éxito, al éxito monetario, porque lo que de verdad generamos con nuestra comunión no fue “el amor de la vida” o cualquiera de esos sofismas vaporosos que enciende a veces el contacto visceral de una mujer con un hombre, sino plata, mucha plata, un montón increíble de dinero para mucha gente. Por eso también mi miedo, mi reticencia, mi silencio durante esa primera llamada que me hizo desde el espejo Omega. Puesto que el éxito contante y sonante se había producido al entrar en contacto dos cuerpos y dos mentes, y ahora en cambio…

Cuando colgó, fui hasta la cocina y esculqué la estantería en busca de un enorme cilindro de wizz que había reservado para este momento. Abrí las ventanas de la sala de par en par y un viento helado irrumpió por toda la estancia. Me acosté en el piso y, con las manos todavía gelatinosas, me acerqué la válvula del cilindro a la boca. No recuerdo nada más. Liz me había vuelto a llamar. Existía, todavía, aunque de un modo distinto, y si había logrado sobrevivir a ella cuando empezamos a trabajar juntos, cuando todavía estaba viva, ahora era ciento por ciento seguro que las cosas serían distintas.


*-*

—Creo que no— le dije mascando cada palabra entre los dientes, como un chicle ya sin sabor, y dejé los trodos sobre la mesa, derrotado. —No puedo. Es eso. Es solamente eso. Así de simple. Lo he estado pensando todos estos días, desde que me llamaste, y prefiero que no. Mi cabeza no aguanta. No va a poder aguantar.

Liz no lo esperaba; la noticia le fluyó encima como un gigantesco chorro de agua fresca del Ártico. Vaciló buscando un buen comienzo para el contraataque, y luego llovió sobre mí su artillería más pesada:

—Sólo porque por primera vez, por esta única vez en tu vida, vas a sentir cosas reales. Sólo porque después de haber desperdiciado tu vida entera en tratos imperfectos con cuerpos para ganar sólo fluidos pegachentos y nostalgia… Ahora te cagas del susto. Me emputa, me emputa mucho esta actitud tuya, ahora. Y no es tanto por mí, sino sobre todo por ti, por lo que estás a punto de perder. Ya sé que también yo lo necesito. Es que no puedo negar que…”

Miré los trodos al alcance de mi mano: el portón inmenso del cielo al alcance de mis dedos. Repetí para mí que no era justo, que estaba claramente en desventaja contra Liz, que llevaba todas las de perder.

—Sí, sí, no digo que no tienes razón, pero también hay más editores—, y le di la espalda. —El mundo está lleno de editores, editores para los que sería el sueño de su vida trabajar contigo. Yo…

En ese momento apareció la cara arrugada del Webmaster sobre el muro de la sala para informar: “En tres segundos el espejo Índigo entrará en hibernación. Si quiere seguir a la espera, pulse ahora “Enter”. Si quiere saltar al espejo Nova, teclee “Alt F9”. Si quiere cancelar definitivamente la cópula, pulse “Refrescar”.

Sobre el techo se iluminó el abdomen desnudo de Liz, en baja resolución, y no dijo nada más, como si el hecho de mostrarse en 24 bits diera a entender que estaba súper emputada, pero no iba a ceder. Ya le conocía esas audacias, ese modo de no cejar hasta conseguir lo que se había propuesto. Quizás llegara al extremo de utilizar al Webmaster para que él mismo me extorsionara diciéndome que los 832 Gigas que ocupaba Liz estaban a punto de ser formateados si no cancelaba en el lapso de una semana la suma vencida.


*-*

“¿Qué significa no tener cuerpo?”, pensé. “¿Qué significa llevar a un laboratorio en la red esa invención de tantos filósofos y teólogos que se rompieron la cabeza hace tantos años maquinando la distinción entre materia y alma, entre apariencia y realidad, entre cuerpo y mente?”.

Después de que se interrumpió la cópula con Liz esa noche, duré hasta la madrugada imaginando mil cosas, el resumen de la historia de la filosofía y la teología. “¿Qué significa no tener cuerpo? ¿Significa algo? ¿Significa incluso algo más para una mujer que para un hombre?”. Y pensé en la felicidad que representaría para Liz prescindir de ese maremagnum de células que hacían de sus días un fastidio. Su sangre cada mes. La dificultad de su intestino para procesar los alimentos. Su rostro con ojeras frente al espejo. La congestión de su nariz cuando se resfriaba. El ingobernable dolor de cabeza que le sobrevenía después de las largas jornadas en que yo editaba sus sueños. También adiviné en Liz un cambio radical, como si con su nueva existencia en la red hubiera tenido que reacomodar todo lo que le habían inculcado acerca de la reproducción. Ahora era absolutamente estéril. Se había desvanecido para siempre la ilusión de poder generar otra vida.

¿Significa algo realmente, significa algo el placer del cuerpo cuando ya no hay, cuando ya solamente te reduces a un montón de ceros y unos que se apertrechan en un servidor que no ocupa ningún lugar en el espacio físico?

Un amigo me había contado una vez la anécdota de un gourmet de café que había sufrido una enfermedad degenerativa del gusto, y un buen día, tratando de seguir viviendo de su profesión, después de que era capaz de distinguir un café orgánico Sierra Nevada de un café común Sierra Nevada, había pasado por la pena de dictaminar un excelente grano de Vietnam cuando le habían dado a probar un té. El gourmet había sospechado la trampa, pero su memoria se encontraba en ceros, y había decidido en esa ocasión acabar con su carrera, defenestrarse de esa buena vez en la verdad de que carecer del sentido del gusto significaba tener la memoria vacía. ¿Y Liz? ¿La memoria de Liz? ¿Sería lo mismo?

Liz decía que vivía como Gregorio Samsa cuando era un escarabajo, es decir que su cuerpo era una mierda porque necesitaba ese exoesqueleto para poder perdurar, y que yo podía liberarla de ese tormento con sólo quererlo. Me habló de la pesadilla de su infancia rodeada de niños sonrosados y sudorosos que no necesitaban del caparazón para mantener el ritmo cardíaco constante. Los veía deslizarse felices por un trozo de lámina de metal, mientras ella permanecía parada detrás de un árbol, escondida para que los demás no le preguntaran a sus padres, para que no la invitaran. “¿Por qué esa niña tiene eso en la espalda? ¿Quieres columpiarte con nosotros? ¿Por que no puede ella columpiarse con eso en la espalda? ¿Vienes a saltar la cuerda? ¿Por qué se ve triste?”. Y me habló también de su adolescencia, de cuando unos tipos se hicieron un caparazón de cartón y le propusieron ir esa noche a “El Seto”, ahogados de risa, diciendo que era carnaval, muertos de risa, diciendo que también había oportunidades para los insectos, cagados de la puta risa.

Liz tenía la certeza de que si yo editaba sus sueños, íbamos a crear una obra que se vendería como la Coca Cola o los preservativos, y que con esa plata ella pagaría un espacio donde durar dignamente y yo me convertiría en un genio inalcanzable, todos los sueños puestos mi disposición, los del simple inyector con sus turnos de catorce horas diarias y los del magnate que vivía en Ganímedes. Nunca mencionaba mis costos, lo que yo iba a tener que pagar. Me limitaba a inhalar wizz día y noche, pero ya desde entonces sabía, mientras decidía si podía o no, si debía o no, que trabajar juntos, editar sus sueños, sería sólo la cuota inicial de mi ruina definitiva. Aunque desde entonces, también, se me llenaba la garganta de saliva por la curiosidad, por experimentar lo que sería, lo que sentiría yo al entrar en contacto íntimo y radical con alguien tan extraño, con una mujer que decía que vivía como Gregorio Samsa.

—Imagina —decía ella antes de mi decisión, clavándome su mirada como quien ensarta un tenedor en un pedazo tierno de lomo recién asado— que en lugar de exoesqueleto, tengo sólo un tumor, digamos un tumor benigno que me permite ver las cosas de otro modo. Imagina que es una sensibilidad especial, no una cubierta de resina superexpándex llena de cables. Digamos un órgano adicional, un órgano que no tienen los demás y que me deja percibir realidades que los demás no ven. Imagina mis sueños. Imagina que puedes manipular mis sueños, convertir lo que siento y lo que pienso en fajos y más fajos de billetes. Imagina que ese órgano me permite entender la estruendosa tragedia que ocurre cuando una hoja seca se desprende de un árbol, o cuando una mosca con su visión de panorámica excepcional se estrella contra un vidrio tramposo, o cuando una simple mota de polvo es removida de su hogar en la superficie de una cornisa. Imagina que conoces todos mis secretos, y me puedes beber y degustar y pasear y desarmar y deglutir y asimilar y reconstruir y volver a vivir a partir de mí. Imagina....

Y cuando por fin habíamos llegado al borde del abismo, cuando nuestra obra se exhibía en todas las vitrinas como “El sueño de la temporada. Inolvidable. Demoledor. El culmen de la delicia”, y el reguero de ceros de su crédito le había permitido instalarse desnuda, sin el caparazón y sus extremidades, a todo confort en un servidor prohibitivo, esa noche, justamente esa noche, cuando yo podía saciar por fin mi curiosidad, había optado por oprimir “Refrescar” con estos dedos que no paran de temblar.


*-*

El Webmaster me advierte que estoy secuenciando mal el código de acceso a Liz. No entiendo a qué se refiere. Veo los trodos sobre la mesa y mi mente hace contorsiones que desgarran en su afán por conseguir que estas putas manos acaten la orden de apresar de nuevo esos conectores de aluminio como si fueran el flotador que necesita un tipo que se ahoga. Pero no puedo. Mis manos están muertas. Son apenas la extensión superflua de un aparato oxidado que no recuerda para qué sirve. El Webmaster anuncia que hay inestabilidad en la red y me ordena “Reintentar”. ¿Qué es “Reintentar”? ¿Volver a empezar desde cero? ¿Hacer como si uno no conociera a alguien, hacer como si esa persona en la cual uno depositó toda su confianza y todas sus ilusiones fuera una simple extraña a quien hay que saludar “mucho gusto”, o “qué bueno verte”? Los trodos prometen algo que no alcanzo a descifrar. Estoy tendido sobre un piso de latón como si hubiera agotado toda mi reserva de wizz de una sola inhalación. Trato de orientarme. Recordar dónde estoy, cómo llegué aquí, por qué me cuesta tanto producir una idea de movimiento, por qué mi cuerpo abomina la obediencia. Hay unos trodos justo encima de la mesa. Brillan. Relucen como si fueran una llave que abre los portones de la eternidad, la inmortalidad, y ¿qué es la inmortalidad? ¿”Reintentar”?

Ahora el Webmaster anuncia que se ha generado otra ola de inestabilidad en la red, y que Liz continúa esperando mi respuesta. ¿Cuál? ¿Cuál, si casi no puedo respirar, si estoy con los ojos cerrados y aún así sigo viendo unos trodos que me llaman y me prometen una secuencia que no sé a dónde me va a llevar? ¿Más placer? ¿Puedo acaso albergar más placer? ¿No estoy ya ahíto de placer? Me parece como si estuviera tan lleno ahora, tan absurdamente repleto, que ni siquiera me creo capaz de permitir la entrada del poco aire que me reclaman los almohadones que tengo en el pecho. ¿El pecho? No siento mi carne, no puedo tener pecho, ni pulmones, no necesito respirar.

El Webmaster repite que va en ascenso la cresta de inestabilidad en la red, y le ordena a Liz que deje de enviar código fatal, o será cerrado de inmediato su puerto. ¿No es acaso placer, el placer más prístino lo que intenta transmitirme Liz? ¿Un chorro veloz de números húmedos que no cabe ya dentro de mí y se empieza a esparcir quizás por todos los corredores de la red? ¿Como un volcán, o una arteria rota, o un simple gemido huérfano?

Consigo por fin despegar los párpados durante un breve instante, apenas lo necesario para distinguir sobre la pared la locura del Webmaster pinchando y pinchando transacciones en un intento desesperado por desconectar a Liz, por frenar el crecimiento exponencial del placer, o de lo que yo en mi desolación identifico con el placer. Y vuelvo a quedar exhausto, ciego, congelado en mi miseria.

Una alerta de seguridad notifica que el espejo Índigo acaba de colapsar dejando sin servicio por lo menos a trescientos millones de usuarios. La furia del Webmaster se desborda. Por medio de un vozarrón 5.1 intravenoso me informa que tramitará un serpentín para acusarme de “Saboteo en la red con dolo y perjurio”; que me olvide de mi carrera, mi crédito y mis visas en la red. “¡Es Liz! ¡Es Liz!”, quisiera defenderme ante el Webmaster, pero las palabras se me desperdigan en alguna parte del cerebro apenas las concibo, y de mi boca no sale nada distinto que un delgado hilo de baba caliente, amarga.

Un corrientazo fulminante me hace saltar sobre el piso, y pierdo la conciencia. Cuando recupero el ritmo espontáneo de mis latidos, tengo frente a mí el rostro inexpresivo de Liz. Estamos en “El Seto”. Tengo un vaso vacío en la mano. Bajo una débil luz púrpura, el barman limpia la barra con una mano cansada y un trapo percudido. Debemos estar bordeando la hora de cierre. Ella dice que todo va a salir bien, que nos veremos en un mes o menos, y entonces va a permitirme manipular sus sueños más raros, la pura materia prima de sus sueños. Voy a llegar hasta donde ningún editor ha podido ni siquiera acercarse. Dice que me va a dejar sólo para mí un sueño ya lejano en que ella descifra con escalpelo un jeroglífico oculto en algún recoveco de la red, cerca de las peludas axilas del Webmaster.

Una Chispa en Medio del Incendio - Relatos Cyberpunk

UNA CHISPA EN MEDIO DEL INCENDIO
Néstor Pedraza

Se sentó en la butaca de madera con una cerveza y un cigarrillo. Era una de las últimas tiendas de rockola y orinal donde podía beberse cerveza. Sentado junto a la ventana de pequeños vidrios rectangulares, apuró una aspirada y un sorbo y miró hacia arriba: la espesa capa de smog ocre brillaba al reflejar el resplandor del alumbrado público. La ciudad parecía cubierta por un domo de cobre oxidado, un enorme domo que mantendría aislada la podredumbre interna. Internos todos, prisioneros de su civilidad, de su progreso.

Afuera la gente se apiñaba en los deslizadores magnéticos públicos, era la hora de salida de los oficinistas. Adentro, sonaba un tema de los Visconti, mientras dos ancianos apostaban sus monedas en una partida de baraja española.

Por fin llegó, el techo de la tienda era bajo y debió agachar la cabeza. Se sentó a su mesa tras un breve saludo. La dependiente les llevó dos botellas ámbar. El otro había puesto sobre la mesa una carpeta como si nada, como si ese cartón lleno de papeles no fuera el centro de su existencia en ese instante.

El otro abrió por fin la carpeta, ceremonial. Un grupo de antimotines con la armadura negra típica de las Fuerzas Pacificadoras Especiales pasó rápidamente frente a la ventana. Era un grupo grande, la ciudad estaba candente desde lo de Chocontá. Él alcanzó a dibujar una perla de sudor en su sien, el otro permaneció impávido.

—No les gustó. Dijeron que era innecesariamente riesgoso. Pendejos.

Él se limpió la frente, sabía que el otro lo iba a meter en un lío gordo, y que él no iba a negársele. Por un momento le hizo gracia verlo ahí, robusto, enorme, en esa butaca pequeñita.

—Usted y yo vamos a llevar a cabo la operación. Me importa un culo que no la hayan aprobado, que no hayan asignado los recursos necesarios. Usted y yo nos bastamos para esta joda.

¿Cómo contradecirlo? Se le había dicho hasta la saciedad que había que quedarse quieto hasta que hubiera calma. La gente estaba muy alborotada por la incursión del ejército en Chocontá. Los medios de comunicación habían hecho todo a su alcance por suavizar la situación, desvirtuar los hechos, trivializar el desastre. Si no, la ciudad entera estaría en llamas.

El otro lo miró fijo, “esta misma noche, usted está listo, ¿no?” Sí, tenía un modelo tridimensional completo del edificio del Comando Unificado de las Fuerzas de Paz grabado en su cerebro, con tiempos, accesos, vías alternas. La operación debía ser limpia: dos granadas electromagnéticas les darían ciento cuarenta y cinco segundos exactos para saltar de sus posiciones en los tubos de ventilación, llevarse a Margarita, la perra mascota y la vida entera del general Máximo Porras, y desaparecer por el tubo de desechos sólidos. La salida del parqueadero subterráneo sería la parte más difícil, esperaban poder aprovechar el servicio de recolección de basuras para cubrir su fuga; si no, la cosa no sería tan limpia.

Margarita despellejada debía amanecer colgada del cuello frente a Palacio, y dar así la señal que desataría el caos y la barbarie de las pandillas armadas y los carteles del tráfico de órganos. Pero claro, al otro se le ocurrió la brillante idea de no sólo llevarse a Margarita, sino dejar en su lugar treinta y cinco kilos de TriDiasfozal líquido, explosivo inestable que reacciona con el aire y que sólo les daría alrededor de veinte segundos para desaparecer por el tubo de desperdicios y dejar tras de sí la destrucción total del piso catorce. Para los líderes de las Llaves Blancas era absurdo arriesgar así a los pocos hombres entrenados y calificados que tenían en sus filas. Y ahora, para colmo, había pasado lo de Chocontá y la gente había salido a las calles a enfrentarse a cuchillo y pistola con los rifles de plasma oficiales.

—Es perfecto —, dijo el otro. —Los tombos están ocupados con el mierdero que ellos mismos armaron, eso nos facilitará las cosas.

La cuenta iba en unos quinientos muertos, contando los setenta niños que cayeron con sus madres en la batida que organizó el general Porras por órdenes directas de Palacio. Chocontá, la “ciudad refugio” donde las familias de los presos políticos eran “protegidas” de “posibles ataques de la población”, se había convertido en campo santo para presionar la rendición de dos de los grupos rebeldes más poderosos del territorio. Por supuesto, esto no afectaba a las Llaves Blancas, que hasta ahora se habían mostrado como un grupúsculo de terroristas sin brújula y sin mayor poder. Lo de Margarita y las consecuentes acciones de sus aliados, serían al fin su consolidación. Y esa demostración de poder les permitiría conseguir la financiación que hacía dos años venían negociando con los Comandos Aguafuerte, que controlaban la venta de arios como esclavos sexuales en Madagascar, y tenían dinero de sobra para sacar a las Llaves Blancas del anonimato.

Él observó hacia la calle, una niña en su uniforme de colegio, con su diminuta falda escocesa, le cortó el aliento. El otro terminó su cerveza de un golpe.

—Vamos por el explosivo, y luego a hacer historia.

Era una perfecta estupidez. No sólo arriesgaban el pellejo (de hecho, él no estaba contando con salir vivo de esa), sino que además, los iban a perseguir los Llaves Blancas hasta el infierno mismo para ajustarles cuentas, y con razón. En medio de la guerra callejera que se había armado por lo de Chocontá, nadie iba a notar lo de Margarita y sus consecuencias, todo parecería ser parte de un mismo evento, y cuando las Pacificadoras pusieran de nuevo la ciudad en cintura, nadie sabría nada de las Llaves Blancas, se habría perdido el enlace con los Aguafuerte, y de paso, los traficantes de órganos le estarían pasando a la organización una cuenta de cobro grande por el fiasco.

Pero al otro le gustaba la acción, lo suyo era volarlo todo, sin pensar. Y él nunca le decía que no.

Espejismos Dimensionales - Relatos Cyberpunk

ESPEJISMOS DIMENSIONALES
Lilian Patricia Alvarado

Andan persiguiendo a Warner. Él trata de abrir la cuarta dimensión, ha ido al lado oscuro del espejo, pero esta vez fue demasiado tarde, lo pensó mucho. No todos los que pueden pasarse al otro lado tienen su velocidad, Lucy nunca pudo hacerlo tan rápido, pero está cansado, está lento.

En el hospital de Buckenville se prepara el lugar donde se alojan los líquidos y tejidos vitales para el trasplante. Los hombres basura están pendientes del negocio, cada vez llegan menos frascos y no saben qué hacer para restablecer sus funciones vitales. Han tratado de sacar material biológico de cerdos transgénicos utilizados para cultivar órganos humanos, pero no son tan buenos como los humanos mismos.

Después de haber recorrido la calle fétida de propileno capaz de intoxicar a cualquier humano, Warner piensa en sus ancestros y lo invade un sentimiento de nostalgia. Se detiene en una esquina de la calle Broadway: allí vive Lucy, pero ella no descansa en su cama, está en el hospital de Buckenville. El olfato perruno del hombre basura que vigila la entrada al hospital no puede detectar el paso sutil de un Warner viajero de la cuarta dimensión. Warner reconoce los pasillos del hospital: el laboratorio de clonaciones de órganos, el centro de recepción de humanos, la sala de tratamientos especiales.

Warner está cansado, se hace letalmente visible y debe sortear a una enfermera para lanzarse por el ascensor de ropas. Llega al fin al sótano, donde se encuentran las celdas de cuarentena. Pero no encuentra a Lucy. En su lugar, llega hasta una puerta blanca que le da acceso a un lugar espeluznante: Cuerpos cuidadosamente cosidos, levantados por alambres, armados con partes blancas, negras, partes incluso de animales. Una especie de museo, montado con los sobrantes de los procedimientos llevados a cabo en el hospital. Un museo para divertimento de los hombres basura.

Warner trata de abrir la cuarta dimensión, pero esta vez fue demasiado tarde. Atrapado en un refrigerador enorme y repleto de cadáveres, sabe que el cansancio y el frío le impiden sus viajes interdimensionales, sólo le queda el viaje al mundo de los que no respiran. Pronto algunas de sus partes entrarán a formar parte del museo. Si tiene suerte, al menos un trozo suyo quedará unido a un pedazo de su amada Lucy.

Potosí - Relatos Cyberpunk

POTOSÍ
Mario Andrés

Si el año pasado fue el año Alfonso Lizarazo, este es el año Pacheco. No sé a él, pero a mí tanto homenaje no me hace gracia. Si no hubieran querido matar al bueno de Pacheco, no habríamos tenido que coger a tiros la cámara criogénica que lo conservaba en Los Héroes.

Lo reconozco, desde siempre he sido un adicto a la basura. Cuando llega la noche me lanzo en busca de lo que otros tiran. Al comienzo fue un caduco sófguar hipnopédico de mi hermana sobre disección animal. Mi hermana dice que estudia Ingeniería Genética en una universidad presencial, pero en realidad es un curso técnico en un sitio güeb de tres pesos. Ella es la esperanza de la familia.

Luego encontré un sófguar hipnopédico que mi mamá había comprado con la esperanza de adelgazar y lo modifiqué para recobrar inútiles hábitos en desuso. El procedimiento era simple: en el día, dejaba descargando la actualización de conductas abandonadas que el Centro de Investigación de las Costumbres colgaba en su página, y después, en una sencilla interfaz con el sófguar de mi mamá, implantaba algunas de estas curiosidades en mi lóbulo anterior.

Los resultados fueron casi imperceptibles para mi familia, pero evidentes para mí. Tras tres noches de intensa programación hipnopédica, desarrollé el hábito de elevar el brazo extendido con el índice erguido al ver aproximarse el transporte público. Aliviaba la comezón en mis oídos llevando el dedo meñique a su interior y sacudiéndolo, con violencia pero total naturalidad. Una mañana, incluso, me descubrí cerrando una bolsa adhesiva, con un nudo. Mi hermana me miró extrañada:

—¿Pero qué hace?

—Un nudo —me escuché responder.

—¿Un qué?

Tuve toda una época con el sófguar hipnopédico. Fue una moda pasajera que abonó los árboles de navidad, para desaparecer al año siguiente sin dejar más que esos discos que yo recojo y que hoy me miran como mil ojos colgados de las paredes de mi cuarto. Así llegué a Pacheco. A veces pasan cosas de esas, cuando lleva uno demasiado tiempo sin un sueño tranquilo y sin hipnopedia.

Desvanecer - Relatos Cyberpunk

DESVANECER
Juan Carlos Rondón

Un grito me despierta, viene de una habitación no muy lejana. El reloj de pared marca las cinco con veinte y por la claridad de la luz, supongo que la hora pertenece a la tarde. Miro a mi alrededor de un punto de la habitación donde me encuentro hasta su final: cuatro camas, y en ellas tendidos tres cuerpos sin movimiento alguno.

—¡Señor!, ¡Señor! —deliro al cuerpo más cercano sin respuesta alguna.

Sigo mirando la habitación y veo una puerta de madera un poco trajinada, el color blanco pasa a ser un color madera; arriba de la puerta se encuentra un crucifijo, con una cara de dolor que casi tiende a desvanecer, como si fuera la ultima visión después de salir de esa arraigada puerta, una visión donde su imagen crucificada en esos maderos es la muestra de dolor antes de partir, una esperanza supongo yo. Siento calor dentro de mí, casi me siento ahogado, la sábana que me cubre es como una gran colcha de alpaca, me pesa y siento que poco a poco me empieza a quemar. Siento que sudo mucho y paso mi mano por mi frente, pero está ceca, algo raro me sucede. Oigo a las afueras del cuarto voces incesantes.

—¡Que rápido que se nos va!

—Señora, su seguro no cubre esta droga.

—El de la trescientos dos tiene un paro cardíaco.

Suena como un gran campo de guerra, las trincheras esta llenas de heridos y sus médicos no dan abasto.

—Lo lamento, pero es todo lo que pudimos hacer; el puñal atravesó su pulmón y llegó demasiado tarde; lo lamento mucho.

La batalla se está perdiendo por lo que se escucha; sin embargo, en medio del olor a alcohol antiséptico, gelatina sin sabor, y sus múltiples bajas al frente, también se escucha el llanto frágil y desnutrido de un nuevo soldado o enfermera.

—Señora, es un niño, pero tendrá que quedarse unos días en la incubadora para realizarle unos exámenes.

Hay más llanto que risa en este lugar.

—¡Señorita, por favor! —En un fatídico grito intento llamar a alguien que me auxilie, el calor que siento se vuelve insoportable. Alguien al otro lado de la puerta escuchó mi suplica, y efectivamente le pone atención; abren de un tirón la puerta, me miran como escaneando mi estado, así como esas maquinas que observan de arriba abajo y corroboran que todo esté bien. Se acerca, pone su mano en mi frente y me dice "tranquilo, estará bien, no se alarme." Y como si recargara un arma que fue un suspiro, sale del cuarto a seguir con su inevitable lucha contra: Sangre, pus, materia fecal, fluidos estomacales dados por intoxicaciones severas, y quién sabe cuántas otras materias puestas a su merced. Intento hacerle caso a lo que con su mano en mi frente me pronunciaba. Suspiro e intento pensar en lo que delante de esa puerta sucede cuerdamente.

Pienso: en la inmundicia que se mezcla con la naciente criatura, en el primer olor que ella reconocerá, y que de seguro será más fuerte que la voz de su progenitora; también pienso en esa señora que va a su casa con un nuevo vacío, el cual se empieza a llenar de dolor y ganas de no vivir, debido que su único hijo derramó toda su sangre en la sala de espera de un hospital; o en la blasfemia que una enfermera tuvo que decir para ocultar que el recién llegado pronto tendría que irse. Qué tanta razón tendría esa escuálida, ojerosa y abatida enfermera y quién sabe cuántas horas de trabajo sin descanso alguno, mas con su mano en mi frente me dice:

—Tranquilo, estará bien, no se alarme.

Y empiezo a comprender el significado de su frase: El calor en mí ha aumentado considerablemente, mis pies empiezan a ponerse fríos, los latidos de mi corazón son menos fuertes; mis ojos se cierran continuamente, mi pensamiento y mi ser se nublan, y empieza mi vida entre la oscuridad de este cuarto a desvanecer.

Brecha - Relatos Cyberpunk

BRECHA
Carlos Alberto Zea

No es extraño encontrar a menudo, en un punto medio entre nosotros y la dicha, una mirada hostil dispuesta a arruinar el momento. Cuando todo lo que queremos es morir, hay una mano soltando la soga.

Recuerdo un fragmento de las Olas, Yinni, avanzando a lo largo de la carrilera y todo lo que deja atrás, y el éxtasis cortando la amargura; el sol saliendo y poniéndose infinidad de veces.

Entre paredes la abertura en vertical deja ver mar y montaña; la imagen es tan fuerte que puedo sin ver sentir los rayos y todo lo que iluminan: Estaré allí, lo sé, aparte de mi capacidad para recoger mis sueños y disponerlos, las imágenes se mezclan con situaciones sin suceder.

La distancia recorrida por un hombre, en la que toda la vida es él, sería inexistente y tal vez inútil sin registro. Antes de abandonarme en medio de la mugre, al comprobar la inminente descarga del artefacto-mi cuerpo, existió un desplazamiento que de no ser por eso que mueve mis extremidades, no hubiese sido posible. Yo lo vi, y aunque lo había añorado, todo lo que conseguía era viajar a la velocidad de mi pensamiento para hallarme con la misma rapidez en el mismo lugar. Hasta que lo vi, entonces lo desee con el resto de mis fuerzas.

De no ser así mi vida habría proseguido su plana rutina; un continuo de lecturas virtuales y sueños secos, representaciones oníricas, como solían llamarlas y que sólo yo deleitaría. Mi padre no hubiese dejado de llegar una y otra vez, proveniente de su vulgar oficio de rata de laboratorio y aquella sustancia continuaría saliéndole por los brotes en su cuerpo que a su vez no dejarían de multiplicarse. Aún aparcaría cada noche su ecomociclo para tres pasajeros, frente a la casa de una sola planta, techo bajo, y porche con dos puertas; una sintética y la del interior artesanal.

Así es como pasó: todo el día he estado en conexión, almacenando en mi conciencia los tormentos visuales que un día, lo sé, me serán de utilidad. Me ha producido un gesto, que debe ser una sonrisa, eso que he visto a través de filigranas sensoriales; el hecho más allá de este segundo, al que puedo sustraerme si es mi deseo, lo sé, y aún así no estaría cerca de ese estado llamado felicidad.

Al entrar mi padre, disminuye la intensidad, porque sigue absorbiendo potencia durante horas, incluso, me ha dicho, hay mañanas en las que no es necesario recargarlo. Y ríe, se carcajea, sus ojos son pequeños bultos sobre cuencas, hasta donde llegan mechones de cabello imantado. Es feliz; todo lo que necesita es su inhalador y aquel alimento que nunca toma en casa. No se qué está al servicio de qué; a él le basta un puf para que el wiss lo bloquee. Para mí es contención, soporte, un efecto dique en mi alma cerebral.

Dejo el inhalador sobre su mano, despacio, calculado. Mi madre fue sorprendida y ya sabemos lo que vino. Los estertores del amor habían terminado, pero aún quedaban rezagos afectivos para un día de campo. En adelante su ausencia marco nuestro espacio. Todo lo que quedo entre los dos no fue más que un puente derruido; aquel que se atreviera a avanzar podría caer al abismo. Era mi día, fui sin temor.

La forma de saber si ya dormía era presionando mis llagas y esperar a que no blasfemara a causa de un hedor al que no estaba habituado. En mi mente ya había fracasado, al sentirme apretaba mi brazo apartando el instrumento y me confinaba a la inmovilidad sin mi cuerpo-el-artefacto.

Es el día, me acerco por detrás, le pongo los trodos tan rápido como me es posible, ya voy ajustada, el resto es conectarlo al shack y activar el interruptor. Clic. Lo sumerjo más allá del límite, el horror de su mezquindad me alcanza en su vértigo, mi madre por fin descansa esfumándose.

La oscuridad, a falta de luz artificial que la colme, cede su lugar a la naturaleza. No sé, tal vez no fue tan ilógico escuchar aquel pájaro cantando al despertar. Ya hay mensajes en su comunicador al no presentarse esta mañana. Pronto vendrán a sacarlo, la gente prefiere morir de hambre y esperanza en jaulas de mercado (en donde podría estar mi lugar, a no ser por filigranas anunciando), que prestarse a experimentos a cambio de migajas. Debo irme.

Camino ayudada del último vínculo que me une a mi padre, y toda mi posesión ahora; un puf, dos puf, tres puf. La distancia entre dos puntos, la travesía y sus implicaciones, ojos que te miran sin ocuparse de ti, nadie dispuesto a irrumpir tu éxtasis.

Cada vez se hace más lento el movimiento. Antes de quedar expuesta, me arrincono en un callejón. Me abandono. Un puf… veo un vago buscando entre basura; soy su hallazgo.

Al abrir los ojos rodeada de gomi, desechos de los que sólo un desquiciado sacaría provecho, sé que estoy en su casa, no se si llamarla así, hay cosas que parecen tener vida propia, en medio de mugrienta tecnología robótica, comida grasosa y ese ruido persistente, similar al de una vieja nevera. No debo salir de aquí, lo sé, es algo que se siente, como una mirada tras de ti.

Otra vez la imagen, esa reducida brecha por la cual puedo ver mar y montañas, y sentir los rayos, en donde indudablemente debe haber algo más; deseo un tren a todo vapor dejándolo todo atrás. Entonces seré Yinni otra vez.

jueves 25 de mayo de 2006

¡Llega la charla más caliente del Taller!

Se calienta "En la Inmunda" y le sube la temperatura a esta ciudad paramuna: Este sábado 27 de mayo a las 9:00 AM, Alex Acevedo nos ilustrará en el tema del manejo de la sexualidad explícita en la literatura y su estrecha relación con el cine, y su voz hará ronronear las entrañas de Bogotá.


EROTISMO O PORNOGRAFÍA: Ya no será un dilema. Todos los recovecos y los oscuros callejones de este tema serán recorridos por Alex, para desembocar en la lectura de su ensayo sobre cuatro luminarias insignes del cine porno norteamericano de los años 70 y 80.
Y para rematar, llenará de luz el sótano de nuestros recuerdos con la proyección de cortos de las películas mencionadas en su ensayo. Para ello, contamos con la amable colaboración de Augusto Bernal, que nos permitirá reunirnos en la Escuela de Cine Black María, en la Carrera 18 #82-23. La charla estará abierta al público en general, están todos invitados. Pueden llevar material e intrumental didáctico.

Los esperamos a todos MUY PUNTUALES, nueve en punto en Black María, pues de ello depende que alcance el tiempo para todo el trabajo que tenemos por delante.

Recordamos a todos que el viernes 26 de mayo a las 6:00 PM vence el plazo para enviar relatos de corte cyberpunk, como parte de los ejercicios propios de nuestro taller literario. Los cuentos pueden ser originales o reescrituras de otros ya existentes, o pueden estar basados en la lectura que hicimos del Mercado de Invierno de Gibson (para ello, hemos publicado en nuestro Blog principal http://lasfiligranasdeperder.blogspot.com/ el deshuese de este cuento), lo importante es que cumplan con los elementos básicos del cyberpunk que nos mostró Carlos Ayala en su charla. Estos cuentos NO DEBEN SUPERAR LAS 1000 PALABRAS, a fin de que podamos leer los cuentos completos en la sesión del sábado. Los talleristas que envíen sus cuentos, deben llevarlos también en copia impresa a la sesión del sábado. Los cuentos serán publicados en este blog.

Les recordamos también que para la sesión de este sábado deben leer el cuento El Ojo del Gato, de Bataille, que publicamos a continuación.

Adicionalmente, y debido a que estamos actualizando continuamente la información de nuestro blog, queremos hacerles a todos los talleristas, los seguidores del taller "En La Inmunda", los fans del movimiento "Las Filigranas de Perder", y a todos los curiosos y otras especies que pasan por esta dirección virtual, las siguientes recomendaciones:

1. Visiten escritores-rechazados.blogspot.com con frecuencia para mantenerse actualizados con respecto a nuestras actividades.

2. Siempre que ingresen al blog, primero que todo hagan clic en el botón "Actualizar" ("Refresh") de su navegador (browser) y esperen a que carque la página completa. Así tendrán la última versión del blog con la información actualizada.

3. La programación del taller es dinámica. Verifiquen siempre cuál es el tema de la siguiente sesión y dónde se llevará a cabo. Aunque ya tenemos un grupo de talleristas definido, las personas que deseen involucrarse de manera activa son bienvenidas, y los demás pueden también venir a chismosear y untarse un poco.

4. Lleguen puntuales a las reuniones del taller, pues es posible que nos movamos del punto de encuentro inicial y luego no puedan encontrarnos.

5. El ingreso de bebidas alcohólicas al taller está completamente aceptado y profundamente recomendado, pero los coordinadores cobraremos un porcentaje del contenido de cada botella como peaje de admisión. La posibilidad de fumar estará sujeta a las condiciones del lugar donde nos encontremos.

6. Por asuntos de legalidad y de higiene, las drogas y el sexo deberán reservarse para después de terminadas las sesiones del taller y bajo la responsabilidad de cada quien.
(Las fotos incluidas en este post son el abrebocas del ensayo con que nos deleitará Alex, y corresponden en orden a: Linda Lovelace (foto autografiada), poster original de la película Garganta Profunda, Wendy Orlean, John Holmes en el poster de su película Wadd, Raquel Darrian en el poster de su película Rachel's Addiction, Savannah en el poster de su pelicula The Stand, y el poster de la película Starbangers).

miércoles 24 de mayo de 2006

Resultados del reto "Villa Diodati"

El sábado 13 de mayo, después de la charla sobre literatura vampírica clásica en la que Néstor Pedraza mezcló la erudición académica con la cuentería, los miembros del taller de cuento y ensayo "En La Inmunda", para conmemorar los 190 años de la famosa reunión de Lord Byron, John Polidori y los esposos Pierce y Mary Shelley en Villa Diodati, nos impusimos el reto de escribir una historia de vampiros en 5 días. A continuación, publicamos las historias de los talleristas que asumieron el reto.

Tres Noches - Relatos de Vampiros

TRES NOCHES
Alex Acevedo

PRIMERA NOCHE: Contabilidades

Mientras la oruga remontaba la nervadura de un curubo, Vlad Drácula volaba sobre Buda, describiendo una fuga membranosa. Se adentraba en las vísceras de la noche a toda prisa. Batía sus alas con un vigor que le brotaba a mares sobre todo del rencor y la gula de venganza, y con su escape dibujaba arabescos en torno al fin de trece dilatados años durante los cuales había representando la atracción circense de la corte húngara. Pensaba en eso justamente al sobrevolar ya un bosque de cipreses negros, cerrado, insondable, en los extramuros de la ciudad. En efecto, lo habían tenido encerrado durante trece años como a una desdentada fiera de circo, un anciano loro que encuaderna para ganarse el pan, un voivoda sin ejército, sin reino, y ahora que volaba lejos de su prisión, encontraba su situación muy penosa, idéntica a la del Hombre Elefante cuando apuraba el paso por la plataforma de un barco nebuloso, con una bolsa de tela ocultando su deformidad craneana.

Muy lejos de Hungría, en La Casa de la Felicidad, Mehmed II, el Anticristo, se sumía en un mar de dudas. Divagaba y divagaba, se subía a las ramas más altas de la abstracción, escuchando al mismo tiempo unos chapoteos que provenían de los baños; quizás algún efebo solitario, insomne, creando maremotos con sus pies como aletas. Esa tranquilidad con que se desenvolvía la noche allí en su palacio, contrastaba de fea manera con la granizada de enigmas que caía dentro de su cabeza. El Sultán rememoraba otros tiempos más tiernos, en Esmirna, los tiempos de Radu, y se preguntaba una y otra vez si acaso Radu —el hermano de Vlad Drácula— no habría sido efectivamente más que un vampiro, siendo un “adolescente tan hermoso como la estrella Canopo en el momento en que resplandece sobre las aguas del mar”. Un sirviente se movía en las sombras, encendiendo seguro una madera de sándalo con la cual ahuyentar tantas preguntas ásperas que se hacía el Sultán. “Radu, Radu, Radu...”, repetía el Anticristo, sintiendo desgarrones de nostalgia, gruesas carnes de sentimientos que se despeñan y se rajan en canal. “Radu, Radu, Radu...”, y recordaba ese poema que él mismo había escrito hace tiempo donde hablaba del néctar de los labios del objeto amado como veneno de tristeza, veneno de los asesinos.

Y con todo y todo, la fuga de Vlad Drácula no era improvisada. Sus alas se habían fortalecido durante todas estas cuatro mil quinientas noches a fin de soportar el agotador vuelo hasta Tirgoviste. El plan estaba en marcha, se iba a jugar una de sus últimas cartas con toda la fiereza y la saña del que quiere entrar a la historia a como dé lugar. Una vez en Tirgoviste se mandaría a pulir las uñas, los dientes, reuniría a los pocos nobles que estaban dispuestos a secundarlo, buscaría un caballo, comería un corazón de buey, un corazón de doncella, alistaría por último un par de miles de maderos con la punta roma.

Antes de caer vencido por el sueño, el Sultán chasqueó la lengua y sintió que su boca se anegaba con todos los sabores de Hungría. Había decidido emprender otra campaña contra los cristianos.

*-*

Vlad Drácula había llevado la cabeza sobre los hombros a lo largo de cuarenta y cuatro años, mucho tiempo, según el parecer del Sultán, a quien aguardaban todavía seis más para entrar en la cámara del ninguneo; sin embargo, a la hora de los partos sólo un año los diferenciaba.


SEGUNDA NOCHE: El contagio de Vlad Drácula

El mal provino de un melón de agua dejado al descuido sobre el mesón en que Vlad Drácula se ejercitaba en el enrevesado arte de la encuadernación. Se sabía, claro, tras muchas caravanas de palabras que se deslizaban al oído de cada nueva generación, de la traicionera peligrosidad de la fruta. Y a lo mejor fue deliberado, astucia fangosa de los carceleros corvinistas, o de algún esclavo gitano que quería administrar venganza a causa de ciertos pasajes luctuosos del gobierno del Voivoda en contra de los de su clan. Decían que una vez había asado a tres líderes gitanos y había obligado a comer de esta carne sin adobo a todos aquellos que los seguían; decían también que había empalado a cientos de gitanos y que se había sentado a desayunar en semejante hedentina, decían... Seguramente Vlad Drácula ejecutaba estos brochazos escarlatas para poder gobernar ese pedazo de tierra con olor a banano, ese país que todos usaban como a una furcia vencida, una putica menesterosa. Quizás por esto mismo los cronistas lanzaban esta sentencia para referirse al Voivoda: “Era un hombre violento porque no tenía poder”.

Y en cierto modo, esta teoría de la conjura gitana resultaba verosímil, puesto que nada más fácil que entrar de puntillas en las habitaciones del prisionero a la medianoche y dejar sobre su mesa un melón con maligna geometría, justo en la esquina en que los rayos androginales de la luna formaban diagonal con la sombra de una araña. Los efluvios de semejante confluencia pérfida no tardarían en aproximarse al lecho del príncipe roncador, y sin tardanza empezarían a operar sobre su humanidad: picazón en la espalda, pésima aridez en la garganta, lengua enroscada, sudoración, enturbiamiento de la sangre, pesadillas, pesadillas, muchas pesadillas sucediéndose, superponiéndose, formando un mazacote. El Voivoda se soñaría usando el cuerpo de un poeta más que nada arrogante, bello —podrido por dentro, en consecuencia—, viajero; Lord Byron, cómo no, el hielo y el hastío, sudando en la mitad de una faena venérea con su hermanastra. También tendría Vlad Drácula otra pesadilla, una en que se vería dominando la voluntad de los lobos y otras fieras, llegando a Londres a bordo de un barco repleto de muertos y ratas, tras el rastro de una tal Mina Harker. Quizás ya cerca del amanecer, cuando sus sábanas parecieran los despojos de una inundación, Vlad Drácula se vería en una solitaria calle de Buenos Aires, viejo, débil, sobre el asfalto, siendo atacado por una jauría de policías.

El caso es que a eso de las cinco, ignorante del contagio, despertó y se dio a un vuelo solemne alrededor de su cama, de donde todavía se evaporaba el calor de las fiebres.


TERCERA NOCHE: Donde abunda el Islam

Esta noche hay luna nueva, el firmamento luce apretado de estrellas, pero la tierra está cubierta de sal, perdida, reventada, y un coro de lamentos discretos, como pujos de lagarto, matiza los restallidos de las hogueras. Una espesa humareda envuelve las afueras de Tirgoviste. Ya terminaron de arder los pocos establos, las fondas, los cadáveres de vacas, cerdos y ovejas que habían sido previamente envenenados. Sólo hay vida en las tiendas blancas, donde Mehmed II, el Anticristo, bebe un sorbo de agua de rosas que ha traído desde Instambul. Frota su barbilla mientras saca un balance de la jornada. Contó mil quinientos palos adornados con los cuerpos de sus hermanos en los alrededores de Tirgoviste; la carnicería habitual. Y la tierra no vale nada. Y sólo tiene un grupo minúsculo de prisioneros, unos niños, unas cuantas mujeres en harapos, con la cara tiznada de lágrimas, que fueron el botín de sus jenízaros. Concluye, pues, que Vlad Drácula vendió su cabeza a muy buen precio; alto, sin duda, considerando solamente que la tierra de ese principado está ya maldita, hueca, aunque ya no tanto, ya no tan elevado, si se comprende también que la caída de Valaquia es el precio que se pagó por entrar a Hungría.

“Un sobrenatural”, piensa el Anticristo dirigiendo su mirada a la jaula que chorrea todavía sangre, la jaula en la que está encerrada la cabeza de Vlad Drácula, a la salida de su tienda. “Un príncipe que daba sus batallas con el apoyo de las potencias oscuras, los insepultos y los fantasmas. Un vampiro. Una inmortal criatura de los literatos. Pero ya no respira, ni exhala sus odios, ni usurpa el cuerpo de las bestias”. Mehmed II se levanta despacio, apoyándose con las manos, sale de la tienda, da instrucciones de avance a su visir, y monta un caballo para verificar que todavía esté exhibido el cuerpo sin cabeza de Vlad Drácula a la puerta de Tirgoviste. Se dice: “Nuestro imperio es la casa del Islam. De padres a hijos, la lámpara de nuestro imperio ha sido alimentada con aceite del corazón de los infieles”.

En la jaula, la cabeza de Vlad Drácula adopta el práctico tamaño de un escarabajo Atlas. Extiende sus élitros para iniciar de nuevo la fuga. A lo lejos se escuchan los cascos de la cabalgadura del Sultán atravesando el barro salado, sanguinolento.

martes 23 de mayo de 2006

Elena y las Delicias - Relatos de Vampiros

ELENA Y LAS DELICIAS
Néstor Pedraza

Elena no piensa en el fin. Esa palabrita está asociada con otra clase de gente, gleba, que encuentra el fin a cada paso. Fin de la comida, fin del trabajo, fin de la salud, y el fin por fin. Con ella no tiene nada que ver. Y menos ahora, que se mira en el espejo de su baño en Palacio. Elena incólume, incuestionable. Comienza a desvestirse con parsimonia, indivisible. Su cuerpo se va reflejando íntegro, inalcanzable, incorruptible, impenetrable.

—Puta —, le dice al reflejo amañado que le muestra el espejo. —Qué gorda estás.

Y no, no es que Elena haya sido alguna vez una sílfide, ni que jamás haya anhelado la forma y los recorridos de las modelos de pasarela. Es que hay límites, y su cintura los había rebasado todos. Aún así, Elena no pensó en el fin. Todo se reducía, según sus cálculos exactos, a una curvatura exagerada en el universo, un pliegue en las energías cósmicas, una desproporción en las balanzas espirituales celestes. Había frutas podridas en la canasta, su canasta, que le enturbiaban el aura y amenazaban con infestar sus poros de sucio moho.

Unas cuantas frutas podridas, no más. Eso nada tiene que ver con el fin. Era cuestión de hacer una limpieza, tirar las malas frutas, un procedimiento sencillo. Sin embargo, Elena, aunque indestronable, no tenía los brazos lo suficientemente largos para poner a funcionar las maquinarias necesarias. Necesitaba una extensión de su ser, y para eso estaba casada con el Mago de las Transmutaciones. Elena, la intocable.

Su esposo, en efecto, había hecho su primer gran acto de transmutación cuando era muy joven. El objeto que transmutó, fue su propio destino. ¡Ah! ¿Cuántos ilusionistas famosos se atreverían a asumir semejante reto? No nos digamos mentiras, se necesitan güevas; aunque quizás, también, hay que tenerlas demasiado grandes. El secreto estará, de seguro, en lograr el equilibrio entre ambas cosas.

Elena frente al espejo se ve reluciente en su canastilla personal de oro, acompañada por jugosos melones de agua y exquisitas peras maduras. Y ahí están, las manzanas pútridas jodiendo el regocijo de los demás. Así que se pone la pijama y espera a su marido en la cama, para morderle suavemente la oreja, al estilo de los años cincuenta, cuando lo conoció. El mordisco va acompañado de un susurro: “Tocará quebrar a unos cuantos de esos hijueputicas, pa’ que dejen la joda.”

Y es que, aunque Elena nunca hablaba de la postadolescencia de su marido, no olvidaba que él había pasado hábilmente de ser un raponero de poca monta y un perfecto güevón, a ser la mascota favorita de los gobiernos que deberían ser, si las cosas tuvieran un norte y un oeste, los más acérrimos enemigos de su régimen.

—Papi, hay que sacar las frutas podridas —, insiste Elena por segunda noche, inquebrantable, segura de que su Nicolai todo lo puede.

No importaba que su marido hubiera sido un ladrón de tan poca monta, que se hubiera robado un pinche maletín relleno no de billetes, sino de coloridos papeles del Partido Comunista. No importaba tampoco que hubiera sido un güevón de tal magnitud, que se hubiera dejado atrapar con esa belleza de paquete en sus manos. Lo que importaba era que al salir de la cárcel, ya se había hecho miembro oficial del Partido, y de ahí a la dictadura totalitaria apenas hubo un paso. Veinte, treinta años, en fin, un paso.

A Elena, por supuesto, no podían endilgársele los cien cadáveres que nunca aparecieron, que nunca estuvieron vivos, que no fueron parte de ninguna estadística. Elena, inmaculada, sólo había tenido un par de inocentes charlas maritales con su Nicolai. Los cien cadáveres del segundo año, de los que no se habló ni hubo registro alguno, tampoco se le podían achacar a los kilos de más que exhibía Elena en su bikini verde limón a orillas del Mediterráneo, inolvidable. Elena sólo se miraba al espejo y suspiraba en el oído correcto:

—No hay equilibrio en el mundo, hay que balancear las cosas.

Y los cadáveres no aparecían, no habían muertos en los libros oficiales, sólo habían fiestas en Palacio, conmemoraciones de los triunfos de Vladimir III de Valaquia, y dulces gemidos nocturnos de Elena frente al espejo, haciéndose apliques bioenergéticos, aromáticos, purpúreos, mientras alcanzaba pequeños simulacros de orgasmos. “Ya casi lo logras, papi, la balanza se va equilibrando, eres el Paladín de la Equidad”. Así que no había riesgo de que Elena pensara en el fin.

El lector sabe, por supuesto, que la dicha dura poco, y que la malquerencia en el mundo crece al mismo ritmo desaforado de la población humana. En efecto, las frutas podridas se reproducían cada vez más rápido, la infección se esparcía con el mismo tono alegre con que se quema la pólvora, obligando a Elena a tomar decisiones radicales. No podía perderse el trabajo noble de tantos años. Se requería una acción definitiva.

Elena, inamovible, se desvistió de nuevo frente al espejo, e hizo una leve mueca. “Maldita ballena”, le dijo al reflejo que le inventaba el espejo, indolente. Pero no pensó en el fin.

—Papi, esos perros nos están cagando la cara. Que no quieren que nuestra familia maneje todos los ministerios e instituciones. Que les parece horrible que la policía mantenga el orden y se tome en serio la paz del país. Que les escandalizan las fiestas de Palacio. Todo les aburre. Si se deprimen tanto, ¿por qué no se suicidan? Habrá que suicidarlos.

Elena no piensa en el fin. Aún ahora, detenida por las fuerzas militares que derrocaron a su Nicolai, se mira al espejo, imprescindible. Aunque quizás en el fondo, admite que se les fue la mano. Es que claro, los países de occidente se hacían los de la vista gorda con los cien muñecos anuales que no salían a relucir, que no flotaban escandalosamente en los ríos ni en las cloacas. La situación era manejable, y el régimen colaboraba, colaboraba mucho. Todo iba bien. Pero cinco mil en un día… Se habían pasado.

Quizás en el último instante pensó por fin en el fin. O quizás un poco antes, cuando le anunciaron que le iban a atravesar el cráneo con una pepa de plomo. O quizás no. Quizás aún frente al pelotón de fusilamiento, miró a Nicolai a su lado, y esperó que ejecutara una de sus transmutaciones. Y sí, los dos se transmutaron. Elena insalvable y Nicolai insostenible, se convirtieron en cadáveres que sí aparecieron, que sí fueron registrados, y cuyas fotos vio el mundo entero.

Decisiones - Relatos de Vampiros

DECISIONES
Ivonne Rodríguez

Llueve, el ruido de la caída al transcurrir el tiempo, se vuelve parte del silencio.

Ya no importan muchas cosas, ya la sed se vuelve costumbre a causa de la impotencia que siente mi cuerpo de ser autosuficiente.

Ahora lo único que me queda es esperar que Wicco se apiade de mi y me traiga un poco de vitalidad. Pero ha pasado tanto tiempo que supongo que mi no presencia es ahora luz a su libertad.

Lo amé tanto, que renuncie a mi misma esencia, para buscar ser humana. Y ahora las consecuencias de esa decisión destruyen mi vida a la par que mis tan preciadas cualidades se vuelcan sobre mí, como mis primeras enemigas.

La leyenda dice que los vampiros, una vez destruidos, van a las tinieblas donde la oscuridad es el precio que se paga por haber destruido la vida, por haber tomado a fuerza propia la vida de otro ser humano. Pero lo que ignoran, es que en su infinita misericordia, el Creador, al pedir perdón nos regala a todo ser viviente, la posibilidad de enmendar nuestros errores en una próxima reencarnación.

Tengo recuerdos, pero no memoria, parece extraño, pero es cierto.

Nací en una familia costumbrista, arraigada a las creencias cristianas. Por muchos años mi mente y mi cuerpo conformaron el equilibrio imperfecto pues el ansia que me producía el tomar sangre era injuriado y repudiado por mi mente.

Mi cuerpo ganó muchas batallas, tantas que mi mente sucumbía en horribles depresiones. Mis lecturas cotidianas poco a poco me fueron mostrando quien en realidad era, mientras que mi razón y corazón se veían enfrentados a interminables cuestionamientos.

Aprendí a tomar sangre de los animales que luego eran alimento a mi familia. Ellos nunca sospecharon, pues era una tarea que a solas realizaba como parte de mis quehaceres diarios.

Y en el transcurrir de los días, conocí a Wicco, un hombre mayor muy ilustrado y apuesto. Poco a poco me acerqué a el, usando las cualidades que eran parte del legado de mis vidas anteriores.

Una sensualidad inocente, un imán imposible de repeler. Una fuerza salvaje que inevitablemente sucumbe ante la razón y se ubica sobre la pasión que muchas veces enceguece la mente masculina, haciéndola débil y frágil a los deseos y los caprichos femeninos.

Fue relativamente fácil conquistar su amor, pero fue totalmente imposible conquistar su corazón.

Obligada por mis preceptos, le confesé quien era y él, asustado, confundido, me rechazó, me odio, nunca más volvió a tocarme, a mirarme, a amarme.

En medio de aquel dolor, aborrecía a Dios por ser quien era, por pretender poseer el amor de un hombre siendo yo más animal que humano. Mi ira se desató. Viaje por muchas ciudades. Todo aquello que me había pertenecido ahora me era negado. El amor.

Poseí todo el amor que quise conquistar, bebí su sangre, su vitalidad, cometiendo los mismos errores que me hacían cada vez mas vampiro, cada vez menos humana.

En una vida de desenfreno, ya mis ansias eran imposibles de contener, de alimentar, de saciar. Mi cuerpo decaía, el dolor se apoderaba de mi cuerpo con más frecuencia.

Una extraña enfermedad que mis orígenes no conocían me destruía por fuera, aunque por dentro ya no era nadie.

Sin saberlo, volví a mi origen. Y allí estaba él. Tal vez esperándome, tal vez olvidándome.

Su mirada triste, me dijo muchas cosas, tantas que sus palabras guardaron silencio. Mi belleza se había quedado en los cuerpos de tantos hombres que amé buscando su amor, de tantas noches que lloré, escuchando mi dolor.

Y aquí estoy, entregándole mi prisión para que el vuelva a ser libre. Mi amor es su derrota, su amor mi esclavitud. Tal vez, si vuelvo los ojos a Dios, me dé otra oportunidad, pero aun pienso mientras tengo un suspiro de vida, si no poseerlo es igual a pertenecer a las tinieblas y si es así, prefiero las tinieblas, que me dan la perfecta desesperanza de saber que nunca será mío y no la vida que me brinda la posibilidad aún perdida de poder conquistar mas allá de sus pasiones, conquistar su corazón.

Supongo que mi no presencia es ahora luz a su libertad.

Vampiro - Relatos de Vampiros

VAMPIRO
Magglioni Guiral

Un día turbio donde veía llover a través de mi ventana vi una vieja casa que está a pocos metros de la mía, de la cual dicen que hay un personaje tenebroso. El aspecto de la casa es muy lúgubre sus puertas y ventanas tienen una asombrosa forma gótica y en cada uno de sus extremos dos grandes y temibles gárgolas que parecían que estuviesen con vida propia. Al ver esta vieja casa me daba una sensación de angustia ya la vez una enorme tranquilidad, pero aún no recuerdo haber visto a alguien dentro de aquella casa, desde mi ventana se puede apreciar el movimiento de objetos dentro de ésta, es más, no recuerdo lo que ha sucedido últimamente en este lugar.

Me alejé de la ventana para dirigirme a mi habitación cada paso que doy me oprime el pecho y me corta la respiración, siento la presencia de alguien en la habitación pero al irrumpir en ella no había nadie. En ese momento sentí como golpes de tambores retumbaban en mi cabeza, unas imágenes que llegan a mi mente de cómo en aquella habitación murió mi amada atravesada por una daga en su corazón. Pero aún siento su presencia, su dulce mirada al contemplar el firmamento su sonrisa cálida, y sus tiernos labios al besar mi cuello.

Al recordar con amargura lo sucedido bajé al desván para acordarme de aquellos momentos bellos que con ella pase, aquellos momentos que se fueron y no volverán. Al llegar al desván llegan con el mas recuerdos. Pero son más tormentosos, en ellos me encuentro corriendo hacia la vieja casa del frente esperando encontrar allí a mi amada aun con vida. Dentro por ese desván subo deprisa las escaleras y en tal momento veo a mi amada atravesada por una daga en el corazón, pero aun hay más, me asomo por la ventana y miro que la gente está levantando enormes murallas hechas de espejos alrededor de esta vieja casa.

Despierto de este extraño trance y salgo corriendo de mi casa para comprobar si es cierto lo que mi mente vio. Al salir veo con gran asombro que la vieja casa que esta a pocos metros de la mía es la misma casa de la que yo salí, era un reflejo de la casa en un duro espejo, pero con la diferencia de que en el espejo no me podía ver; así comprendí que aquel personaje al que todos le temían era yo. Ahora se que en cada puesta de sol he de levantarme de mi tumba fría a contemplar por la ventana una vieja casa que esta a pocos metros de la mía. Y vivir lo que ya viví cada atardecer, con el bello recuerdo de mi amada.

Vampiros al Sol - Relatos de Vampiros

VAMPIROS AL SOL
Carlos Alberto Zea

Después de todo, la oscuridad fue cediendo y se instalo el amanecer. En realidad la luz no le hacía daño. Pero a causa de su real convicción frente a la lealtad de las tradiciones, salir a la calle en el día, equivaldría a que un esquimal le diese por dormir en hamaca: Intolerable. Así que se metió a su nuevo sarcófago, el último de sus diseños, en donde además de descansar el sueño, escuchaba black metal y leía a borbotones, mientras veía de reojo en la tele, History channel, su canal preferido, pues guardaba la esperanza de ver un documental de su aristocrática familia.
La inmortal vida que merecía no había sido alterada durante siglos. Si bien su rutina y oficios habían variado a lo largo de su existencia, de acuerdo a sus múltiples personalidades: Conde en Transilvania, anticuario en Londres, hacendado en Brasil, nunca se había sentido más a gusto que hoy, siendo el joven metalero, vocalista de una banda bogotana, líder de sus amigos, a los que ya había iniciado es sus lecturas, y flamante propietario de una funeraria.

Esa mañana su empleado no llego, y fue tanta la insistencia en el timbre, que decidió dejar su aposento, empijyamarse y salir a ver quien era. Entonces la vio. Pero no pudo descifrar el recuerdo que guardaba aquel rostro que desde el primer momento impactaba al dejar la ausencia de su recuerdo, razón por la cual verla de nuevo siempre sería algo único.

Venía, claro, por un servicio. Su tío abuelo había sido encontrado, después de ocho días de desaparecido, muerto en una carretera aledaña a algún lado. El caso es que estaba descompuesto y había que enterrarlo cuanto antes. Intento en otros sitios, sin suerte, e insistió en el suyo porque fue el único que le pareció habitable. Todo eso lo supo después, en uno de los tantos paseos diurnos que le concedió, porque en aquel momento las lágrimas no daban tregua y las palabras eran inaudibles. La consoló primero, y luego atendió el funeral. Cuando llego su empleado, lo dejo a cargo y se retiro a dormir. En la noche al ir atravesando el corredor, cerca de la sala de velación, se encontraron. Ella lo recorrió desde los pies, y él no paso de su cuello como no fuera para ver su rostro con el fin de olvidarla otra vez.

Caserías nocturnas de transeúntes desprevenidos y toques en bares melancólicos se sucedían dentro de lo cotidiano, hasta la madrugada en que encontró la nota de su empleado, anunciándole que la extraña chica del otro día había vuelto a buscarlo. La cito en la noche. No había clientes. Las salas vacías semejaban fiestas sin agasajados; recintos olvidados de todo dolor. A ella no le fue difícil precisarlo. Disculpo su verdadera intención con un papeleo innecesario para una inexistente herencia. Después de firmar y sellar el documento que ella metió doblado en su cartera, la invito a recorrer su casa, su verdadero hogar y detrás de salas y oficinas se abrieron ante sus ojos espacios sofisticados, amoblados con gusto, no obstante el tono mate en el color. Insistió en conocer su alcoba y él la llevo a su lecho y se sorprendió al no verla aterrorizada como ya la creía. Y es que ella no era otra que una más de los místicos seres incisivos y alados de todos los siglos. Fue allí cuando la recordó en el velorio, dándole la espalda para volver al lado de dolientes que aunque vestidos de negro para la ocasión, daban el aspecto de cierto estado natural.

Ella sí estaba a la vanguardia. Poco a poco, pacientemente, a medida que el amor avanzaba, fue sacándolo de las sombras, para llevarlo a espacios iluminados, haciendo énfasis en que no había nada de malo en ir a la par con los cambios de tiempos y aprovecharse de ellos mismos con el fin de vivir mejor una vida al día que a nadie le hacia mal. Compartieron música, lectura y alimento. Así que creyó necesario iniciarlo en algo más efectivo y seguro que ir sorprendiendo victimas en las noches, haciéndole conocer de ante mano las reciente tragedia de Nosferatu, que le leyó de la Gambaro.

Se trataba de lanzar el anzuelo mediante anuncios en Internet convocando a talleres imposibles para incautos en bibliotecas públicas, en donde empezaban las sesiones haciendo repaso de su propia historia a través de ochenta años de literatura; en un salto tan fácil como el que se da de los Cárpatos a Londres, de allí al brasil y luego a Bogotá. Fue en donde los conocí. El vestía de negro en toda su altura, mirando detrás de lentes oscuros porque todavía no se acostumbraba a la luz, dejando ver las uñas pintadas del mismo color, cada vez que sacaba una pequeña botella de su bolsillo trasero, apurando un trago entre episodio e historia, con la sangre de su última victima. Por primera vez la vi. A sus pies, celebrando la dicha de la nueva existencia, brindando del mismo néctar, dejándome ver aquel rostro y su insistencia de olvido, invitándome por siempre a ser el más fiel de sus discípulos.

Ilse Come Corazones - Relatos de Vampiros

ILSE COME CORAZONES
Liliana Guzmán

La camioneta destartalada de Chucho comía kilómetros como un insecto agonizante, en ese delgado límite entre los carros, las casas, las becas, y el acertijo de árboles de la Sabana. Al subir el puente que delimita los galpones multifamiliares del fin de la ciudad, los cinco amigos en el interior de la camioneta daban oficialmente inicio a un sano fin de semana en el campo, en busca de un punto final para tres días de buena mala vida en fast forward —quemadura de cerebro y pulmones en primer grado—, por cuenta de la una carcajada química. Ilse asomó la cabeza por la ventanilla del copiloto para respirar, mientras el viento la cegaba de polvo, le acariciaba la cara blanca y despeinaba salvajemente su desvaído pelo rojo.

—¡Ilse, suba esa mierda! Le ordenó Chucho, mientras se tapaba la boca con la manga del saco. El río bajo el puente estaba muerto.

Ilse subió la ventanilla y, como en las caricaturas, su pelo quedó despeinado en la misma dirección de la fuerte corriente. Los tres enguayabados culposos del puesto de atrás se rieron de ella y Chucho, enternecido, quiso peinarla con sus dedos. Pero ella espantó su mano como un bicho molesto, porque esa mañana de sábado le fastidiaba que él, su novio de turno, la tocara. Ese día Chucho le daba asco. Y no era para menos, pues la noche anterior había conocido a un charming man destripador de besos, que la había dejado enferma de sexo, llena de culpa y de mordidas miserables entre toallas desechables y baldosas salpicadas de orines. Ilse no era una mujer apasionada. Tanto así, que su vida estaba llena de orgasmos malogrados, de ya casi–ya casi que nunca llegaban a explotar… Hasta esa noche. Por eso le fue tan difícil salir a escondidas del baño sin mirarse al espejo, y volver a tomar la misma mano, a reírse de los mismos chistes y mirar con la misma carita de mensa al mismo tipo aburrido con el que seguiría acostándose y yendo a cine durante los próximos meses.

Chucho notó el definitivo no de Ilse. Y ella notó que él lo había notado y trató de componer el entuerto, premiándole la frente con un beso fraternal que a él le supo a mierda. En el puesto de atrás nadie notó nada.

Ilse, sin embargo, parecía darse cuenta de todo. Vio al sol desperdigarse como oleaje naranja —entre islas de nubarrones negros y montañas— y abriéndose como un mar para que pasaran los borrones de camiones y carros, sobre una plataforma marina gris con rayas amarillas. Pudo escuchar con una nitidez de high-fi las conversaciones de los camioneros que los adelantaban en la carretera, debajo del ronroneo del motor. Hasta creyó oler la fetidez de un perro descompuesto que Chucho logró esquivar de milagro. A ella, sin embargo, no le pareció raro, porque a veces el guayabo voltea la piel hacia fuera y el mundo lo deja a uno acurrucado contra una pared, rogándole a las cosas que no lo toquen porque duele. Más que su exacerbada sensibilidad, le preocupaba seguir buscando entre la quietud de los árboles, entre el verde oscuro de los eucaliptos, esa cara que ni nombre tenía, porque lo que no tiene nombre no existe. Y ella quería matarlo, pero él, por esas cosas extrañas del corazón, no se dejaba.

* * *

El polvo se desenrolló como una alfombra frente a la finca prestada en la que los cinco enguayabados iban a pasar su fin de semana. Llegaron. Desempacaron sus mudas, escogieron camas, solitarias o compartidas, y se fueron a caminar por las colinas cercanas. Todos, menos Ilse, que no se sentía nada bien y pidió quedarse sola. Chucho entendió la indirecta, sin querer darse cuenta de que algo grave pasaba.

Ilse se acostó en el piso del baño, a ver si se le pasaba el malestar. Miró un largo rato el techo caído de moho, y vio entre la cal burbujeante la cara de su charming man destripador, el hombre que la había obligado a responder sí a las silenciosas preguntas de sus manos, hasta dejar que su boca conquistara lentamente su clítoris húmedo para lamerla con dulzura.

Ilse se agarró duro a la taza del baño y vomitó bilis, porque le daba vértigo pensar que ese pipí descapuchado era, insólitamente, la única cosa buena que le había pasado en mucho tiempo. Se enamoró como una estúpida, no a primera vista, sino a primer polvo en un baño orinado. Después de enjuagarse la boca en el lavamanos, se acordó de haberlo visto estudiarla desde una esquina oscura, y que un nylon jalado quién sabe de dónde había pescado en su estómago su sonrisa más imbécil. Se acordó también de que se puso tan roja, que fue al baño a echarse agua, con tan mala suerte que el de mujeres estaba ocupado y le tocó meterse al de hombres. Tocaron. Y ella abrió.

—Este es el de hombres, ¿verdad? Dijo él confundido.

—Sí... ya salgo... —. Él entró y ella, sin saber por qué, se quedó parada en la puerta, queriendo decirle muchas cosas, pero sólo siendo capaz de hacer una... Cerrar la puerta con seguro y quedarse adentro.

—¡Hey!, ¿qué le pasa pelada?

—Nada... que yo no me salgo de aquí hasta que usted no me de un beso... —dijo sin pensarlo demasiado. —Mire, se lo juro que yo no soy así... no sé qué me pasa. Déme un beso y ya lo dejo en paz, ¿sí?

—¿Le importa si orino primero? —sonrió, y sus dientes de animal brillaron con la luz tenue del baño.

* * *

Ilse pensó que con los ritos, con las pequeñas costumbres, se podría salvar de su memoria reciente y su malestar. Así que tomó un largo baño, dejando correr el agua por horas. Sin embargo, este remedio sólo empeoró las cosas, pues la pobre quedó tirada en el piso sucio de la ducha, desmayada, sin nadie en la casa o en el mundo que viniera a socorrerla. Y tuvo una pesadilla. Creyó recordar que mientras su destripador le había abierto una herida limpia en el pecho con una uña larga, le había sacado el corazón y se lo había comido con una ansiedad que la asustaba.

Cuando recuperó el conocimiento, Ilse salió de la ducha para examinarse exhaustivamente ante el espejo y comprobar que no había sufrido daño alguno —pensó que morir en un accidente casero era una manera miserable de irse de este mundo. Pero no vio nada. No había ninguna Ilse donde antes había un pelo rojo y unos ojos color miel. Se miró las manos de garras largas, se preocupó y, como siempre cuando estaba preocupada, se mordió el labio. Este quedó destajado al primer contacto con sus filosos colmillos recién estrenados. Del susto se le brotaron las venas de la frente y se las tocó. Esas gigantescas montañas azules la aterraron y quiso arrancarlas con sus afiladas uñas nuevas. Pero ante sus ojos, las brutales heridas desaparecieron sin dejar rastro. Su piel tenía libre albedrío y había decidido por ella nunca más dejarse maltratar. Ella, incrédula, intentó matarse, extendiendo sus largos brazos para saltar del techo de la casa. Pero después de dar varias volteretas en el aire, aterrizó de pie como un gato asustado. Intentó clavarse una estaca en el pecho, pero esto también fue inútil, puesto que carecía de un corazón para ser atravesado. Ya no había nada qué hacer. Era mejor tranquilizarse y explorar las ventajas de su nueva condición. Practicó varias horas sus saltos, despegando del suelo y viendo con alegría que podía casi flotar en el aire, que sus patadas traspasaban el concreto, y si Hollywood no se equivocaba, sus facultades físicas, además de ilimitadas, eran eternas. Así que esperó agazapada detrás de la puerta para saciar con sus tres desafortunados amigos y su pronto descorazonado novio, esas increíbles ganas de comer corazones frescos para el almuerzo.

Elvia - Relatos de Vampiros

ELVIA
Juan Carlos Rondón

Pasea suavemente entre la multitud de la calle y todos la miran sin cesar; pero hoy no es un día para admirarla, no esta noche. Sus ojos tienen un tono especial, unas gotas de maldad, como una prevención que muchos quieren ignorar. Hoy ella busca algo en especial, algo que llene de vida su excitante cuerpo, que la haga sentir viva de nuevo, que ruborice un pocos sus pálidos pómulos, un licor no tan añejo y que a su gusto no es tan difícil de obtener, pero a cada paso su búsqueda se afana mucho más, su delirio crece y su vida se agota.

Ya ha pasado tiempo desde su último trago de vida, su pálida piel es más clara que de costumbre, sus ojos se apagan por momentos como se apaga la esperma noctámbula; sus pasos son menos fuertes y en momentos pareciera que perdiera estabilidad.

—Necesito una gota, una sola —, exclama en voz baja.

Casi las dos de la mañana, siente que ha perdido mucho tiempo en conseguir lo que necesita; sin embargo su espera como es normal termina pronto ante la impotencia de su figura, bastó un simple “hola, ¿qué haces tan sola?” de un redentor.

Elvia, voltea su mirada a la salvadora voz y le responde.

—Hasta el momento nada; pero creo que tú y yo podemos hacer mucho.

Mantiene la mirada fija en su rostro, dejando enseguida sin aliento a este pobre hombre. Qué golpe de suerte el que él ha tenido, la mujer más bella que podía estar en ese lugar había respondido a su picara e inocente pregunta. “Lo que tú desees, sin reparo estoy dispuesto a hacer.” Ella sonríe:

—Estoy muy segura de eso, me podrás complacer de una manera que no te imaginas.

Nuevamente renovada, más bella, más diosa, Elvia por fin calma su irónica y maldita sed. Es cruel el sacrificio, no siente la alegría que desearía; pero no lo puede controlar. Deja suavemente en el suelo el cuerpo sin fuerza del buen redentor, no tendría que ser de esta manera y maldice su suerte.

—No es justo, que el deseo de este pobre hombre sea mi salvación, no entiendo por qué; seguro otro como yo, aprovecho un momento de mi intensa lujuria y pagué con ésta, la cruz que he de llevar por toda eternidad o hasta que la sed misma seque mi vida.

Ya han pasado días desde aquella noche. Elvia, no quiere volver a caminar por las calles como un cazador; pero ese deseo incontrolable la mueve casi sin que pueda siquiera pensar.

—Otra vez en esta calle llena de vida y yo sin ella; otra vez la gente mirándome con intensidad, sé lo que muchos quieren y lo que yo quiero de ellos; todo otra vez.

Hoy es una noche un poco más cálida, la neblina no cubre como es costumbre, hay algo raro en el ambiente, no se sabe pero no es malo; es algo que brota de la noche misma, como un suspiro, como algo nuevo e incesante. Elvia, sabe que esta noche habrá sorpresas, algo la tiene intranquila.

—Siento algo que no comprendo, una inquietante corazonada. Estoy un poco confundida; pero ya tengo que suplir mi necesidad, cada segundo que pasa es vital para mí.

Sigue caminando con la sensualidad digna de una princesa, sus ojos azules conquistando miradas y lo que más importa despertando deseos.

—Cada vida esta dispuesta a calmar mi sed; solo los mueve el deseo que les produce mi cuerpo, ¿cuántos pensamientos volaran por sus mentes al verme?

Mientras se cuestiona esto y mirando a su alrededor, algo la golpea en sus piernas; cuando siente esto, mira de inmediato para saber qué la había golpeado con un enojo en su mirada, sus ojos divisan lo siguiente: un joven que vuela por el lado de ella, y una bicicleta que ante su rígida estampa femenina se retuerce. Casi una pequeña sonrisa deja salir de su boca, es raro lo que pasa. Nadie se preocupó por la suerte de este muchacho que voló varios metros y se estampo en el suelo, todos se acercan a Elvia con una pregunta muy tonta, “¿estás bien?”

Ella una estatua majestuosa como de un santo, y su voz encantadora pronuncia:

—No debería ser yo el motivo de su preocupación.

Todos comprenden que nada le había pasado. “¿Quién es él?”, preguntó, a lo que todos vuelven su mirada a un joven de unos veinticinco años, tendido en el suelo y con cara de resentimiento por el fuerte golpe; además una línea de sangre que baja por su rostro y que cada vez es más caudalosa. Aún no se incorpora todavía, y sigue ahí tendido en el suelo.

—¡Yo me encargo de él! Fue mi culpa —, dice Elvia ante al mirada atónita de todos.

Se acerca sin afán y llega hasta donde esta él, se agacha y se queda mirándolo fijamente. Cuando él puede enfocar un poco su mirada la ve y le dice “no sabía que san Pedro tenia los ojos más hermosos que yo haya podido ver”, y al declarar esto queda inconsciente. Elvia, seca con sus dedos la sangre que resbala por su cara, para desgracia de ella perdidamente. Lo levanta y lo lleva cual madre carga a un hijo dormido para acostarlo en su cama. Elvia está un poco débil, y por alguna extraña razón a este caído hoy lo dejará descansar o mejor, lo dejará en paz.

Pasó un día y cada uno por aparte se las arregla para poder abrir sus ojos a la siguiente noche. Cuando el adolorido joven abrió los suyos, lo primero que se cuestiono fue “¿dónde demonios estoy?”, mirando desconcertado el lugar donde estaba; en una cama tan grande que podía ser su casa, un cuarto enorme, con una ventana gigante quedaba frente a él; se veía a lo lejos ciudad y posada sobre todas las luces de la misma, la luna llena, como un farol redondo colgado exactamente en el cielo.

—¿Dónde rayos me encuentro?, ¿qué me paso? —, se pregunta de nuevo.

Una imagen de entre las luces que producían las velas en ese cuarto, se empieza a dibujar, y la voz de ella por primera vez él escucha.

—¿No ves a la gente cuando caminan por la calle?

—No sabia que las rocas se movieran entre la gente de noche —, responde el joven. —¿Dónde estoy, y quién me habla?

—Estás vivo, eso es lo que importa —, contesta ella con una irónica risa. —¿Cómo te llamas?

Él, un poco confundido le responde “Gerónimo, pero yo pregunte primero, ¿dónde estoy y quién me habla?” Elvia sale de entre las sombras y deja ver toda su belleza; su imagen de princesa se ubica frente a la mirada confundida de Gerónimo. “No era san Pedro”, dice él. Ella camina hacia él con la mirada fija en sus ojos; hay algo en la mirada de él que la inquieta, desde que lo vio tendido en la calle; no sabe qué es y hasta le produce cierto temor. “¿Quién será éste que produce intranquilidad en mi ser, que de un zarpazo voló por mi frente y descansa hoy en mi cama?” Aquella noche de ambiente claro, traería un sentimiento que pronto descubriría.
Estando frente a Gerónimo, siente un vacío que nunca había sentido jamás, y hasta sus fluidas frases quedan minimizadas a una simple pregunta.

—¿Cómo sigue tú cabeza?

—¡Señora! Lo ultimo que me acuerdo es que estaba repartiendo unas hamburguesas en el edificio de la calle ochenta y seis, cuando un abrigo negro se me atravesó y a pesar de mi pericia no lo pude esquivar; luego creí ver a san Pedro, con los ojos azules más hermosos que haya visto; pero resulta que era usted señora, hasta ahí bien. Tengo un chichón en la cabeza, supongo que me caí y me golpeé muy fuerte y resulta que estoy en la cama más grande que jamás he dormido, en un cuarto que es como la cuadra de donde vivo, y una ventana por la cual podría ver hasta el mismo paraíso; pero mi cabeza está como bien señora. ¿Qué rayos me paso señora, y como es que he llegado hasta aquí?

Elvia, no puede apartar la mirada de sus ojos, el brillo chispeante de ellos al contarle esto la hipnotizan, es algo nunca antes sentido por ella. Se sienta en la cama no muy cerca de él.

—Mi nombre es Elvia, y te estrellaste con un abrigo negro que yo tenía puesto anoche.

Gerónimo de un movimiento un poco brusco logra levantar su la cabeza y le pregunta: “¿Señora, esta usted bien? Debió doler el golpe”. Ella mirándolo casi inconsciente no responde enseguida a su afanosa pregunta.

—No tengas cuidado, mis heridas sanan muy rápido y como vez estoy bien.

—¡Heridas, señora! Aunque se ve como una bella flor en un día soleado; no concibo que por mí haya usted sufrido algún tipo de herida. ¿Está usted bien?

—Las heridas que causaste en mí, no son lo que tú crees –, y se aventura a decirle de un solo soplo, —tu inocente aparición desconcertó mi tranquilidad, caíste del cielo como un ángel herido en sus alas, y en mis brazos te recibí. Tu frágil figura penetró mi rígida corteza, caíste en mi caminar errante y sin vida.

Elvia, nunca había dicho esto antes a una persona y su confusión en ese instante fue aun mayor. ¿Qué tenia Gerónimo, que a la dama de la noche eterna afanaba su lento corazón? Gerónimo permanecía cautivo entre sus ojos azules y sus palabras.

—Mi señora, es usted la belleza misma, su imagen es la pintura de los dioses en una noche de inspiración, hasta mis ojos se cierran continuamente por el resplandor de su piel. Es usted…

Se queda sin palabras, no puede decir nada más porque ella ya no está tan alejada de la cama, está frente a él, casi siente su respiración, siente su olor que entra en él. El deseo en una noche torpe, se exalta en su más inconsciente deliro. Gerónimo y Elvia se encuentran en el punto donde el amor comienza.

Todo fue tan rápido, que ni la misma eternidad de ella bastaría para saber el por qué. A la princesa que roba en las noches la vida, hoy le tocó dar la suya por amor. Un calor entre ellos esa noche se comenzó a repartir por toda la habitación, sus cuerpos comenzaron a arder de amor, pasión, de ilusión para ella, y vida, la inocente vida de Gerónimo se unió a la de ella en un fuerte abrazo. Bastó el momento preciso, la mirada acertada, la valentía para decir lo que se siente, la decisión de dejar nuestras maldiciones y comenzar algo nuevo sin saber el lugar.

Elvia dejó su vida por la de él, y él dio la vida por ella; los dos tenían razones para hacerlo, algo los llevó a ese sacrificio. Esa noche se amaron con tanta pasión que el dolor era insignificante, su besos eran tan mágicos, que ya no se encontraban en ese lugar, se habían evaporado como humo y salieron por la inmensa ventana a cualquier lugar, donde el amor de los dos no fuera prohibido. Todo esto pasa mientras el cuarto de Elvia prendía en llamas hasta al cielo, la sed de sus cazadores llegaba a su fin y con fuego fue saciada; sabían que estaba ahí en ese momento.

El Buen Árbol - Relatos de Vampiros

EL BUEN ÁRBOL
Mario Andrés

Así que, en medio de la sala atestada, levanto los ojos, en medio de toda esa gente del común, buscando ese brillito especial que yo sé reconocer, porque algo he aprendido con esta vida que me ha tocado, como esas películas en que un robot así, espectacular, está buscando a alguien, ti-ti-tí, al protagonista, digamos, entre una muchedumbre inmensa, está buscando, ti-ti-tí, cuando de pronto, pum, lo ve. Y él sabe que encontró al que estaba buscando. Que ése es. Lo sabe porque, obvio, en su disco duro hay información, qué sé yo, una foto, un archivo que le grabaron del más allá, algo. Cosas que yo no tengo. A mí me toca a puro instinto, búsquelo, despacito, tranquilo pero atento, mientras sigo repitiendo lo que ya todos dijeron: que yo no me considero un crítico, que más bien un comentarista (lo cual es cierto, el único crítico que ha habido en este país es Alberto Ossa y ya nadie lo lee, sólo dos o tres gatos y yo), que patatín, que patatán… Cuando veo estos ojitos tristes que me esperan desde detrás de una niebla melancólica y los atravieso como con rayos equis, le veo todo, esa hambre, esa orfandad abrumadora que se huele a leguas, esa bestia indómita oculta tras los velos (qué imagen tan fea, pero así es) esperando sólo una señal para salir, alguien que la acompañe, le acaricie el lomo y le diga algo así como «sal ahora, mi amante cautivo, deja atrás el miedo y la culpa, el mundo te resulta obtuso por la grandeza de los deseos que se agolpan en tu corazón, yo lo sé, poner en evidencia la estrechez, la precariedad de esas cajitas absurdas en que vive todo el mundo no es crueldad, el lobo no necesita batir la cola como si fuera un perro feliz.» Las palabras pueden variar, pero la idea es la misma. Es lo que todos buscan.

Y luego la manita sobre la barbilla, digiriendo todo lo que estoy diciendo, hasta la última gota, con esas pupilas abiertas de par en par, abiertas a mí, diciéndome, gritándome “entra, recórreme”, y yo siento esos deseos incontrolables de zambullirme por esos ojos, de dejarme llevar por esa corriente atroz, subterránea, para caerme por ellos como por un tobogán, como por un resbaladero y caer en ese pozo violeta en medio de una gruta cárdena. Escuchar, al fondo, por debajo de todo, los pulmones, esa percusión desde otra era geológica retumbar, y ver las paredes de la gruta contraerse, rígidas, para al segundo siguiente relajarse, dilatadas y exuberantes, una música sencilla y monótona, imperiosa pero deseable, como debió escucharse en los primeros días de la creación. Como ya no se escucha. Al menos no en esta sala, el calor es horrible.

Las cosas que estoy pensando le dan rabia. O eso parece. Una seriedad que me produce una risa repentina y un poco tonta, qué vergüenza pero qué se le va a hacer, con una calma que un niño a esa edad, unos trece, quince máximo, sólo puede tener después de haber vivido cosas que a los otros les llegan cuando ya están grandotes y más muertos que vivos, la muerte de una mamá, por ejemplo, a esa edad es una llamarada súbita que a su paso troca los árboles en muñones humeantes, una calma como de gato a punto de saltar, al borde de un precipicio, pero indiferente al precipicio, no sé si me explico. O más bien de un edificio (no nos pongamos tan telúricos), como si supiera que abajo hay un hueco del que no alcanza a ver el fondo, pero convencido de que si se llega a caer va a caer parado, amortiguado en sus cuatro paticas. Ay gatico, tú crees que sabes, pero no sabes. Y este gato viejo y sabio te va a enseñar. Porque el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. Una sombra larga, una noche interminable, pero oscura no significa necesariamente triste ni solitaria. Ven para acá.

Tras las Huellas de Porfirio - Relatos de Vampiros

TRAS LAS HUELLAS DE PORFIRIO
Andrés Felipe Escovar

Los tabloides suelen omitir los nombres de quienes escriben sus escandalosas crónicas, urdiéndose así una ironía siniestra de aquel sueño de la erudición, consistente en la omisión de cualquier referencia personal en el mundo de la literatura fantástica; el escritor de dichas crónicas en exceso prosaicas, ni siquiera puede alardear de su invisibilidad y deja inquietud por su hipotética ubicuidad. Tal circunstancia me brinda comodidad para parafrasear una historia que hace pocos días encontré, sin caer en el peligro que la erudición limpia y sin embargo la legalidad asume: El Plagio. Los hechos los encontré en una publicación de la cual podría extraerse una antología de relatos, en donde si son ficcionados o traídos de hechos que denominamos reales, no pasa de ser una inquietud vacua ; se afirma que el desarrollo de los mismo abarcan el comienzo del siglo veinte, con la coincidencia nefasta que habrían de ser publicados en un diario de amplia circulación el diez de abril de 1948, sin que se hubiera logrado tal cometido porque el día anterior Bogotá se entregó a las llamas, teniendo un colapso de las proporciones de Troya aunque con un caballo inasible, de fuego.

Durante los primeros días de aquel abril, la comunidad del barrio Egipto, se estaba consternada por la desaparición del Joven Porfirio Benavides lugareño del sector, luego de la misteriosa muerte de su padre y madre en menos de veinticuatro horas. La sospecha de la mayoría fue que el joven había corrido con la misma suerte de sus padres, culminando así una cadena de venganza, con el agravante que nadie tenía noticia de algún enemigo que se hicieran los Benavides.

Porfirio era hijo de un sastre, quien a su vez descendía de Venancio Benavides, veterano soldado del ejército conservador durante la guerra de los mil días, al cual ingresó más que por convicción política, por fervor religioso. Durante los sermones del sacerdote Ezequiel Moreno, se había convencido que asesinar liberales era una excepción a la regla señalada por el Señor en el monte Sinaí de no matar; así fue como empuñó su puñal y se enlistó, recibiendo un arma de fuego. Participó en unas cuantas batallas, porque la mayoría de veces se dedicaba al saqueo y registro de casas de propiedad de militantes liberales, obedeciendo las órdenes del temido Aristides Fernández.

Juan evitó cuanto pudo cualquier tarea que le implicara abusar de una mujer o asesinar a un hombre, sorprendido en su parcela por el ejército embebido en la ira ciega que le era impuesta por órdenes de los comandantes. Sin embargo, y más exactamente, el día 824 de dicha guerra, Venancio tuvo una experiencia que si bien no le cambió la vida a él, sí a su descendencia. Una mañana, arribaron a una Hacienda, en donde pernoctaban una mujer con sus dos pequeños de siete y cuatro años aproximadamente; al confesar la señora que su marido había partido a enfilarse en las divisiones liberales, fue presa de un empalamiento no sin antes haber sido accedida y violentada por unos quince soldados. Antes de partir, al comandante de Venancio se le ocurrió obligar al menor de las criaturas, que debía matar a su hermano, porque de lo contrario, ambos morirían; el pequeño no fue capaz de hacer lo ordenado y el superior de Venancio le ordenó que le disparara, él ejecutó la orden, a sabiendas que de no hacerlo su suerte no sería distinta a la mujer que aún gritaba mientras el palo le oprimía sus entrañas.

Apuntándole al niño mayor, cuyo rostro semejaba una inmensa lluvia de lágrimas con un par de ojos, éste le dijo que sus descendientes habrían de pagar lo que él había hecho con su propia sangre. Venancio, colmado de furia y recordando las frases del reverendo Ezequiel Moreno descargó un balazo que desapareció aquella tormenta de lágrimas.

Venancio retornó de la guerra con un mutismo incorruptible hasta el final de sus días, lo cual transformó la apatía que su prima Teresa sentía ante sus incansables cortejos, en una entrega irresistible a ese hermetismo que ni ella misma logró conjurar pese a tantos años de vida marital. Tiempo después, Venancio le contaría a su hijo que la debilidad de la debilidad de los hombres de su familia eran las mujeres de la misma, al enterarse que su retoño él se habría de desposarse con su prima Fernanda, matrimonio del cual brotaron Angélica y Porfirio.

Juan nunca sospechó que aquél nietecito con el que solía salir en las noches al parque central de la inmensa casa a la que se hizo a fuerza de su labor como sastre, resguardaba el final de su corta estirpe.

Porfirio era pálido y constantes ataques de dolor abdominal lo aquejaron desde que se desplegó en él el recuerdo —ése— temible castigo infringido a los hombres. La luz del sol le golpeaba las retinas de tal manera que no podía divisar las tardes que franqueaban las montañas, ni asomarse a las ventanas y mucho menos, caminar una mañana casi milagrosa en la que el cielo se despojara de su tul grisáceo; fue así como ni por enterado se dio, que los pequeños de su edad, mientras él se encerraba a oscuras en su cuarto, con las cortinas cerradas y por fuerza del aburrimiento dormía, gastaban sus días en memorables y sencillos juegos. En mitad de sus sueños diurnos, el intenso dolor en el vientre lo doblaba, antecedido por una sed incontrolable que lo despertaba, conduciéndolo a emitir gemidos que hacían que Teresa viniera a abrazarlo y a dispensarle la sangre cocida de vaca que el médico le había autorizado podía dispensarle, si ese era el deseo de su hijo. Las visitas semanales del doctor para hacerle las transfusiones que le permitieran vivir, fueron los únicos momentos que Porfirio tenía de contacto con alguien distinto a su familia.

En las noches, mientras los demás dormían, Porfirio se hundía hasta que la aurora lo sorprendía, en lecturas de Byron y Coleridge, cuyos viejos volúmenes su padre había recibido como regalo de un viejo amigo residenciado en Buenos aires. Porfirio aprendió a leer gracias a su abuelo Venancio, entregaba con paciencia su insomnio a la enseñanza del abecedario que con gran dificultad había logrado retener luego de la guerra.

En una de esas noches, le contó a su nieto lo que aquél niño al que había despojado de su rostro con un disparo le había sentenciado su progenie, y detallándole la maldición, le pidió perdón porque no dudaba que ella se hizo efectiva en el padecimiento de su nieto.

A medida que Porfirio crecía, la intensidad de los ataques que el dolor infringía en su estómago también lo hacía; ya no se mitigaban con la sangre vacuna cocinada y a fuerza de la desesperación decidió no volver a gritar, sino levantarse y sacar el frasco de sangre cruda de la cocina y beberla silenciosamente, percatándose que no se filtrara por la comisura de sus delgados labios. Cuando Fernanda se enteró no tuvo más remedio que aceptarlo; no soportaba ver a su hijo atravesar por ese camino cruel de un dolor sin causa.

Al comenzarse a cubrir su rostro de incipientes bellos, Porfirio tomó el hábito de salir en la noches y deambular en el frío abrasador de la ciudad, internándose en casas de lenocinio. Fue en una de tales ocasiones cuando trabó amistad con Marcos, un diminuto y moreno hombre que ocupaba sus días en perpetrar robos de poca monta. Durante esas noches colmadas de alcohol y risas, Porfirio vio en los ojos oscuros de Marcos una luminosidad que jamás encontró con alguna de las meretrices que tanto habían consumido sus desvaríos en aquellas noches gélidas.

Porfirio no dejaba de pensar en su amigo, de sentirlo en los más recónditos parajes de sus descansos diurnos ; le atormentaba tanto no podérselo decir, la seguridad de un no, que decidió encerrarse de nuevo y hundirse una vez más en Coleridge y Byron, con el agravante de consumirse en Stevenson, lo cual le llenó sus sueños de costas y soles radiantes en compañía de Marcos, incrementando su desazón en aquellas noches mucho más solitarias que las de su niñez .En los descansos de lectura incansable, de cartas de amor sin destinatario, de amor puro porque el nombre de Marcos le resultaba irrevelable en sus letras, bajaba a la cocina y bebía la sangre hasta saciarse.

Porfirio nunca habría de olvidar aquella noche. Mientras, con cuidado y los ojos cerrados para crispar sus papilas, bebía la sangre vacuna, escuchó extraños ruidos provenientes del cuarto de su abuelo. Subió corriendo y lo encontró tirado en el suelo, sin pulso, rodeado de una estela de sangre ocasionada por un golpe con la lámpara que solía usar el anciano en las noches y que no estaba en ningún lugar de la recámara. La ventana estaba abierta y asomándose, sacando la mitad de su cuerpo, logró divisar en la lejana línea de la noche una figura diminuta con el contoneo propio del hombre por el que tantas cartas habían escrito. Un escalofrío circuló por sus articulaciones, volteó la mirada hacia el cuerpo de Venancio y sin explicación alguna, se lanzó sobre la sangre que circundaba a su abuelo, sintiendo una dulzura que calmó el constante cólico que jamás le había dispensado la sangre que bebió hasta aquél momento.

Volvió a salir en las noches. Deseaba encontrar a Marcos, decirle que había asesinado a su abuelo y por lo tanto, vengaría su muerte aunque lo amara.

Entre tantos intentos fallidos en distintos lupanares, se dedicaba a sacar a alguna jovencita y en distintos hoteles les hacía diminutas heridas con el puñal que su abuelo enfundó para la guerra y les chupaba los dedos hasta dejarlas pálidas y gélidas. La sangre de vaca ya no surtía efecto alguno.

Finalmente encontró a Marcos, con la cabeza tirada en la barra de un cafetín llamado Europa. Le pasó el brazo por encima y lo convidó a que fueran a otro lugar. Sin que su amado se diera cuenta, terminó en una habitación maltrecha con aquél sujeto pálido que tan simpático le parecía. El momento había llegado: Porfirio lo tenía su merced; le bastó con sacar la diminuta botella de veneno, guardada sigilosamente en uno de los bolsillos de su abrigo negro y verter su contenido en la copa de vino que le dispensó a Marcos, para consumar su empresa, la cual sólo hubiera tenido un final feliz, si luego de que él bebió la sangre de aquél cuerpo yerto le hubiera tendido el manto de la eternidad sobre sus ojos. Porfirio tomó la barba de su gran amor, le hizo una pequeña incisión y una tibieza pasó por su garganta, se apoderó de su maltrecho estómago y ascendió a sus mejillas; una felicidad jamás sentida se apoderó de sus entrañas y pensamientos, era tan grande la sensación, que sólo tiempo después cayó en cuenta de preguntarse por qué no había muerto.

No tuvo más remedio que caminar noche tras noche; beber indistintas sangres de mujeres de lupanar para rasguñar la calma que le habían brindado, aunque el dolor en el vientre crecía y el líquido escarlata dispensado por cuanta ramera ligaba, no ocasionaba más que un acrecentamiento en su padecer.

Resignado y dolorido, retornó a sus libros, a las relecturas de aquellas cartas con un destinatario desaparecido por sus propias manos y a la incapacidad de componer algún soneto porque la idea se había marchado con el veneno. Porfirio encontraba que ya no había otra forma de conjurar su dolor y sin embargo, en medio de uno de aquellos golpes en su vientre se le vino a la cabeza el sabor que sólo en dos ocasiones había sentido; la sangre que lo reconfortaba era precisamente la de ellos, la de esos dos seres que de alguna forma había amado y como un relámpago, el remedio a su dolor se le reveló: Beber la sangre de su familia.

Optó, por el sacrificio, por entregarse a esos súbitos golpes que lo hacía gritar mudamente hasta morir, pero fue infructuoso, la sospecha de su eternidad se le confirmaba ; había dejado de comer y de beber ; si bien obedecía y asentía al médico ya canoso y fláccido por los años, apenas se iba, no volvía a hacer nada de lo instruido.

El dolor se hacía más insoportable, salía a cuanto lupanar encontraba y raptaba a cualquier muchacha hasta beberle toda su sangre después de envenenada, sin que su dolor mitigara en lo más mínimo. Nunca fue objeto de persecución legal aunque fuera denunciado muchas veces; unas cuantas prostitutas y un ladrón de poca monta no eran un objetivo importante para las autoridades, muy por el contrario, Porfirio fungía como una suerte de colaborador sin rostro, con licencia para perpetrare con desenfado muchas de las cosas que ellos no estaban permitidas por la ley.

Así fue como se hizo enemigo de toda la gleba de las noches: Pronto no pudo entrar a los prostíbulos; y fue blanco de ataques mortales. En una ocasión de intenso dolor, en la que caminaba por las estrechas calles cercanas a la catedral primada, fue víctima de cinco puñaladas vertidas sobre su pecho, cuello y piernas, sin que hubiese muerto. Tal hecho que se convirtió en un pretexto para que Fernanda y su padre se entregaran más a las misas y los sermones en señal de agradecimiento porque la providencia había salvado a su hijo, fue la confirmación de algo que ya sospechaba: Era inmortal, un inmortal sometido a un insoportable dolor.

No tuvo otra alternativa que la de beber un poco de la sangre de sus padres porque Angélica ya había partido a Cartagena con un marino Holandés, quien en una de sus licencias viajó hasta el interior y la conoció por intermedio de un cadete de la armada Colombiana, amigo de su hermana y primer amor.

Con su padre la tarea era simple; lo recogería una noche de día laboral en el local donde tenía la sastrería. Su padre se sorprendió al verlo, pero el hijo se sobresaltó más al ver que aquel lugar mágico donde las telas se transformaban en vestidos, era similar a cualquier establecimiento comercial. Al ingresar, tomó una aguja, y le pidió a su padre cómo se podía confeccionar un traje, cuando éste se acercó, Porfirio furtivamente, le pinchó el índice y sin mediar palabra, se lanzó sobre el dedo lastimado, saboreando poco menos que una gota, lo cual fue suficiente para que en su garganta pasara una leve brisa tibia, inmediata y violentamente su padre retiró su dedo, exigiéndole una explicación.

Porfirio tenía las pupilas dilatadas, no escuchaba más que un murmullo inarticulado, no pudo detenerse y aprovechando que el taller estaba sólo, se abalanzó sobre él, apretándole el cuello hasta asfixiarlo ; luego, sacando el puñal de Venancio, hizo una pequeña incisión en el cuello , y así calmó su dolor abdominal. En medio de la placidez del sabor de aquella hemorragia, se dio cuenta que su padre se estaba secando. Guardó el cuerpo de su padre en la bodega, envolviéndolo en unos paños ingleses y sin dando tumbos como un embriagado, arribó a su casa.
A Fernanda, no le importó despertar a su hijo en plana mañana. Llorando le comunicó que su padre había desaparecido; Porfirio simuló perplejidad y le expresó que si era necesario él se expondría a la luz de aquél gris sol de Abril, a lo que su madre se negó puesto que no quería otro problema familiar y tal empresa sólo hubiera sido un atentado contra la salud de su hijo. De manera que ella partió al primer lugar donde podía tener alguna noticia de su esposo: La sastrería.

Cuando divisó a los tres empleados, parados frente a la puerta cerrada del local, murmurando entre ellos con el extrañamiento porque su patrón no llegaba, Fernanda comprendió con amargura que lo único que restaba era confirmar la desgracia; les preguntó por él sin que nadie le diera razón.

Porfirio despertó bien entrada la noche y con pesadez y un dolor que como la lanza clavada en Cristo, le apabullaba su vientre, se dirigió a la recámara del otrora matrimonio Benavides. Fernanda estaba sentada sobre la mecedora que solía usar su suegro en las tardes de domingo para observar el desvanecimiento del poniente. Al sentir los pasos de su hijo y sin voltear la cabeza para mirarlo, le dijo con voz entrecortada que nuca se imaginó que hubiera concebido a una criatura tan débil, que doblegada por el deseo asesinara a su propio padre, y que si bien se sabía enterado de los otros asesinatos sin que lo acusara, era el momento de hacerlo.

Porfirio trató de explicarle todo lo que se encerraba en él, sin lograrlo porque el cólico tomó proporciones descomunales, quedándole como único remedio el tirarse sobre el lecho en que fue concebido más de veinte años atrás. Fernanda se incorporó, aclarándole que aún no había comunicado a las autoridades que ella sabía quién era el responsable, acercándose de tal manera, que él sintió el aliento de sus latidos muy cerca de su rostro crispado. Su madre alzó el rostro, dejando desamparado el cuello y estirando su mano, le dispensó el puñal de los mil días que Venancio dejó para su nieto; “quería usarlo contigo, pero no soporto otra muerte, además tú eres un cadáver que camina y tu eternidad es este mundo, de manera que úsalo conmigo, como lo hiciste con los demás”, le dijo entre lágrimas.

Porfirio no pudo resistirse, presentía el olor dulce de la sangre, ese aroma que lo había enajenado por completo y sin muchos protocolos, antecedido por un beso que ella le dio en la frente, procedió a cortarle el cuello suavemente, de manera que la sangre alcanzó a salpicar su rostro. La placidez retornó y antes del amanecer caminaba con facilidad y angustia por las angostas calles de Bogotá, hasta tenderse con la noche en cualquier andén.

Los lugareños del barrio Egipto no supieron más acerca de Porfirio, y quedó impregnada en sus memorias la imagen de un parricida que seguramente se habría suicidado como lo confirmaron las autoridades policiales, con lo cual el capítulo quedó cerrado, máxime que el día siguiente al comunicado oficial, el incendio y la furia abrasaron a la ciudad.

Sin embargo el cronista, cuyo escrito revive el tabloide que llegó a mis manos, no se conformó con tal resultado y pese a que una guerra de mayores proporciones que la conocida por Venancio desbordó a Colombia, se atrevió a emprender el camino tras el rastro de Porfirio.

El anónimo autor señala en el texto que poseo, que una noche en el malecón del puerto de Cartagena, en donde esperaba algún trasatlántico carguero que le sirviera para llegar a París y buscar suerte como novelista y totalmente resignado por no haber encontrado un final a su crónica, se encontró con un sujeto pálido, que mordiéndose las muñecas de las que pendía una hemorragia casi tan transparente como el agua, solicitaba a cuanto transeúnte veía, que lo dejaran embarcar a cualquier nave porque debía llegar a Ámsterdam y visitar a su hermana.

Del cronista nunca supe si llegó a París, pero sus únicas líneas que retumban en la memoria, son estas que sin lugar a dudas profané con mi paráfrasis. Sin embargo no puedo dejar de manifestar mi perplejidad ante lo que encontré hace unos pocos días, lo que un diario parisino —donde estoy buscando suerte y algún vigor para mis salidas en falso como escritor— de gran fiabilidad, registró en sus noticias de segunda plana que el cuerpo de Sara Van Houten, una ciudadana de La Haya, fue hallado sin vida en su apartamento, añadiéndose la inquietante coincidencia que su abuela de origen colombiano, había muerto en las mismas circunstancias cuarenta y cinco años atrás.

El Conde - Relatos de Vampiros

EL CONDE
Alejandra

El conde no llegaba. Media hora antes estaba nerviosa y expectante, ahora tenía rabia. Me había llamado en la mañana, como si nada, como si hubiésemos dejado de vernos ayer. Con su tranquilidad característica me citó, nueve en punto, artificios temporales en medio de saltos milenarios.

Tras años de no hacer nada, de vivir la angustia pasiva de la inutilidad oficinesca, de la burocracia cirquera, la reaparición del conde significaba el alivio de la reactivación. El conde inmortal, alto, de mirada profunda, tupidas cejas y risa de niño, aparecía de nuevo exigiéndome acciones bellamente innobles. Cansada de la mediocridad diaria, incapaz de decirle no a la rutina de la adrenalina, a la servidumbre del horror, cumplí la cita.

No lo amaba, o lo amaba con cuidado, con pinzas, con un bisturí abriendo lentamente su corazón, mirando en sus ojos el miedo al sufrimiento metafísico. Hacía mucho de nuestra época de drogas, sexo y rock n’ roll, de cuando me parecía un héroe romántico. Ahora lo veía como un cobarde incompleto que no lograba llenar su abismo con la muerte, la tortura y el dolor de los demás. Entonces, ¿por qué lo esperaba?

Fiel a su costumbre, llegó tarde. Había sido detenido por la policía por exceso de velocidad. Encima, había debido despojarse de un grueso manojo de billetes para eliminar del ambiente el fuerte aliento que surgía indiscreto de sus alcoholizadas entrañas. Eso significaba que se encontraba en su estado más lúcido, le brillaban los ojos y el pulso era firme, cada movimiento seguro, como una máquina.

Las calles nos esperaban, atiborradas de víctimas. Se le había repetido hasta el cansancio que éstos no eran tiempos para ir de cacería, que había que ser más cauto, no dar boleta. Pero a él le encantaba la vieja usanza. Le decían que era lento, que sus argumentos no guardaban coherencia. A él le bastaban sus dientes por todo argumento. Había que verlo cuando describía la acción que estaba a punto de emprender, se transformaba, sus palabras encantaban y nadie podía decirle no.

Y ahí estaba yo, secundándole su imprudencia, metiéndome en camisa de once varas sólo por sentir un poco de vida, sólo por la promesa de la sangre tibia como trofeo ganado a pulso. Los demás se conformaban con beber en finas copas, pero él era un psicópata asesino, y yo nunca le dije no. Me gustaba su pureza asesina. Había otros, peores, que gozaban de la muerte pero se negaban a hacerlo, preferían estar a salvo en sus ataúdes mientras criticaban el “anarquismo” del conde. Él era primigenio, incapaz de sostener una discusión, pero nunca conocí a otro que matara como él, con tal fiereza, con una brutalidad que rayaba la torpeza, con un goce animal limpio.

Nuevamente en la acción, se lanzó sobre una vieja despistada que llevaba leche para su casa. Su frenesí me llevaba al éxtasis. Pero tuve que correr en cuanto apareció la policía. Hace mucho que no se puede cazar en santa paz.

miércoles 10 de mayo de 2006


Invitamos a todos los amantes de las letras y en particular a quienes gustan del tema de los vampiros, a asistir a la charla "Vampiros en la Literatura: Precedentes Literarios y Orígenes Históricos de Drácula", presentada por Néstor Pedraza, este sábado 13 de mayo a las 9:30 A.M. en la sala de estudio de la biblioteca Virgilio Barco, Av. Carrera 48 No. 61 – 50 (detrás del parque Simón Bolívar). La charla estará abierta al público en general.

Después de la charla, se presentará el grupo de rock fusión "Sicotrópico".

Esta charla servirá de apertura a la primera sesión del Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda", donde talleristas y coordinadores del taller nos veremos por fin las caras.

¡Los esperamos!

lunes 8 de mayo de 2006

Ampliado el Plazo para el Taller

Gracias a nuestra eficaz gestión, estamos en la capacidad de ampliar el plazo para la recepción de textos de todos los interesados en formar parte del taller literario "En la Inmunda".

Hasta el viernes 12 de mayo de 2006 a las 12:00 M. estaremos recibiendo los textos de los aspirantes a tallerista en el correo tallerenlainmunda@yahoo.com.ar.

martes 25 de abril de 2006

Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda"

CONVOCATORIA A LOS ESCRITORES RECHAZADOS

A fin de iniciar la formación coral que habrá de causar escozor y nuches en la población de vacas sagradas, Los Rechazados [aka La Triada Luminaria] convocamos a todos los escritores rechazados al Taller de Ensayo y Cuento "En la Inmunda".

Concepto: Nos proponemos leer unos cuentos más o menos clásicos de distintas temáticas, ampliando en cada sesión el marco de referencia mediante una charla preparada por los orientadores y/o los participantes del taller. Igualmente, en cada sesión hay un espacio para la creación y la crítica, puesto que nos proponemos leer cuentos de los participantes.

Orientadores: Carlos Ayala, Néstor Pedraza, Alex Acevedo.

Dirigido a: Escritores con más de tres concursos y/o convocatorias (a talleres o becas) literarias perdidas en los últimos dos años. Se dará prelación a quien presente carta de rechazo autenticada de alguna editorial. Se considerarán también escritores que, amedrentados por la certeza del rechazo, nunca se han animado a participar en concursos o talleres.

Duración: Nueve sábados comprendidos entre el 13 de mayo y el 8 de julio, de 9:30 AM a 12:30 PM.

Sede: El taller se efectuará en la Biblioteca Virgilio Barco de la ciudad de Bogotá (la sala de estudio será el punto de encuentro). La dirección es Av. Carrera 48 No. 61 – 50 (detrás del parque Simón Bolívar).

Selección: Los aspirantes deberán remitir al correo tallerenlainmunda@yahoo.com.ar una creación de máximo tres cuartillas, ensayo o cuento. Sólo se tendrán en cuenta los correos que lleguen antes del viernes 12 de mayo a las 12:00 M. Se seleccionará un máximo de 15 talleristas, que serán notificados vía correo electrónico.

Inversión: El taller no tiene costo monetario.

jueves 20 de abril de 2006

Somos Los Rechazados: Tenemos pruebas.

Los Rechazados certificamos nuestra idoneidad para convocar a los escritores rechazados, a través de esta imagen escaneada de la carta de rechazo que nos envió el Grupo Planeta tras leer nuestra novela ganadora de mención de honor El Instalador. Pincha la imagen para ampliarla.